La política exterior de Trump: la semilla de la violencia que germina en casa

Donald Trump no es una víctima pasiva de esta tormenta. Es su arquitecto principal.

Por Sergio Meneses | 28/04/2026

En el turbulento escenario de la política estadounidense, pocos fenómenos resultan tan reveladores como la espiral de violencia que ha envuelto a Donald Trump. Tres intentos de asesinato en su contra no son meros incidentes aislados ni el fruto de la casualidad. Representan, más bien, la consecuencia lógica de una política exterior imperialista que Trump ha impulsado con determinación: intervenciones militares unilaterales, asesinatos selectivos y la sistemática erosión del derecho internacional. Al normalizar la violencia como herramienta legítima del poder, Trump ha importado esa misma dinámica a la política doméstica. La inestabilidad que sembró fuera de las fronteras de EE.UU. ha regresado, como un bumerán, para golpear su propia puerta.

Desde su primer mandato, Trump elevó el uso de drones y operaciones especiales a un nivel que rompió con las normas establecidas tras la Segunda Guerra Mundial. El asesinato selectivo de Qasem Soleimani en enero de 2020 en Bagdad fue el ejemplo paradigmático: un acto extrajudicial ejecutado sin declaración de guerra, sin autorización del Congreso ni coordinación multilateral. No fue un hecho aislado. Trump autorizó múltiples ataques con drones en Siria, Irak, Somalia y Yemen, eliminando objetivos designados por Washington sin juicio previo ni pruebas públicas. Esta práctica no solo violó el derecho internacional humanitario y la Carta de la ONU —que prohíben el uso de la fuerza salvo en legítima defensa o con autorización del Consejo de Seguridad—, sino que estableció un peligroso precedente: el Estado más poderoso del mundo se arroga el derecho de actuar como juez, jurado y verdugo global.

Esta lógica imperialista no se limitó a operaciones encubiertas. Trump mantuvo y en algunos casos intensificó intervenciones militares, desde el apoyo a ofensivas en Yemen hasta el despliegue de fuerzas en el Golfo Pérsico, siempre bajo la narrativa de “América Primero”. Al presentar la violencia estatal como un instrumento rutinario de la política exterior —justificada por “seguridad nacional” o “intereses estratégicos”—, Trump erosionó las reglas que, aunque imperfectas, habían aportado un mínimo de estabilidad al orden internacional desde 1945. El multilateralismo, las convenciones de Ginebra y el principio de no agresión fueron relegados a meros obstáculos burocráticos. En su lugar, se impuso una doctrina darwinista: el fuerte impone su voluntad, y el fin justifica los medios.

El problema es que esta normalización de la violencia no se detiene en las fronteras. Cuando un líder mundial legitima el asesinato selectivo como herramienta política, envía un mensaje claro a nivel doméstico: la discrepancia política puede resolverse con balas en lugar de votos. La polarización extrema en EE.UU. ya era un polvorín; Trump lo encendió al tratar la política como un campo de batalla permanente. Sus discursos, cargados de retórica belicosa (“lucharemos como el infierno”, “no seremos débiles”), y su tolerancia implícita hacia grupos extremistas crearon un clima donde la violencia dejó de ser tabú. Los tres intentos de asesinato contra su persona —incluyendo el tiroteo en Butler, Pensilvania, en julio de 2024, el incidente en el campo de golf de Florida en septiembre de ese año y el más reciente en abril de 2026— son la prueba irrefutable de que esa dinámica ha regresado a casa.

Trump no es una víctima pasiva de esta tormenta. Es su arquitecto principal. Al quebrantar el derecho internacional, desmanteló las normas que contenían la violencia global y, por extensión, la doméstica. La inestabilidad que hoy vive EE.UU. —con un aumento de amenazas, polarización armada y atentados fallidos— es el espejo de la que exportó al mundo. Su política nefasta, diseñada para proyectar fuerza imperial, se ha girado en contra de él mismo. Lo que sembró en el extranjero ha germinado en el patio trasero.

Esta realidad obliga a una reflexión incómoda: la violencia política no surge de la nada. Tiene causas estructurales, y una de ellas es la erosión de las normas que Trump aceleró. Mientras algunos celebran su “fuerza” como un signo de grandeza, los hechos demuestran lo contrario: un presidente que rompió el mundo exterior ahora cosecha las consecuencias en su propio suelo. La historia no perdona a quienes confunden el poder con la impunidad. Trump, con su legado de intervenciones y asesinatos selectivos, ha demostrado que la violencia, una vez desatada, no distingue entre enemigos extranjeros y rivales internos. Y esa lección, trágicamente, la está pagando en carne propia.

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