La mediocridad de escoger el falso camino del medio… o cómo tomar partido y aparentar todo lo contrario

Por Jordi Ortiz i Lombardía


No pondré aquí el nombre de nadie, ni escribiré en estas líneas las siglas de ningún partido político. Me propongo, sencillamente, reflexionar sobre un determinado comportamiento humano que posiblemente desencadenará inmediatamente en cada lector su particular identificación de nombres propios o visualización de rostros y perfiles ajenos para satisfacer las lógicas necesidades nominales que cualquiera siente cuando se habla de conductas políticas genéricas.

Dejo, entonces, que sea cada uno quien vaya descubriendo durante la lectura aquellos conocidos, saludados, cuñados, opinadores, tertulianos, periodistas o políticos que les evoque la descripción de esta especie que pretendo categorizar y desenmascarar. Sí, desenmascarar, porque ya lo avanzo, estamos ante unos auténticos maestros del camuflaje, aquella vieja adaptación funcional que tantas bestias políticas han desarrollado en su brutal instinto de supervivencia.

Empecemos…

¿Quién no se ha cruzado nunca con un individuo que hace de la opacidad el mejor blanqueador precisamente de aquello con lo que dice no comulgar? Alguien siempre capaz de esbozar, en cualquier situación, circunstancia o discusión un imaginario que sitúa el MAL en los extremos simétricos de su mapa mental y en unas coordenadas curiosamente también siempre equidistantes del punto allí donde defiende que habita el BIEN, y obviamente, él mismo.

Nada mejor que la falta de transparencia para despistar y esconder un interés superior oculto en un determinado debate político. El ejemplar del que hablamos es un hipócrita de dimensiones paquidérmicas bajo una inocente piel de cordero. Comienza desplegando todos sus encantos empáticos con la presa que tiene delante. Asentimiento, ponderación, rigor, moderación… El inicio de su cortejo es siempre igual, con el mismo tono pausado y verbo preciso que buscan ganarse la camaradería y confianza del entorno que le observa y escucha.

Poco a poco, y como quien no quiera la cosa, intenta demostrar que sus interlocutores se despistan del centro y tienden imprudentemente hacia algún extremo, es decir, hacia el MAL. Se muestra inicialmente comprensivo y tolerante con la deriva de los otros, pero deja bien claro que no los quiere acompañar en la inmoralidad de su viaje centrífugo que lo alejaría del BIEN. Una vez bien dibujada esta distancia pontificia, su único interés es no permitir la salida a nadie del mapa mental donde ha clavado, en el supuesto centro, la aguja de un compás con el que quiere medir los radios y marcar los perímetros del extremismo. He aquí cómo despliega disimuladamente su trampa: aquello que ha clavado en el centro del debate no es ninguna aguja aséptica, ¡es su bandera!

Su posición hacia los oponentes es absolutamente antagónica desde el principio pero nunca reconocerá este hecho. Nunca, bajo ningún concepto. Hacerlo lo situaría inicialmente en un extremo opuesto con quien polemiza y desvirtuaría su posición de centralidad y moderación. A medida que construye la imagen del desplazamiento del interlocutor hacia la radicalidad, a base de caricaturizarlo, va aceptando la enorme distancia que los separa. Siempre como un proceso dinámico, nunca desde un inicio de posiciones diametralmente opuestas. Al mismo tiempo, y esto es igual de importante en su construcción ideológica, crea la ilusión de todo un territorio a su espalda, en sentido contrario al del adversario de ese momento, que ocupa la misma distancia que la que lo separa del radical a quien se enfrenta dialécticamente. Es un espejismo que necesita para explicar que el suyo es siempre el camino virtuoso del medio y para vender la falacia de que él no toma partido más allá del centro moderado.

La única profilaxis para los choques contra estos individuos es no aceptar su despliegue inicial de matices. Sobre todo, negar la escala de grises del blanco al negro que plantan al frente de cada partida y polémica. Juegan a un juego de opacidades para blanquear su posición real e inconfesada. Desenmascarar que toman partido. ¡Y tanto, que toman partido! La mejor manera de hacerlos transparentes es romper su paradigma y pasar a un prisma que entre el blanco y el negro solo deje ver lo que realmente hay: ¡millones de colores!


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