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Cinco grandes estados republicanos y cruciales para el control del Senado le han dado la espalda a Donald Trump.
Por Lucio Martínez Pereda | 5/11/2026
La propaganda del presidente elegido por Dios se ha hecho añicos ante realidades mundanas: pagar las facturas, llenar el depósito del coche y hacer la compra. La derrota histórica ha venido de sus votantes: es más dolorosa. No se trata solo de la pérdida del Congreso. Ha sido una derrota doble.
También ha perdido donde tenía que ganar. Cinco grandes estados republicanos y cruciales para el control del Senado le han dado la espalda: Carolina del Norte, Carolina del Sur, Texas, Iowa y Kansas La victoria impensable en los estados trumpistas se explica por una combinación precisa de factores.
El primero es el malestar acumulado en las bases rurales, las grandes perjudicadas por la política suicida de los aranceles del presidente. Lo que se presentó como protección nacional se tradujo, en el campo y en las industrias dependientes de insumos importados, en encarecimiento de costes, pérdida de mercados y erosión de márgenes. Las bases que lo auparon no votan abstracciones geopolíticas: votan el precio del fertilizante, de la maquinaria y de los productos que no pueden producir en casa.
El segundo factor es el encarecimiento de los carburantes a raíz de la guerra de Irán. La operación militar, celebrada como demostración de fuerza, se materializó en las gasolineras de los condados rurales y de las periferias urbanas. Cuando el precio del litro sube, la narrativa del “America First” desaparece frente a la factura semanal del depósito.
La combinación de ambos elementos ha producido lo que los ciclos históricos de los populismos autoritarios acaban demostrando: la distancia entre el relato del líder y la experiencia cotidiana de quienes lo sostienen.
La derrota de Trump es la más difícil de gestionar: no admite la explicación del enemigo externo. Viene de dentro.
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