La jodienda del Perú (II): Clímax

Llegaron con muchas ganas de joder, de proveerse de esclavas sexuales para el reposo del guerrero pero de joder por todas partes, de joder muchísimo, de joderlo todo, hasta joderse ellos mismos.

Por Primitivo Carbajo | 21/04/2026

Por el rastro inequívoco que dejaron hace 500 años, los que llegaron lo hicieron con muchas ganas de joder. Lo he escuchado y leído como alabanza de su sentido estricto, rasgo diferencial en la comparanza con otros invasores europeos, a los que daba asquito el acto con las aborígenes, o verdadera repugnancia. Los españoles no tuvieron ese escrúpulo. Las mujeres entraron en el celebrado botín de conquista como animales aterrorizados con los que jugar y en los que dejar simiente. Aun hoy, en las Españas empuja simpatías hasta los escaños de mejor sueldo la capacidad de hablar bravucón y follar ardillas, conque tampoco ha de escandalizar lo que se diga de entonces. O sí, fue bastante peor.

Llegaron con muchas ganas de joder, de proveerse de esclavas sexuales para el reposo del guerrero pero de joder por todas partes, de joder muchísimo, de joderlo todo, hasta joderse ellos mismos. Tuvo que mandar tropa la Corona por osar joderla también. Españoles y mucho españoles. Extremeños mayormente, como ahora. Extremeños al extremo.

El territorio del Perú impacta, la fuerza bruta de su naturaleza deslumbra -los Andes, las selvas, los desiertos de arena y de sal, los cielos- y, además, los extremeños estaban deslumbrados por su propio éxito. Lo contaron todos los cronistas que pasaron por allá y a la historia con mayúsculas, Cronistas de Indias. Deslumbrados todos por el ambiente natural y el de la jodienda. Inspiradora, vive dios. Calenturienta.

El Perú empezaba a ser sinónimo de riqueza por antonomasia, “Vale un Perú” se decía en las Españas, o después “vale un Potosí”, por la principal de sus minas de plata. Lo de todos esos millonarios gringos junto y más, con sus extravagancias. En la propia ciudad de Potosí, por ejemplo, construida de inmediato en las faldas del Cerro Rico que descubrieron virgen, adoquinaban con lingotes de plata las calles por las que fuera a pasar la procesión del Corpus. Al sur de un territorio tan extenso como el Imperio de Roma, el Imperio Inca, y en el que el oro y la plata no manaban pero casi, eso parecía, entre los constantes destellos de la naturaleza y de los metales, la respiración ahogada por los retos de la jodienda y el soroche.

Una gesta sin parangón acometida por los Trece de la Fama, los que pasaron la raya que Francisco Pizarro trazó con su espada en el suelo, retador, en Tumbes, luego de saber que más al sur encontrarían lo que venían buscando. El cuerpo del Imperio con sus tesoros y un imponente ejército. Pizarro se mostraba dispuesto a ir solo si nadie le seguía. A la cuadrilla de trece así formada fueron sumándose otros pocos después, e indios que se engancharon para ajustar con los incas sus particulares cuentas de venganza. En Cajamarca, y sólo puede explicarse por la mediación divina, pusieron en desbandada al ejército incaico y apresaron al emperador Atahualpa, todo a la vez.

El encontronazo vino a ser inexorable. Ya Cristóbal Colón había advertido de las tantas maravillas que le salían al paso y para las que en la lengua cristiana no existían palabras que pudieran identificarlas, como en el Macondo de García Márquez luego, por lo que los primeros conquistadores y sus cronistas decían “mezquitas” a los templos de los cultos incaicos, por ejemplo, e “infieles” a toda la población que someter y cristianar, como hicieran en la Reconquista aún fresca de la piel de toro. La conquista de América fue su prórroga y aún hoy pone la piel de gallina.

No había forma de entenderse. Los conquistadores formulaban sus ultimátums invocando un dios extraño que los había traído para, por las buenas o por las malas, extender su doctrina, contenida en un artefacto que llamaban libro y que los infieles desconocían en todos sus extremos: era una civilización ágrafa. Los veían con barbas y cabalgando los relinchos de bestias igualmente desconocidas, disparando rayos con las manos, matando como por ensalmo, y creyeron asistir al advenimiento de los viracochas, al cumplimiento de las profecías que aseguraban el regreso un día a la tierra de esos dioses que tiempo atrás habían mandado a paseo. Estaban de vuelta, eso creyeron.

Un colosal malentendido por ambas partes, entonces. Con la cuestión teológica, nada menos, como elemento angular de las negociaciones, esa formalidad. Dios, el del libro, los mandaba y les dotaba de la fuerza. Claudicación incondicional ya: todo lo tuyo a partir de ahora es mío, empezando por tu vida, para mandarla junto al Altísimo o no, y para hacer lo que yo quiera con todo ello. Justo y necesario, palabra de Dios. A los que se resistieron se lo hicieron pagar caro, violencia divina sin pamplinas.

Antes de acabar la conquista, el capitán general Francisco Pizarro en el Palacio del Gobernador que mandó construirse en Lima, se liaron entre ellos. Una guerra civil netamente alentada por la codicia. Diego Almagro, uno de los Trece y de su estrecho vínculo, juntó partidarios para erigirse como máxima autoridad desde Cusco al sur, suponiendo que la avanzada depararía tesoros análogos a los de la capital imperial y juzgando que los Pizarro, cuatro hermanos en sociedad limitada, ya habían recibido bastante.

Lo de Cusco había marcado ya un punto de inflexión en la historia de la atrocidad. El botín puede estimarse por el inventario oficial de la incautación, que soslayó lo saqueado por sus barrios y suburbios, sin inventario pero con otros detalles de fábula. Arrancaron de cuajo el oro de los templos y su disposición, las representaciones del sol, la luna y los astros que fundamentaban su cultura, sus conocimientos y devociones. Joyas de oro en filigrana, grandotas y menudas, llamas de oro macizo a tamaño natural, otras esculturas de oro y “piezas mazorrales” de oro también. Más oro que en el tesoro de Atahualpa, del que ya habían dado cuenta, como de otros menores al paso. Arramplaron con todo, incendiaron y con la misma furia fueron matando por calles y casas para hacerse con el oro que hubiera, y si no lo había, también, por cobrarse la frustración con sangre.

Después, siguiendo el protocolo, lo fundieron todo en lingotes que se repartieron de acuerdo a los galones ganados en las matanzas. Los rastros más fehacientes de aquella civilización quedaron borrados.

La tropa rasa se jugaba los lingotes en timbas callejeras estimuladas por la abundancia. Muchos se arruinaron en ellas. Cuando la mayoría se quedó a dos velas, se hicieron almagristas, “los de la capa” porque solo disponían de una que usaban a turno, a esa miseria cayeron después de la euforia. Los Pizarro, en cambio, nadaban en la abundancia acrecentada del principio. Los almagristas ajusticiaron a Gonzalo, que quedara en Cusco con mando en plaza, y fueron a por el resto de la sociedad limitada y sus capas. Los fueron matando a todos.

A Francisco lo acribillaron a espadazos en su palacio de Lima. Murió sin aprender a leer, como tantos otros. La Corona tuvo que mandar tropa para acabar la guerra pero, sobre todo, para cobrar su parte de la jodienda. En una suerte de protoindependentismo, los conquistadores de cepa le negaban los quintos reales y eso sí que no. Por ahí no podía pasar.

El oro y la plata de Indias pagaba las deudas de la Corona, del emperador Carlos V con los banqueros alemanes, flamencos y genoveses que le financiaban la guerra en Europa contra el protestantismo, y avalaba nuevos créditos para continuarla con el objetivo de establecer un imperio teocrático universal, naturalmente católico y bajo su cetro. Cada cual con su delirio y jodienda. Total, que la tropa de la Corona colgó a Almagro y a otros cuantos de la horca y acabó con la quimera: siguió recibiendo en lingotes los quintos que le correspondían.

Ni siquiera así hacía cash. A una de aquellas familias de banqueros, los Wesler, le concedió la explotación de Venezuela para pagar la hipoteca.

Ninguno de los Trece tuvo muerte tranquila, todos y muchos más perecieron con la misma violencia que repartieron. El proyecto de la Corona de instaurar la monarquía teocrática universal también hizo aguas en Europa. El oro y la plata de Indias desviado a los banqueros, casi todo el que se extrajo y saqueó, proporcionó sin embargo a los calvinistas el caudal de arranque del capitalismo. En el Nuevo Mundo lo siguieron extrayendo y aplicándose en cumplir a rajatabla aquel proyecto de monarquía universal aunque sólo fuera en su cacho.

En las expediciones de tropa con sus pertrechos nunca faltaron vendas: frailes de buena fe y frailongos de barriga, para cristianar e instruir. Como la gramática de Nebrija era bien escaso, aprendieron quechua, el latín del Imperio y lengua viva en los Andes de hoy. “La lengua quechua tiene recursos poderosos para interpretar todas las formas de dolor, los padres lo utilizaron con maestría e inspiración; los indios, de rodillas, lloraban” (José María Arguedas, quien pasó en 1959 seis meses en Sayago, Zamora, para documentarse, escritor de obras de referencia en ambas lenguas y suicida por amargura).

Entonces, ¿justifican estos episodios la extendida respuesta peruana a cuándo se jodió el Perú?

Aún queda otro rato de jodienda hasta llegar a hoy.

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