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Para entender el análisis de Anne Applebaum aplicado a España y al mundo, hay que imaginar la democracia no como una estructura de piedra, sino como un organismo vivo que puede enfermar y morir desde dentro.
Por Isabel Ginés | 18/02/2026
Durante mucho tiempo imaginamos la democracia como una algo irrompible y muy sólido, capaz de resistir cualquier embate salvo el más violento. Las dictaduras eran el derrumbe súbito: golpes de Estado, tanques, suspensión de libertades. Sin embargo, la historiadora y ensayista Anne Applebaum propone una imagen más inquietante y más realista: la democracia no es irrompible, es organismo. Y como todo organismo vivo, puede enfermar desde dentro sin que apenas se perciba el inicio del deterioro.
Para entender el análisis de Anne Applebaum aplicado a España y al mundo, hay que imaginar la democracia no como una estructura de piedra, sino como un organismo vivo que puede enfermar y morir desde dentro. Ella no teme a los tanques en las calles, sino a los algoritmos y a la erosión de las normas no escritas.
En su visión, el autoritarismo contemporáneo ya no avanza mediante rupturas espectaculares, sino mediante una lenta transformación del ecosistema político. Applebaum habla de una especie de red global de autócratas, un sistema de apoyo mutuo entre regímenes que, aunque ideológicamente distintos, comparten intereses de poder y supervivencia. En ese entorno, los líderes que empiezan a debilitar instituciones democráticas ya no se sienten aislados ni avergonzados: encuentran financiación, respaldo mediático y tecnologías de control que refuerzan sus posiciones frente a críticas internas o internacionales. La democracia deja de ser el estándar incuestionable y pasa a convertirse en una opción entre otras.
Si se observa España desde esa lente, el riesgo no aparece como dictadura inminente ni como ruptura constitucional, sino como desgaste. Applebaum insiste en que las democracias rara vez colapsan de golpe; lo que sucede es una pérdida gradual de confianza en los árbitros del sistema. Cuando la ciudadanía empieza a percibir que los órganos judiciales o constitucionales están asociados a bloques políticos, la justicia deja de ser vista como terreno neutral y se convierte en prolongación del conflicto partidista. El problema no es solo institucional, sino psicológico: la sensación de imparcialidad es uno de los cimientos invisibles del pacto democrático. Cuando se agrieta, el edificio entero pierde estabilidad simbólica. A veces tengo la impresión de que en España discutimos tanto sobre quién controla las instituciones que dejamos de hablar de lo que deberían proteger. Y ese desplazamiento del debate, más que cualquier reforma concreta, es ya una forma de deterioro.
Otro elemento clave en su análisis es el lenguaje. Las democracias funcionan porque los adversarios se reconocen como legítimos. En el momento en que el rival pasa a ser descrito como traidor, ilegítimo o enemigo de la nación, la lógica democrática se desplaza hacia una lógica existencial, ya no se compite por gobernar, se lucha por impedir que el otro exista políticamente. Applebaum observa que este cambio lingüístico precede casi siempre a las erosiones institucionales, porque prepara a la sociedad para aceptarlas. Si el oponente es una amenaza absoluta, cualquier medida contra él parece justificable. En el contexto español, la facilidad con que el insulto político se convierte en categoría moral resulta inquietante ya que la palabra deja de describir y empieza a expulsar.
A esto se suma un fenómeno que la autora denomina nostalgia restauradora, la promesa de regresar a una edad de oro imaginada. En muchos contextos, incluido el español, esta retórica adopta la forma de una nación idealizada, homogénea y coherente, situada en algún pasado previo a la complejidad actual. La diversidad territorial, cultural o ideológica se interpreta entonces como decadencia o contaminación. El presente se describe como degradación y ciertos grupos sociales aparecen como agentes extraños que han desviado la esencia nacional. La nostalgia no es solo memoria selectiva también es un instrumento político que legitima la exclusión. Quizá una de las paradojas más visibles de nuestro tiempo es que cuanto más plural es una sociedad, más intensamente se invoca una unidad perdida que nunca fue tan simple como se recuerda.
Applebaum describe un patrón reconocible en muchas democracias contemporáneas. Primero se profundiza una división social entre “nosotros” y “ellos”, amplificada por redes y desinformación. Después se desacredita a las instituciones que median el conflicto —prensa, jueces, expertos— mediante el ataque constante a su legitimidad. Finalmente, se produce la captura: el llenado progresivo de esas instituciones con personas leales al proyecto político dominante. No hay ruptura visible, pero la función del sistema cambia. La democracia continúa formalmente, pero su lógica interna se altera.
Sin embargo, para Applebaum el peligro último no reside solo en líderes o partidos, sino en la reacción social que ese clima genera. La saturación de confrontación, insultos y desinformación produce cansancio. Y el cansancio conduce a la apatía. Cuando una parte significativa de la ciudadanía concluye que todos los actores políticos son equivalentes y que el conflicto es irresoluble, la participación se debilita. La democracia no desaparece en ese momento, pero pierde la energía que la sostiene: la creencia colectiva en su valor y en su capacidad de representar intereses reales. A veces parece que la erosión democrática no se produce tanto por exceso de ideología como por exceso de hastío.
España no es una autocracia ni se encuentra en un proceso de ruptura democrática. Pero el interés del análisis de Applebaum no está en clasificar países, sino en identificar dinámicas. Su advertencia es que las democracias no suelen caer por un acto único, sino por acumulación de pequeñas erosiones que, sumadas, alteran su naturaleza. No es un precipicio, sino una pendiente. No un colapso, sino un desgaste.
Desde mi perspectiva, quizá la lección más incómoda del pensamiento de Applebaum es que la democracia no se pierde solo cuando alguien la ataca, sino también cuando deja de ser defendida activamente en lo cotidiano, en el lenguaje que usamos, en la confianza que otorgamos o retiramos, en la facilidad con que asumimos que el adversario es ilegítimo. La democracia, en última instancia, no es solo un conjunto de instituciones. Es un hábito compartido de límites, reconocimiento y autocontención. Y los hábitos, si no se practican, se pierden.
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