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Con el modelo regulacionista el mismo Estado que dice proteger a las mujeres se convierte en socio capitalista del proxenetismo.
Por Gabriela Rojas | 1/12/2025
Suiza presenta desde hace décadas uno de los modelos más liberalizados de prostitución en Europa. Desde 1942 la prostitución es legal y los burdeles están autorizados. Este modelo, que se vende como “moderno”, “pragmático” y “protector de los derechos” es, en realidad, un blanqueo institucional de la explotación sexual contra las mujeres y una victoria absoluta del lobby proxeneta.
Lo que la propaganda oficial llama “regulación” no es más que la conversión del cuerpo de las mujeres en mercancía fiscalizada por el Estado. El proxeneta ya no necesita esconderse: se convierte en empresario, paga IVA y deduce gastos. El Estado suizo, a cambio, recauda cientos de millones de francos al año en impuestos directos e indirectos derivados de la industria del sexo. Es decir, el mismo Estado que dice proteger a las mujeres se convierte en socio capitalista del proxenetismo.
Los datos desmienten rotundamente el cuento de la “prostitución segura y voluntaria”. Más del 90% de las mujeres en la prostitución suiza son inmigrantes, principalmente de Europa del Este, América Latina y, cada vez más, de África. La gran mayoría llega endeudada con redes de trata o en situación de extrema precariedad.
Según el informe de la Oficina Federal de Policía (Fedpol) de 2023, Suiza sigue siendo destino y país de tránsito de trata de seres humanos con fines de explotación sexual. La regularización no ha reducido la trata; la ha maquillado.
Estudios independientes (como el de la ONG Espacio Mujeres o el informe de la Coalición contra la Trata de Mujeres, CATW) muestran que entre el 80% y el 95% de las mujeres que ejercen en prostíbulos suizos quieren salir, pero no pueden por deudas, amenazas o falta de alternativas reales.
La violencia no desaparece porque el burdel tenga licencia. Las agresiones, violaciones y coacciones simplemente dejan de denunciarse: la mujer “registrada” sabe que si habla pierde su permiso de trabajo y es deportada.
La regulación no protege; normaliza. Al declarar que comprar sexo es un “servicio” como cualquier otro, el Estado envía el mensaje de que el cuerpo de las mujeres puede ser explotado legalmente. Eso multiplica la demanda. En Zúrich, por ejemplo, tras la apertura de macroprostíbulos de lujo como el de Langstrasse, el número de mujeres en situación de prostitución se duplicó en menos de diez años. Más oferta para satisfacer la demanda de varones que ahora se sienten legitimados.
El gran beneficiado es el lobby proxeneta. En Suiza existen asociaciones de “empresarios del sexo” que presionan abiertamente en el Parlamento para ampliar horarios, rebajar la edad mínima o eliminar cualquier restricción. Y lo consiguen. Mientras tanto, las mujeres explotadas no tienen voz, no votan en Suiza (la mayoría ni siquiera tiene residencia legal estable).
La única vía coherente con la dignidad humana y con la igualdad entre mujeres y hombres es el modelo abolicionista (conocido como modelo nórdico o de igualdad): despenalizar totalmente a las mujeres prostituidas, ofrecerles salida real (permiso de residencia, formación, subsidio, vivienda) y penalizar a los proxenetas y a los puteros. Ese modelo, aplicado en Suecia desde 1999, Noruega, Islandia, Irlanda y Francia ha demostrado que: Reduce drásticamente la trata y proxenetismo; Disminuye la demanda (en Suecia cayó un 60 % en veinte años); Permite a miles de mujeres salir sin criminalizarlas.
Suiza, en cambio, ha elegido ser el paraíso del sexo pagado. No existe la “prostitución libre”. Existe la explotación sexual de mujeres pobres, organizada por proxenetas y bendecida por un Estado que prefiere ingresar dinero antes que defender derechos humanos. La regularización suiza no es un avance; es complicidad institucional con la violación masiva y remunerada. Es hora de decirlo sin eufemismos: la prostitución no se regula, se debe abolir. Y quien defiende la regulación defiende el derecho de los hombres a explotar y abusar de mujeres.
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