
‘La Ciudad del Sol’, de Tommaso Campanella, nos alerta de los riesgos cuando los técnicos concentran el poder y convierten la vida en un experimento.
Por Isabel Ginés |21/04/2025
Imagina una ciudad donde todo el conocimiento, el amor, el trabajo, la comida, la diversión, incluso los cuerpos está planificado por una élite de sabios. No hay propiedad privada, ni pobreza, ni desigualdad. Tampoco hay libertad individual, ni creatividad, ni deseo desordenado. Así es La Ciudad del Sol que Tommaso Campanella concibió en 1602 desde su celda, tras rebelarse contra el dominio español en Calabria.
No se trata de una novela, sino de una utopía filosófica, esotérica y política, que todavía hoy fascina, incomoda y provoca. Como todas las utopías, la obra de Campanella es a la vez una crítica de su tiempo y un espejo del nuestro. En ella se concentran las esperanzas más nobles del Renacimiento: la armonía, la justicia, el conocimiento universal pero también sus sombras: la obsesión por el control, la negación del conflicto, el desprecio por la individualidad.
La Ciudad del Sol no es una metrópoli cualquiera. Se organiza en siete círculos concéntricos, alineados con los planetas, conectados por puertas que apuntan a los puntos cardinales. En su centro hay un templo abierto al cielo, donde ciencia y religión se funden en un culto racional a los astros. La disposición recuerda a una máquina celeste, a un mandala cósmico, o —en clave más moderna— a los urbanismos hipervigilados que hoy vemos en ciertos países tecnocráticos.
Todo en la ciudad está orientado al orden. Los muros están decorados con ilustraciones que resumen todo el saber humano. Los niños aprenden mirando, caminando, absorbiendo conocimiento como si fuera parte del paisaje. No hay familias tradicionales, ni pertenencias privadas. Todo hasta los afectos es colectivo.
La ciudad está gobernada por el “Sol”, que representa la razón divina. A su lado actúan tres ministros: Poder, Sabiduría y Amor. Bajo ellos, un ejército de técnicos y expertos (naturalistas, médicos, astrólogos, estrategas, educadores…) se encarga de organizarlo todo: desde las guerras hasta la cocina.
Aquí ya aparece una tensión muy actual. ¿Deben gobernar los sabios? ¿Los expertos? ¿Los científicos? ¿Y qué pasa cuando el conocimiento se transforma en autoridad indiscutible? En tiempos de pandemia o crisis climática, es común escuchar que las decisiones deberían tomarlas los que “saben”, no los políticos. Pero La Ciudad del Sol nos alerta de los riesgos de esa idea: cuando los técnicos concentran el poder, la vida se vuelve un experimento.
Campanella elimina la propiedad privada porque la considera el origen de todos los males: el egoísmo, la codicia, la envidia. Pero su solución es hacer que todo pertenezca a todos conduce a una sociedad sin intimidad ni privacidad. Los ciudadanos solares no eligen ni su pareja, ni su ropa, ni su cama. La alimentación, el sexo, el sueño, las aficiones, todo está determinado por funcionarios que vigilan hasta los detalles más íntimos. Hasta los sentimientos.
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Hoy, cuando vivimos bajo la lógica de los algoritmos, donde nuestras búsquedas, gustos y decisiones son filtradas y predichas por plataformas digitales, La Ciudad del Sol no parece tan lejana. Aplicaciones como Spotify nos sugieren qué escuchar, Netflix qué ver, TikTok qué desear, y hasta Google Maps nos dice por dónde caminar. La promesa es siempre la misma: hacernos la vida más fácil, evitar el error, ahorrar tiempo. Pero el precio es alto: cedemos la espontaneidad, la sorpresa y, en parte, la libertad de elegir.
En un mundo en el que la inteligencia artificial empieza a decidir a qué noticias accedemos, con quién conversamos o qué palabras usar para redactar un correo, la visión de Campanella se actualiza: una sociedad que ya no necesita pensar porque ha delegado el pensamiento en sistemas “más sabios” que ella misma.
Y si en La Ciudad del Sol eran los sabios-místicos quienes ordenaban la vida de todos, hoy son los ingenieros de Silicon Valley, los diseñadores de interfaces o los programadores de redes sociales quienes, sin pretenderlo muchas veces, construyen una nueva forma de gobierno invisible, donde todo está “optimizado”… pero nada está en nuestras manos.
En la ciudad ideal de Campanella, los niños aprenden desde pequeños todo el saber acumulado por la humanidad. Las ciencias, las artes, la filosofía, las matemáticas… Todo está disponible y decorado en las paredes de la ciudad. Se enseña a través de imágenes, como si fuera una Wikipedia mural.
Esto podría parecer ideal. Y lo sería, si no fuera porque esa educación es obligatoria, idéntica para todos, y sin espacio para la disidencia o la imaginación. No hay espacio para la poesía amorosa, ni para la duda, ni para el arte inútil. En otras palabras: la creatividad no tiene cabida si no sirve al orden.
Hoy, frente a la estandarización educativa global, donde el éxito se mide por métricas y competencias, esta crítica resuena. ¿Qué pierde una sociedad que solo educa para el rendimiento? Cuando hablan de quitar la ética o filosofía esto hace que no haya pensamiento crítico más sólido, tolerancia, aprender valores. La educación debe tener principios de filosofía, literaria y pensamiento crítico para fomentar ciudadanos comprometidos pero diferentes, que sientan, aprendan y aporten.
Uno de los aspectos más turbadores del texto es la organización de la sexualidad. La procreación no es fruto del deseo, sino de una planificación estricta guiada por un “director general de procreación” que actúa según los planetas. Las parejas se asignan en función del equilibrio físico y moral, y los gobernantes por agotamiento mental y su “sacrificio” reciben las mujeres más ardientes. Algo parecido lo hemos visto en “el cuento de la criada” que nos muestran estos tipos de abuso a mujeres y de forma de procrear.
No se permite enamorarse, escribir poemas ni regalar flores. Si alguien siente deseo, debe reprimirlo o esperar autorización médica y astrológica. En palabras modernas: el Estado se entromete en la cama, en los sentimientos, en el alma.
¿Distópico? Pensemos en los experimentos de control de natalidad en regímenes autoritarios, o en los debates actuales sobre ingeniería genética, selección embrionaria, fertilidad planificada. La pregunta sigue viva: ¿quién decide qué vida debe nacer?
Campanella insiste en que su ciudad es un lugar feliz. Todos tienen lo que necesitan, nadie siente celos, no hay crímenes ni injusticias. Pero al leer entre líneas, aparece otra cosa: hay pena de muerte por usar tacones, por maquillarse, por cometer sodomía o por discrepar con la autoridad. Hay castigos públicos, escarnios, confesiones forzadas.
La armonía se impone con violencia. Y esto se parece menos a una utopía que a una distopía totalitaria. Como en 1984 de Orwell o Un mundo feliz de Huxley, la felicidad es obligatoria… y eso la convierte en su opuesto.
Campanella no era un ingenuo. Era un pensador profundo, un místico, un rebelde. Su obra es también una crítica feroz a la Europa de su tiempo: corrupta, desigual, sometida al poder de los ricos. Pero su propuesta era una ciudad sin conflictos, sin diferencias, sin propiedad revela lo que la utopía siempre oculta: que la perfección es enemiga de la libertad.
En tiempos donde proliferan las soluciones fáciles, los modelos cerrados, las ideologías salvadoras, La Ciudad del Sol es una advertencia luminosa. Nos recuerda que no se puede construir una sociedad perfecta sin renunciar a lo que nos hace humanos: la imperfección, la elección, el deseo, el error, el conflicto.
Y nos deja una pregunta incómoda: ¿cuánto estamos dispuestos a ceder en nombre del orden, de la seguridad, de la ciencia o del bien común antes de perder nuestra capacidad de ser libres?
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