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El concepto de ‘nuevas masculinidades’ suena moderno, pero en la práctica es un truco de feria. No hay reflexión profunda ni crítica real a las estructuras que sostienen la desigualdad.
Por Isabel María Durán Báez | 14/09/2025
El Ministerio de Igualdad ha vuelto a demostrar que la política convertida en marketing no solo es inútil, sino que además roza lo ridículo. Su última campaña, con grandes dosis de dinero público, pretende vendernos la idea de que la masculinidad puede reinventarse en un spot de 30 segundos.
La estrategia es simple: rescatar a un grupo reducido de hombres que cumplen con los requisitos oficiales del nuevo modelo —llorar, cocinar, ponerse una camisa de colores— y exhibirlos como si fueran joyas en un escaparate. De repente, un hombre que fríe un huevo o denuncia un chiste machista se convierte en un héroe nacional. Como si el listón estuviera tan bajo que lo mínimo exigible se transforma en mérito extraordinario.
El concepto de “nuevas masculinidades” suena moderno, pero en la práctica es un truco de feria. No hay reflexión profunda ni crítica real a las estructuras que sostienen la desigualdad:
solo hay un catálogo de comportamientos superficiales que se aplauden como si fueran revoluciones. Un hombre sensible no es un hombre nuevo; es simplemente un hombre. Pretender que eso sea una conquista social es insultar la inteligencia colectiva.
El mayor problema de este discurso es que coloca a ciertos hombres en un pedestal. Basta con que muestren una pizca de humanidad para ser tratados como criaturas especiales, distintas del resto. Esta lógica refuerza el mismo paternalismo que dicen querer combatir: si los hombres son tan frágiles que necesitan campañas para explicarles cómo llorar o cómo cuidar, es que se les infantiliza.
Todo este circo publicitario no ataca el machismo estructural, no cuestiona la violencia, ni aborda problemas sociales de fondo. Es un decorado vacío, con actores sonrientes, frases ingeniosas y una factura que pagamos entre toda la ciudadanía. Es la igualdad convertida en espectáculo, diseñada para likes en redes sociales y titulares complacientes, no es para transformar nada.
La campaña no empodera, no educa y no cambia nada. Solo genera una falsa sensación de progreso mientras perpetúa una visión paternalista y superficial. Las llamadas “nuevas masculinidades” son el último invento para maquillar lo obvio: que no se está trabajando en la raíz del problema, sino en su versión edulcorada, simpática y vendible.
El resultado es grotesco: hombres que aparecen como héroes por hacer lo mínimo, ser funcionales, un Ministerio que se felicita por reinventar la tortilla, y una ciudadanía cada vez más cansada de pagar por campañas de cartón piedra.
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