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Las amenazas de Trump contra Irán no son diplomacia ni preocupación humanitaria.
Por Iñaki Errazkin | 15/01/2026
Donald Trump vuelve a ponerse el disfraz de defensor de la libertad. No porque crea en ella, sino porque le resulta útil. La moral, en su caso, no es un principio. Es un recurso retórico. Sus amenazas contra Irán, envueltas en un discurso de indignación por la represión de las protestas, pretenden construir la imagen de un dirigente preocupado por los derechos humanos.
Pero basta retirar la primera capa para comprobar que la cebolla está podrida. Quien respalda sin fisuras la política genocida de Israel no puede presentarse como protector de los oprimidos sin caer en el cinismo más elemental. No se trata de una contradicción, sino de una jerarquía de vidas. Unas merecen duelo. Otras, silencio. La doble moral no es una anécdota. Es la categoría.
Trump acusa a Irán de matar “en la oscuridad”, de censurar, de ocultar la violencia tras apagones informativos. Y lo dice sin sonrojarse, como si EE. UU. no llevara décadas perfeccionando el arte de matar a plena luz del día y llamarlo estabilidad. Incluso ha propuesto a su alfil Elon Musk como redentor tecnológico, con Starlink convertido en instrumento de libertad. La escena es obscena. Quienes han asfixiado económicamente a Irán se presentan ahora como salvadores de su población.
Nada de esto es nuevo. Durante su primer mandato, Trump dinamitó el acuerdo nuclear con Irán en 2018, no porque fuera ineficaz, sino porque limitaba su margen de coerción. Las sanciones posteriores no debilitaron al gobierno iraní, solo empobrecieron a la población.
En 2020 ordenó el asesinato de Qasem Soleimani, un crimen político ejecutado fuera de toda legalidad internacional. Nadie habló entonces de derechos humanos. Nadie habló de moral. Ahora, en 2026, con parte de la sociedad iraní exigiendo cambios profundos, Trump detecta una nueva oportunidad. No para apoyar procesos emancipadores, sino para utilizarlos como palanca contra un enemigo estratégico.
Su apoyo a Israel no es una anomalía: es la clave de bóveda de su política regional. Israel actúa como punta de lanza de los intereses estadounidenses en Oriente Medio, con carta blanca para arrasar, ocupar y asesinar colectivamente. Gaza lo demuestra cada día.
Arabia Saudí completa el cuadro. Un aliado intocable, pese a su responsabilidad directa en una de las peores catástrofes humanitarias del siglo en Yemen. Demasiados muertos, pero en el bando correcto.
Irán, en cambio, es el enemigo funcional. Es el adversario necesario para justificar sanciones, amenazas y una escalada de terror permanente. No porque sea más represivo que otros, sino porque no obedece. Aquí no hay incoherencia. Hay imperialismo sin complejos, maquillado con un vocabulario moral que ya nadie cree, salvo quienes necesitan creerlo. EE. UU. perdió hace mucho la autoridad moral que dice ejercer.
La Unión Europea lo sabe. El Estado español lo sabe. Y aun así miran hacia otro lado (o se indignan con la boca chica), aferrados a una retórica vacía que no incomode al poder imperial. Los derechos humanos no son un valor universal en este sistema. Son una herramienta de castigo selectivo. Se activan contra los enemigos y se suspenden para los aliados. No se defienden: se administran según convenga. Por eso, las amenazas de Trump contra Irán no son diplomacia ni preocupación humanitaria. Son propaganda belicista. Un ejercicio de hipocresía calculada. Las víctimas no son un efecto secundario. Son el coste asumido de antemano. En Irán, en Palestina o en Yemen. Y mientras se siga aceptando esta lógica, la barbarie no será una excepción, sino la norma disfrazada de orden internacional.
Trump tampoco es una anomalía. Es un síntoma. Mientras esta lógica siga intacta, no habrá discursos morales que oculten la verdad. Porque la hipocresía no es el fallo del sistema, es su modo normal de funcionamiento.
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