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Lo de Delcy no es pragmatismo, es subordinación, y la foto junto a Trump es la escenificación de la tutela yanqui.
Por Gabriela Rojas | 24/09/2026
En el mismo escenario donde Hugo Chávez denunció el olor a azufre del imperialismo, Delcy Rodríguez sonrió. No fue un gesto aislado ni un malentendido diplomático. Fue la fotografía de una claudicación. Después de que Donald Trump llamara a Nicolás Maduro “dictador forajido” y “auténtico criminal”, y se jactara del “mayor acuerdo petrolero de la historia” como botín de guerra, la presidenta interina de Venezuela posó sonriente a su lado, con el gesto de victoria chavista en una mano y el pulgar alzado del presidente estadounidense en la otra.
Esa imagen, difundida por la propia presidencia venezolana, resume el abismo entre la dignidad bolivariana y la docilidad actual. Trump no solo insultó al presidente electo de Venezuela —secuestrado en enero de 2026 por fuerzas estadounidenses y encarcelado a pocos kilómetros de la sede de la ONU, en Brooklyn—. También exhibió el saqueo de los recursos venezolanos como trofeo. “Al vencedor le corresponden los despojos”, dijo. Delcy no pronunció una sola palabra de defensa. Ni en la sala. Ni después. Ni en su discurso.
Maduro permanece preso en Nueva York. Su sucesora interina no lo mencionó. Ni una vez. En cambio, agradeció a Trump por “retomar el camino de las relaciones diplomáticas y la cooperación”. Celebró el acuerdo energético como uno de los más grandes jamás firmados. Prometió elecciones sin fecha. Habló de “renacimiento” y de cerrar “trincheras”. Todo ello mientras el hombre al que sirvió durante años como canciller y vicepresidenta sigue entre rejas.
Lo de Delcy no es pragmatismo, es subordinación. El encuentro “histórico” en el hotel Lotte New York Palace no fue una negociación entre iguales. Fue la escenificación de una tutela. Trump impuso la agenda: petróleo, minería, seguridad, deuda y un llamado a elecciones bajo supervisión de Washington. Delcy sonrió, agradeció el apoyo tras los terremotos de junio y habló de “fortalecimiento de la relación bilateral”. El pueblo venezolano, que ha pagado con hambre, éxodo y sanciones el costo del bloqueo de Estados Unidos, ahora contempla cómo su élite interina entrega lo que queda de soberanía energética a cambio de legitimidad internacional.
En 2006, Hugo Chávez subió a esa misma tribuna y dijo lo que muchos no se atrevían a decir: que el imperio había pasado por allí y que todavía olía a azufre. Esa intervención era la expresión de un proyecto que, con todos sus errores y limitaciones, se negó a aceptar que el destino de Venezuela lo dictara Washington.
Delcy Rodríguez ocupó ese mismo lugar estos días y eligió el camino opuesto. Donde Chávez desafió, ella se plegó. Donde él habló de dignidad y multipolaridad, ella habló de cooperación con quienes agredieron a Venezuela, secuestraron a su presidente legítimo y se apropiaron de decenas de miles de millones de barriles de petróleo venezolano.
La izquierda no puede mirar para otro lado ante semejante traición. La camarilla actual que se encuentra gobernando Venezuela ha convertido la retórica antiimperialista en un decorado. Mientras Maduro sigue preso, su antigua vicepresidenta posa agradecida junto a quien ordenó su secuestro.
Venezuela no necesita más fotos sonrientes con quien la ha tratado como botín. Necesita recuperar la voz que alguna vez tuvo en esa tribuna: la que no pide permiso para defender lo suyo. La sonrisa de Delcy Rodríguez no es diplomacia de paz, es la confirmación definitiva de una bochornosa traición.
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