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El apagón nos mostró, en una magnitud infinitesimal, si se quiere, las consecuencias que la actual escalada militarista podría tener para los pueblos de Europa y del mundo.
Por Javier García | 20/05/2025
Las sociedades inteligentes deberían extraer las correspondientes enseñanzas de las situaciones a las que se enfrentan, especialmente de aquellas que revisten un carácter excepcional, como es el caso del gran apagón que tuvo lugar el 28 de abril.
No tengo muy claro si podemos considerarnos una sociedad del todo inteligente o avanzada. No creo que lo sea ni la española ni la francesa ni la alemana ni ninguna otra. En esto soy fiel a las ideas que el viejo Engels expresara en su ‘Anti-Dühring’: una sociedad basada en la división de clases, en la explotación económica, en la opresión de la mujer y en la guerra solo puede ser considerada como atrasada, primitiva, animal. La verdadera historia humana, construida de forma consciente (dentro de ciertos límites), sólo comenzará una vez superadas todas estas lacras.
‘Con la toma de posesión de los medios de producción por la sociedad se elimina la producción mercantil y, con ella, el dominio del producto sobre el productor. La anarquía en el seno de la producción social se sustituye por la organización consciente y planeada. Termina la lucha por la existencia individual. Con esto el hombre se separa definitivamente, en cierto sentido, del reino animal, y pasa de las condiciones de existencia animales a otras realmente humanas’. (Engels. ‘Anti-Dühring’)
Sirva este apunte como introducción a lo que sigue, pues tiene mucha relación, aunque no lo parezca a primera vista.
Respecto al apagón no pretendo analizar ni sus causas ni tratar temas como el de la privatización de los sectores económicos estratégicos y los efectos que esto tiene en nuestras vidas a todos los niveles. Esto ya lo han abordado -con más acierto y conocimiento de lo que lo pueda hacer yo- numerosos artículos, tertulias, podcasts y demás. El ejercicio que pretendo hacer es el de poner en relación el apagón con todo el contexto de militarismo rampante al que estamos asistiendo en Europa.
Un pequeño susto del que extraer importantes conclusiones
Ciertamente, quien más y quien menos, en los primeros momentos del apagón, consideró que el mismo tenía poco que ver con una avería técnica y mucho con un sabotaje o acción de eso que se ha dado en llamar ‘guerra híbrida’. Muy al principio, mediante el boca a boca, corrió el rumor de que el apagón había alcanzado a toda Europa. Posteriormente, a medida que pudimos informarnos (a través de la radio) supimos que solo había alcanzado al territorio peninsular y la tesis del sabotaje fue poco a poco perdiendo fuelle.
Por mi parte, hice una reflexión que espero que otros muchos hicieran también, y que es precisamente de lo que quiero hablar aquí.
El apagón nos mostró, en una magnitud infinitesimal, si se quiere, las consecuencias que la actual escalada militarista podría tener para los pueblos de Europa y del mundo, en el enfermizo empeño de las élites de la Unión Europea por tensar las relaciones con Rusia hasta el extremo de provocar un conflicto a gran escala (esperemos que un cierto sentido común se imponga en algún momento a la demencial política antirrusa en la que nos han embarcado la práctica totalidad de los gobiernos de la UE).
Por mi trabajo, pude observar cómo a la media hora de haberse producido el ‘cero’ eléctrico, acudieron al centro de salud en el que me encontraba varias personas con crisis de ansiedad o a punto de sufrir un episodio de este tipo. Luego vino el caos del tráfico, el caos del transporte, personas que tardaron horas y horas en llegar a sus casas, haciendo incluso una buena parte del recorrido a pie; que no pudieron recoger a sus hijos del colegio y que, además, no pudieron hablar con ellos durante horas ante la caída de la red telefónica y de internet.
Teniendo en cuenta todo esto, podemos hacernos una idea (todo lo vaga o parcial que se quiera) de lo que hubiera ocurrido si nos hubiéramos encontrado ante una acción de carácter militar que hubiera podido ser seguida de otras de mayor alcance y gravedad.
Todos los días vemos en televisión imágenes de la destrucción y el sufrimiento que producen las guerras. El caso de Palestina es el más sangrante. Pero estas imágenes, a buena parte de la sociedad, apenas le atraviesa la epidermis emocional. Esa parte de la sociedad tal vez necesite que la realidad le golpee de forma directa para que no pueda mirar para otro lado y para que se convenza de que, en materia de guerras, dado el peligroso contexto internacional, a poco que se tuerzan las cosas, podemos pasar de indolentes observadores de la guerra a sufrir en carne propia aquello que nos parece tan lejano o que consideramos que no puede ocurrir en un entorno tan (pretendidamente) civilizado y apacible como el nuestro. El apagón, como decía más arriba, es un ejemplo infinitesimal de lo que supondría el desencadenamiento de una guerra. Y debemos grabarnos a fuego esta experiencia para que no nos arrastren a una situación a la que ninguna persona en su sano juicio (excluimos a ciertos dirigentes políticos de esta categoría) quiere llegar.
Los Macron, Von der Leyen, Kallas, etc. (los Pedro Sánchez, también), vienen jugando con el fuego de la guerra desde hace demasiado tiempo y debemos hacer lo posible por pararles los pies a los pirómanos del mundo. Tampoco debemos creernos el cuento de que el rearme tiene un carácter disuasorio o que tiene como objetivo evitar la guerra asustando al contendiente. Los procesos militaristas, en un mundo dominado por el capitalismo (en su fase imperialista), no tienen nunca un carácter disuasorio, sino que son la preparación para la guerra a fin de obtener tales o cuales beneficios económicos, apropiarse de esferas de influencia, de fuentes de materias primas, reequilibrar las relaciones geoestratégicas en favor de unas u otras potencias…
En relación a Rusia, es evidente la pretensión de devolverla a los tiempos del pusilánime y dipsómano Boris Yeltsin, para que la UE y EEUU puedan hacer con este país (tan extraordinariamente rico en recursos de todo tipo) lo que les venga en gana. No tengo la menor simpatía hacia Putin. Pero es evidente que la actual clase dirigente rusa se muestra muy firme a la hora de defender los intereses de su país, y esto es lo que no soportan ni pueden permitir las viejas potencias imperialistas. Como tampoco pueden permitir que Rusia conforme un eje con China y que este eje esté atrayendo hacia sí a buena parte de África, Asia y Latinoamérica, socavando la estructura neocolonial de estadounidenses y europeos. Y no olvidemos unas palabras del papa Francisco, del que en estos días se celebran sus exequias. En una entrevista de 2022, llegó a decir que la guerra de Ucrania había sido ‘de algún modo provocada’. Y para mí está bastante claro el sentido de estas palabras y a quiénes consideraba como los provocadores de esa guerra. Que cada uno saque sus conclusiones.
La invención de un enemigo
A fin de que esas viejas potencias alcancen sus objetivos, como corresponde a la buena lógica imperialista, hay que inventar enemigos y amenazas a troche y moche, para acogotarnos y que traguemos con todo. EEUU es un experto en esta materia: con el pretendido objetivo de combatir al fantasma de Al-Qaeda, arrasó medio mundo, desde Somalia a Afganistán, pasando por Irak. Ahora, las élites europeas pretenden convencernos de la terrible amenaza rusa. Al parecer, Rusia pretendería poco menos que invadir Europa. Rusia sería la misma representación del diablo, con cuernos y rabo incluidos (lo que no es óbice para mantener intactas las relaciones diplomáticas y comerciales con el Estado terrorista y genocida de Israel, que, según el extraño y cínico criterio de los dirigentes europeos, representa una amenaza mucho menor, si bien, con la masacre diaria de Gaza, deja la guerra de Ucrania en un plano casi anecdótico en materia de asesinato de civiles).
Hay que ser verdaderamente obtuso para creerse este cuento, sobre todo si tenemos en cuenta las cosas que han venido ocurriendo en los últimos años y, más concretamente, la forma en la que se ha venido desarrollando la guerra de Ucrania. Por todos es sabido que Rusia, a pesar de su innegable poderío militar, no ha sido capaz de invadir en su totalidad el territorio ucraniano (si bien vinculado culturalmente a Rusia) que se había marcado como objetivo, dejándose miles de soldados y millones de toneladas de material militar en el intento. Ucrania, que en términos militares, económicos, etc. representa muy poco, ha podido conservar en su poder buena parte de ese territorio, aunque se ha dejado por el camino en torno a una cuarta parte de la superficie total del país, y puede hacerse a la idea de que probablemente no lo va a recuperar jamás. Esto deben agradecérselo los ucranianos a la UE y a EEUU, que les han utilizado a ellos y a su territorio para intentar debilitar a Rusia en función de sus propios intereses, sin tener en cuenta en absoluto el sufrimiento que pudieran producir (y que, sin duda, han producido) al pueblo ucraniano.
La ayuda europea y estadounidense ha jugado su papel a la hora de impedir la derrota total de Ucrania. Pero, en cualquier caso, es un hecho que no admite la menor discusión (al menos no una discusión inteligente y racional) que Rusia no representa una amenaza real para Europa desde el punto de vista de una ocupación militar, aunque sí puede representar una amenaza en el sentido de que si se continúa tensionando la situación, puedan caer chuzos de punta hipersónicos desde territorio ruso en varias capitales europeas. Mas es improbable que los rusos estén interesados en algo así, salvo en el caso, como han repetido en varias ocasiones los dirigentes del gobierno de Putin, de que hubiera una ‘amenaza existencial’ para Rusia. Lo que le interesa a Rusia (y lo que debería interesarnos a los europeos) es el entendimiento con la Unión Europea, entre otras cosas porque Rusia es parte de Europa. De hecho, el que ese entendimiento se haya roto, se lo debemos a los buenos oficios del imperialismo estadounidense y sus lacayos de la OTAN en Europa, algunos de los cuales se encuentran bien instalados en el seno de la Comisión Europea.
Ante la pérdida de hegemonía de la otrora primera potencia mundial (hoy no lo es, por más que siga predominando según ciertos indicadores económicos), torpedearon por todos los medios un entendimiento con Rusia para seguir conservando su poder geoestratégico, pues un eje formal o informal de la UE con Rusia y China les hubiera dejado completamente fuera de juego. De poco le ha servido, pues el declive estadounidense era evidente con la administración Biden y lo es en mayor medida con la desnortada y desquiciada administración Trump. EEUU han pasado de estar dirigidos por un anciano con evidentes síntomas de demencia senil, a estarlo por otro anciano cuya demencia no guarda ninguna relación con su provecta edad, sino con el hecho de que ha sido un tarambana de toda la vida, como es bien conocido. El tipo, además, rodeado como está de idiotas y de servilismo a partes iguales, cree ser un auténtico genio en todos los ámbitos y eso está conduciendo a la economía estadounidense a un desbarajuste aún mayor que el que ya tenía, por no hablar del descrédito político y diplomático con sus ocurrencias sobre Gaza y otros desvaríos.
No obstante, debemos apuntar que, en lo que se refiere al conflicto de Ucrania, la posición del gobierno Trump es, con mucho, más coherente que la que sostiene la UE, lo que no deja de ser sorprendente, por cuanto el territorio que más sufriría las consecuencias de un conflicto a gran escala (la UE) se muestra más belicista que EEUU, que, en principio, lo sufriría en menor medida. Por tanto, cabe calificar la política antirrusa de la Comisión Europea y de los gobiernos europeos que la respaldan de suicida.
El surgimiento de nuevos ejes de poder geoestratégico
Han surgido nuevas potencias, nuevos ejes de poder geoestratégico y eso supone el fin del hegemón estadounidense. Y la historia no da marcha atrás; es éste un proceso de todo punto irreversible. Y cuanto antes lo asuman las viejas potencias imperialistas (EEUU y la UE), mejor para todos.
No obstante, los imperialistas no se resignan fácilmente. Como explicó Lenin en su ‘Imperialismo, fase superior y última del capitalismo’, el imperialismo se desarrolla conforme a una serie de leyes objetivas, que imponen unas determinadas inercias y tendencias. Los grandes poderes económicos de las potencias imperialistas harán todo lo posible por evitar su declive, y no dudarán en arrastrarnos a la guerra y a la más absoluta destrucción para que sus monopolios continúen obteniendo los beneficios a los que creen tener derecho. De los pueblos, de su capacidad de movilización, de lucha y de oposición a las políticas imperialistas, depende que el siniestro futuro que nos vienen preparando esas élites ávidas de capital (amasado con sangre) no llegue a materializarse.
Conviene, sin embargo, identificar a los promotores de las políticas militaristas en el seno de la UE. De estas políticas, como apuntábamos, participan la práctica totalidad de los gobiernos de los países miembros. Pero podemos situar su epicentro en el seno de la Comisión Europea y en la entente que parecen haber conformado el imperialismo alemán (con Von der Leyen a la cabeza) y toda la caterva de fascistas o semifascistas bálticos (aunque se intitulen, para disimular, como liberales u otros términos similares que no ocultan su verdadera naturaleza).
En esto encontramos algunas similitudes con lo ocurrido en la II guerra mundial. En aquel entonces, se dio una alianza muy similar entre los nazis (los representantes en aquel tiempo del imperialismo alemán) y los fascistas antisoviéticos o antirrusos (tanto da para el caso que nos ocupa) de Letonia, Estonia, Finlandia, Ucrania, etc. Hay que poner el foco en esta rediviva ‘Liga Hanseática’ fascista que pretende arrastrar a Europa a un conflicto abierto con Rusia, para denunciar y contrarrestar sus maniobras.
El momento demanda un amplio movimiento por la paz en toda Europa para parar en seco a todos estos señores y señoras de la guerra, un movimiento que debe ser profundamente antiimperialista y anticapitalista, pues son el imperialismo y el capitalismo los que nos conducen a la guerra y solo podrá construirse una verdadera paz sobre la base de un nuevo régimen político y económico de carácter socialista.
El militarismo doméstico
E igual que identificamos a los promotores de la guerra allende nuestras fronteras, hay que identificarlos en el interior de las mismas. El gobierno del PSOE comparte en su integridad la agenda militarista. Respecto a los peperos, no cabe duda de que también es así. La posición de Vox poco importa en esta cuestión, en la medida en que son una mera excrecencia del PP, al tiempo que ejercen a tiempo completo de tontos útiles del PSOE (aunque en su alucinación joseantoniana crean estar salvando a España del contubernio ‘rojo-separatista’).
Alguna duda más puede haber en relación a Sumar o Podemos. Estos vienen jugando desde hace algún tiempo la baza de un antimilitarismo descafeinado y totalmente oportunista para intentar frenar su acusada pérdida de peso político y electoral. Pero no debemos dejarnos engañar. Tanto Podemos como Sumar se cuentan entre los que abrieron el melón del rearme, no ahora, sino hace bastantes años, cuando jugaban a aquella transversalidad estúpida y miope.
Recuerdo perfectamente cuando Yolanda Díaz defendía con su boba solemnidad habitual que había que apoyar a la ‘resistencia ucraniana’ en su conflicto con Rusia. Es decir, que había que apoyar al gobierno fascista ucraniano, el mismo que se aupó al poder quemando vivos a decenas de antifascistas en la Casa de los Sindicatos de Odessa o que mantiene en la ilegalidad y somete a persecución política a todas y cada una de las organizaciones progresistas ucranianas (desde las más moderaditas a las más ‘radicales’). Por su parte, Pablo Iglesias se hartó de abogar por una política de defensa europea; o lo que es lo mismo: al militarismo otánico había que oponer un militarismo genuinamente europeo. Empezó con esa cantinela ya en 2018, hace casi una década.
¿Pero es que acaso el militarismo europeo es mejor que el otánico? Una posición consecuentemente progresista, debería oponerse por igual a toda forma de militarismo imperialista, cualquiera que sea el apellido que se ponga. De manera que ese movimiento europeo por la paz, antiimperialista y anticapitalista, no podría contar con ningún aliado en el seno de las instituciones españolas. Los oportunistas, los que varían sus políticas en función de los estudios demoscópicos, del número creciente o decreciente de escaños o de si ocupan poltrona en el gobierno, no son compañeros de viaje fiables. Ese movimiento del que hablo, debería construirse, por tanto, desde fuera de las instituciones, con el concurso del mayor número de organizaciones políticas y sociales no cooptadas por el sistema y profundamente arraigado en los sectores obreros y populares. El movimiento obrero y popular no atraviesa por su mejor momento en cuanto a su capacidad de lucha y movilización. Pero quizá solo necesite una causa justa, una causa necesaria para despertar de su letargo: la lucha por la paz en Europa y en todo el mundo, vinculada a la lucha por las más profundas transformaciones políticas, económicas y sociales, es quizá el acicate o revulsivo que puede sacarle de su actual estado de postración y pasividad.
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