Las economías sociales

Por Manuel López Arrabal


Como economías sociales podemos entender toda aquella clase de economía alternativa que se desarrolla principalmente a nivel local, para favorecer todo tipo de intercambios de materiales y/o servicios entre personas que desean relacionarse de manera distinta a como lo harían dentro del mercado capitalista. En este sentido y desde mi experiencia personal puedo hablar de cinco tipos de economías sociales que están cada vez más en auge: las redes de trueque, las monedas locales, las gratiferias, los bancos del tiempo y los huertos comunitarios. De las redes de trueque y de las monedas locales ya hablé en mi publicación anterior titulada El mercado de segunda mano y las economías locales”.

Las economías sociales se establecen hoy día como economías alternativas a las que podríamos recurrir para favorecer los intercambios bilaterales o multilaterales entre personas desfavorecidas económicamente o entre personas concienciadas en no usar, o usar lo mínimo, las monedas oficiales y las tarjetas bancarias. Sobre todo, en tiempos de crisis es cuando más proliferan este tipo de economías, pues son capaces de dar respuesta a las múltiples necesidades de las personas que van quedando excluidas económicamente del sistema consumista capitalista y, a su vez, de las personas que apuestan por otros tipos de economías más solidarias y justas.

En cuanto a las gratiferias, al parecer comenzaron a celebrarse y a desarrollarse con dicho nombre en Argentina, justo en los comienzos de la última gran recesión económica global,  y con una gran fuerza de expansión principalmente por Latinoamérica y España. Una gratiferia es una especie de mercado celebrado en cualquier espacio, público o privado, donde el principal protagonista es la ausencia de dinero. Su lema es “Trae lo que quieras o nada y llévate lo que quieras o nada”. Por tanto, el sentido de reciprocidad no tiene por qué darse porque puedo llevar muchas cosas u ofrecer mis servicios para quienes lo necesiten sin llevarme nada a cambio, o bien no aportar ni ofrecer nada pudiendo llevármelo todo sin que nadie pudiera juzgarme por ello. Sin embargo, lo que está ocurriendo realmente en estos encuentros totalmente altruistas y solidarios es que las personas a las que les sobran cosas, incluido el tiempo para ofrecer a los demás, se desprenden de ellas con la intención de ayudar a quien las necesite y, en la mayoría de las ocasiones, las reciben personas muy necesitadas, según he podido constatar personalmente.

Se trata por tanto de aprender a desapegarnos de las cosas materiales sin juzgar a quién las recibe y también de aprender a recibir cosas que verdaderamente necesitamos, de manera totalmente gratuita, sin tener que hacer uso del dinero para comprarlas. Nuestra simple participación (aportando, retirando, ambas o ninguna) y nuestra gratitud serían más que suficientes. En Sevilla ciudad, desde el año 2011, se han celebrado seis gratiferias organizadas por el grupo-taller de la Vida Sencilla, que llegué a coordinar durante los tres primeros años y que actualmente sigue funcionando. Las seis gratiferias fueron grabadas y subidas a youtube por la Asociación Cultural Hinneni, por si alguien estuviese interesado en buscarlas y verlas. Dejo aquí simplemente el enlace al vídeo de la V Gratiferia de Sevilla, donde en los primeros minutos intervengo para explicar brevemente en qué consiste tal evento. Todas se realizaron en ambiente muy alegre y festivo en los Jardines del Valle y en el Parque del Alamillo de Sevilla, con un resultado de participación muy elevado tanto en personas como en transacciones de aportación y retirada de objetos, así como de prestación de servicios, algunos de ellos sugeridos y surgidos de manera espontánea en el mismo día. En general las principales secciones o actividades que se ofrecieron, aparte del mercado de depósito y retirada de objetos, fueron: sección de “abrazos gratis”, de “sanación gratis”, cuentacuentos, meditación guiada, yoga, clases de ajedrez, música y otros talleres para niños y adultos. La experiencia fue muy enriquecedora para todos, organizadores y participantes disfrutamos de lo lindo, teniendo en cuenta además que na había que estar pendiente de vigilar los puestos o lugares donde las personas libremente iban depositando o retirando los objetos. En fin, muchísimas ventajas, que nos dan a entender que vivir y relacionarnos sin necesidad del dinero, es posible.

Sobre los bancos del tiempo (en adelante BdT), Lucía del Moral, en su obra “Espacios económicos alternativos y sostenibilidad de la Vida”, los define como “una red de intercambios multilaterales y multirrecíprocos de actividades, habilidades y conocimientos en la que la moneda de cambio es el tiempo: el valor de todo servicio viene determinado por la cantidad de tiempo empleado en realizarlo”. Por tanto, un BdT es un sistema de intercambio de servicios por tiempo. En él la unidad de intercambio no es el dinero sino una medida de tiempo, por ejemplo, la hora. Es un sistema sencillo de intercambio de servicios, favores y conocimientos. A mi modo de ver es un sistema justo, de reciprocidad compartida, que favorece a la persona participante y a su comunidad, dándosele importancia, principalmente, al resultado final del servicio prestado, al tiempo total consumido y a la buena intención y dedicación de quién lo presta. Actualmente, los BdT, aunque no lo precisen, funcionan mucho mejor con el soporte de la tecnología de la información a través de internet, generalmente, dentro del área de influencia de una comunidad, teniendo muy en cuenta la cercanía física de quienes participen en ellos.

Un BdT es una experiencia de empoderamiento de la ciudadanía, que contribuye a romper la tendencia asistencial y crea un verdadero tejido social. Aunque hay experiencias de BdT de hace más de un siglo, es a partir del nacimiento de las nuevas tecnologías cuando se empezaron a expandir mundialmente. Principalmente se creaban y se crean para solventar problemas de escasez de dinero en determinadas economías del mal llamado tercer mundo, pero también se crean en el primer mundo para solucionar uno de los grandes problemas de las sociedades industrializadas: la integración y el sentimiento de pertenencia a una comunidad. En todo el mundo funcionan miles de bancos del tiempo. Sólo en Italia hay más de 300 y en España, que no se queda atrás, en marzo de 2018 ya hay cotabilizados 327 BdT (aquí está el listado).

La regla de oro de un BdT es conjugar la actividad útil con el placer y la solidaridad, es decir, hacer por entusiasmo y con buen humor lo que, de otro modo, alguien haría simplemente como un deber remunerado. Cuanto mayor crédito de tiempo circule y cuanta más gente comparta su tiempo y sus talentos entre ellos más rica se convertirá la comunidad en la que viven y se mueven. Así, toda persona siempre tendrá alguna oportunidad de ser un dador/receptor de tiempos de servicio y, por consiguiente, se convierte en un miembro productivo para la comunidad. Asimismo, las personas desempleadas que están dentro del área de influencia de un BdT, pueden ser las personas potencialmente más productivas dentro de su comunidad, abriéndose para ellos nuevas y valiosas oportunidades de trabajo.

Por último, los huertos comunitarios, también llamados huertos sociales o huertos urbanos, se están convirtiendo en una de las más importantes opciones de la economía social, al posibilitar la llamada soberanía alimentaria de los grupos de personas que los conforman. Por soberanía alimentaria podemos entender la capacidad de empoderamiento que tenemos las personas de una comunidad o región para autoabastecernos de alimentos producidos en nuestros entornos cercanos con criterios éticos y de sostenibilidad. Si el autoabastecimiento de dichos alimentos se produce gracias al trabajo y gestión realizados por un grupo de personas sobre un huerto comunitario, entonces el usufructo del mismo se destinará principalmente al autoconsumo de las personas y familias que conforman dicho grupo. A tales personas se las llama actualmente prosumidoras, por ser al mismo tiempo personas productoras y consumidoras.

Sacar adelante un huerto comunitario con los criterios antes mencionados, requiere en primer lugar de una parcela o finca donde llevar a cabo el proyecto y en segundo lugar de un grupo de personas afines con capacidad de auto-organizarse y formarse para dicho fin. Incluso en poco espacio (por ejemplo, en las azoteas de algunos edificios), con los conocimientos adecuados, se podría sacar mucho provecho a la tierra, usando técnicas de máximo aprovechamiento del agua y de los recursos naturales disponibles, como por ejemplo, a través de las técnicas de la permacultura con conocimiento y respeto de los ciclos naturales.

Hoy día, en muchos municipios y ciudades de España, se han concedido y se siguen concediendo por parte de los ayuntamientos, ante la gran demanda existente, parcelas de terreno para su cultivo y aprovechamiento por los residentes de la localidad que lo soliciten y cumplan ciertos requisitos. En algunos parques de las principales ciudades se están gestionando los huertos urbanos principalmente por personas jubiladas y desempleadas. Es, por tanto, una maravillosa opción que todos los ayuntamientos deberían promover entre sus ciudadanos. Si, además, el entramado de relaciones personales que se forjan en un proyecto comunitario de esta índole, evoluciona hacia un proyecto más integral como pudiera ser la creación de una ecoaldea, se estarían sentando las bases de lo que podrían ser las futuras comunidades autosuficientes, no solo en producción de alimentos, sino también de ropa, calzado, vivienda, energía, educación, salud, ocio, etc. De hecho, ya existen muchas ecoaldeas en el mundo que quizás forjaron sus comienzos en proyectos de soberanía alimentaria como el de los huertos comunitarios. Pero también, existen otros proyectos integrales, aparte de las ecoaldeas, basados en las economías sociales entre otros altos ideales de autogestión y cooperación, que pueden desarrollarse dentro de una gran ciudad, una región o incluso todo un país. Prueba de esto último lo tenemos en la Cooperativa Integral Catalana que viene funcionando desde el año 2010.

En definitiva, y como colofón a este artículo, he de decir que las economías sociales conectan a las personas, crean vínculos y con el tiempo convierten a la comunidad en una especie de gran familia extendida.

Para la reflexión:

“La Tierra es suficientemente grande para satisfacer las necesidades de todos, pero siempre será pequeña para la avaricia de algunos”

– Mahatma Gandhi –


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