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Mientras crecen los millonarios, la clase trabajadora ve cómo sus ingresos se estancan en términos reales y la precariedad se cronifica.
Por Ricardo Guerrero | 28/04/2026
En España, la desigualdad social no solo persiste, sino que se agrava de forma estructural. Mientras el número de millonarios no deja de aumentar y su riqueza bate récords, las cifras de pobreza entre las familias trabajadoras se mantienen en niveles alarmantes. Esta brecha no es un accidente coyuntural: es la lógica inherente del sistema capitalista, que concentra la riqueza en la burguesía al tiempo que empobrece progresivamente a la clase trabajadora. Los datos recientes lo confirman con crudeza.
El boom de los millonarios
El 2025 fue un año histórico para los más ricos de España. Según el informe de Oxfam Intermón, el número de milmillonarios (personas con fortunas superiores a 1.000 millones de euros) subió de 28 a 33, un incremento neto de cinco nuevos miembros. Su riqueza conjunta alcanzó los 197.500 millones de euros, un crecimiento real del 13,6% en un solo año —más de cuatro veces el crecimiento previsto del PIB español (2,9%)—. Esto supone un aumento de casi 28.300 millones de euros respecto a 2024, con una media de más de 77 millones de euros por milmillonario al día.
El informe Billionaire Ambitions 2025 de UBS corrobora esta tendencia explosiva: la riqueza de los multimillonarios españoles creció un 21,5%, hasta los 213.100 millones de dólares (unos 182.600 millones de euros), y se sumaron ocho nuevos ultrarricos, elevando el total a 32. Amancio Ortega, por ejemplo, vio su fortuna aumentar en 21.000 millones de dólares solo en ese año. La lista Forbes de las 100 mayores fortunas españolas alcanzó los 258.870 millones de euros, un 7% más que en 2024.
Esta concentración no es nueva, pero se acelera: la riqueza de este reducido grupo ya supera la que poseen 18,7 millones de españoles (casi el 40% de la población). Mientras la economía crece modestamente, el capital se multiplica en la cúspide.
Pobreza entre las familias trabajadoras
Al otro extremo, las familias trabajadoras no salen de la pobreza. La tasa de pobreza laboral (personas ocupadas en riesgo de pobreza) se mantuvo en torno al 11,3-11,6% en 2024-2025, según datos del INE y cálculos de Oxfam Intermón. Esto sitúa a España como uno de los países con mayor pobreza en el empleo de la UE, unos 5 puntos por encima de la media europea. Los contratos temporales elevan el riesgo al 13,2%, frente al 7,6% de los indefinidos; entre trabajadores extranjeros de terceros países, supera el 27-31%.
El indicador AROPE (riesgo de pobreza o exclusión social) se situó en el 25,7% en 2025, apenas una décima menos que en 2024. Entre los menores de 16 años, afecta al 33,9%. La tasa de riesgo de pobreza (AROP) bajó ligeramente al 19,5%, pero sigue siendo muy elevada para un país desarrollado, especialmente en hogares con hijos a cargo o con un solo adulto trabajador.
La renta media por hogar subió nominalmente, pero la inflación, el coste de la vivienda y la precariedad impiden que llegue a las familias trabajadoras. Miles de hogares con empleo estable siguen sin poder afrontar imprevistos o pagar la calefacción, mientras los salarios crecen por debajo del coste de la vida y de los beneficios empresariales.
La brecha social se ensancha: una dinámica capitalista
La distancia entre ambos polos no para de crecer. El índice de Gini de renta (que mide desigualdad de ingresos) ha bajado ligeramente en los últimos años (hasta 30,8 en 2025). Sin embargo, esto oculta la realidad de la riqueza: el Gini de patrimonio ronda el 70-71 y se mantiene estable o en ligero ascenso, con el 1% más rico acaparando entre el 26-27% del total y el 10% superior casi el 60%. La mitad más pobre solo posee alrededor del 7%.
Esta polarización es inherente al capitalismo. El sistema premia la acumulación de capital (acciones, empresas, herencias) sobre el trabajo asalariado. Los milmillonarios multiplican su fortuna gracias a la especulación bursátil, la concentración empresarial y las políticas fiscales favorables, mientras la clase trabajadora ve cómo sus ingresos se estancan en términos reales y la precariedad se cronifica. No es casualidad: es la lógica del beneficio privado frente a la necesidad colectiva. Como denuncia Oxfam, el crecimiento de los ultra-ricos es “cuatro veces más rápido” que el promedio de los últimos cinco años y supera con creces el del PIB o los salarios.
España no es una excepción europea, pero su modelo productivo —con alto peso de la temporalidad, el turismo y los servicios de bajo valor añadido— acentúa esta fractura. El capitalismo parte en dos la sociedad: una élite que acumula y una mayoría que sobrevive.
Una tendencia que no se detiene
Los datos son inequívocos. El número y la riqueza de millonarios no dejan de crecer, mientras la pobreza y el riesgo de exclusión entre familias trabajadoras se mantienen en niveles estructuralmente altos. Esta brecha social no es reversible dentro de las reglas del juego capitalista actual: exige una redistribución radical de la riqueza, fiscalidad progresiva sobre grandes fortunas y herencias, y políticas que prioricen el salario y los derechos laborales frente al beneficio especulativo.
Sin cambios profundos, la dinámica se perpetuará: la burguesía enriqueciéndose a ritmo récord y la clase trabajadora empobreciéndose en la precariedad. España, como el resto de economías capitalistas avanzadas, demuestra que el crecimiento económico no equivale a progreso social cuando la riqueza se concentra en tan pocas manos. Y esta desigualdad no es un fallo del sistema, sino su funcionamiento normal.
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