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La prostitución no nace del deseo. Nace del miedo, de la pobreza, del racismo, del machismo, del exilio, del abuso infantil, de la trata y del tráfico de cuerpos.
Por Isabel Ginés | 31/07/2025
La prostitución no es el oficio más antiguo del mundo. Es la humillación más antigua. Nació cuando los cuerpos de las mujeres dejaron de pertenecerse y fueron comprometidas a vender su cuerpo. Cuando el hambre, la guerra, la violación o la orfandad empujaron a millones de niñas, adolescentes y mujeres a “elegir” entre vender su cuerpo o morir.
En ese contexto social, patriarcal, económico no hay libertad posible. La prostitución no nace del deseo. Nace del miedo, de la pobreza, del racismo, del machismo, del exilio, del abuso infantil, de la trata y del tráfico de cuerpos. Nace del poder que un hombre tiene para pagar y de la indefensión de una mujer obligada a aceptar.
Prostituirse no es igual que prostituir. Uno actúa. La otra sobrevive.
Y aunque muchas veces se habla de “trabajo sexual”, lo cierto es que, en la mayoría de los casos, lo que hay detrás es una violencia brutal, constante y sistemática. En España, más del 80% de las mujeres en prostitución son extranjeras en situación vulnerable, y muchas son víctimas de redes de trata.
Cinco mujeres rotas
No hay nombres. No por miedo, sino porque no hace falta. Porque estas historias podrían tener miles de nombres distintos. Porque en cada ciudad, cada carretera, cada club, cada página de internet, hay mujeres que sobreviven sin ser vistas.
“Pensé que me amaba, veníamos a España porque él me amaba e iba a cuidarme. Mandar dinero a mi familia que era muy muy pobre. Me encerró con cinco hombres.”
Tenía 17 años. Él tenía 32. La cuidaba, la protegía, le decía que era especial. Que iría a España para cuidar a a su familia mejor y ella tener una buena vida. Una vez allí, le quitó el móvil. El pasaporte. Le hizo mentir a su familia de su oficio. Le explicó que ahora trabajaría “para él”.
“Me encerró en un piso. Esa noche entraron cinco hombres. Me dijeron que no gritara, que era mejor no resistirme. Al día siguiente me dolía todo. Él me sonrió y me dijo: ‘Ya has empezado’.” Yo me sentí sucia, me hice cortes en el cuerpo. Me duché hasta dejarme el cuerpo en carne viva. Quise morirme.
“Me prometieron trabajo. Me convirtieron en un objeto.”
Llegó en avión, ilegal. Le dijeron que trabajaría limpiando casas. Pero la recogió un coche y la llevó a un prostíbulo de carretera. Le dijeron que debía 100.000 euros por el avión, el dinero que mandaría a su familia, alojamiento, comidas, aseo y ropa. Cada noche era una cuenta pendiente. Trabajaba para pagar una cuenta que jamás bajaba. Siempre habían extras: médico, curas, compresas…
“No podía salir. Me violaban si decía que no. El duelo mandaba sus secuaces para me sometieran y supiera que pasaba. Tenía que fingir. A veces me daban drogas para que no llorara. Lo peor no era el sexo. Era la indiferencia. La forma en que me trataban como si no existiera. Sucios, sin duchar, olor a pies, no paraban aunque me vieran llorar, me obligaban a lo que les apetecía, era un cuerpo en el que desahogarse y no una persona…”
“No tenía papeles. Tampoco tenía opciones.”
Tenía un hijo pequeño y necesitaba dinero. Una amiga le dijo que “conocía gente” que pagaba por sexo. Al principio fue en casas, un hombre le dijo que necesitaba ser cuidada y se ganaba más en la calle. El le obligaba a coger más clientes de los que podía. Quiso parar. Le dijeron que ya era tarde.
“Me amenazaron con matarme a mí y mi hijo si hablaba. A darnos una paliza. Buscarme entre muchos y violarme. Quitarme a mi hijo. Decirle a mi entorno de que había trabajado. Solo tenia miedo. Me convencí de que lo hacía por mi hijo. Pero cada vez que un hombre me tocaba, sentía que moría un poco más. Vomitaba y me duchaba hasta sangrar. Jamás se iban sus olores.”
“Era como si mi cuerpo ya no fuera mío.”
En el puticlub qué es una cárcel, un lugar atroz, mercado de carne, nos despojan de dignidad y de vida, no podía usar su nombre. Tenía que fingir que le gustaba. Si un cliente se quejaba, la castigaban. Si se negaba pues mandaban a uno y la violaban. Debía sonreír sin ganas, fingir placer, acariciar y aceptar copas, dejarse tocar y luego sentirse el ser más despreciable.
“Solo pensaba en suicidarme. Quería morirme.”
“Aprendí a desconectarme. A mirar al techo mientras me violaban. A pensar en que era libre. A fingir. A no llorar. Una vez un hombre me pegó. Yo no quería hacer algo que me daba asco, me pegó y me obligó a la fuerza. No puede quejarme, no pude detenerle. No pude denunciarlo. Era parte del ‘trabajo’. Pero no era trabajo. Era tortura. Era violencia. Era violación. Unos se hacen ricos a base de dejar miles de mujeres rotas, de dejar muertas vivientes”.
“Lo llaman elección. Pero yo no podía elegir.”
Le dijeron que era una forma fácil de ganar dinero. Que era libre. Que nadie la obligaba. Pero sin recursos, sin estudios, sin ayuda, sin red de apoyo, ¿qué libertad era esa?
“No me obligaron físicamente. Pero me chantajearon con el hambre. Me dijeron: ‘Nadie te da nada gratis’. Y acepté. Cada cliente era una rendición. Una herida más.”
La estructura del abuso
Detrás de cada testimonio hay una red. No solo criminal. También social, económica, legal, mediática. La prostitución sobrevive porque hay una demanda masculina legitimada, una oferta de cuerpos precarizados y un silencio institucional cómplice.
La prostitución no es un fenómeno individual: es un negocio global. España es uno de los países con más consumo de prostitución de Europa. Miles de mujeres, especialmente migrantes, son captadas, trasladadas, explotadas y olvidadas. Las redes las convierten en mercancía, y la sociedad las trata como descartables.
Como escribió la periodista francesa Florence Montreynaud: “La prostitución es el único lugar donde una violación puede ser legal si se paga por ella.”
España no penaliza la prostitución en sí, pero tampoco la regula como trabajo. Es un limbo legal que beneficia a los proxenetas y deja desprotegidas a las mujeres.
Prostitución y legalidad: Ejercer la prostitución no es delito, ni falta.
Proxenetismo lucrativo (explotar a otra persona) sí es delito, pero no se penaliza el proxenetismo no coactivo, lo que permite que haya pisos y burdeles funcionando. La trata de seres humanos con fines de explotación sexual sí está penalizada en el Código Penal (art. 177 bis).
En 2022, el PSOE presentó un proyecto de ley para abolir la prostitución, con penas para proxenetas y clientes, pero quedó paralizado por falta de apoyo parlamentario. Aún hoy, las mujeres prostituidas no tienen reconocimiento como víctimas ni acceso garantizado a recursos.
El modelo abolicionista más citado es el modelo sueco, implementado en 1999:
- Penaliza al comprador de sexo.
- No castiga a la mujer prostituida.
- Ofrece programas de salida, vivienda, formación, apoyo psicológico.
Francia, Irlanda, Canadá y Noruega han seguido este modelo. España necesita una ley abolicionista integral, que:
- Reconozca a las mujeres en prostitución como víctimas de violencia estructural.
- Persiga a proxenetas y compradores.
- Financie alternativas reales: renta básica, vivienda, educación, atención psicológica, regularización migratoria.
El silencio sobre la prostitución forzada no es pasivo. Es cómplice. Mientras se debaten tecnicismos, miles de mujeres son violadas con dinero cada noche. No con consentimiento, sino con resignación. No con libertad, sino con miedo. No hay elección donde hay violencia. No hay trabajo donde hay esclavitud. No hay libertad mientras haya prostitución.
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