La agonía del dragón

Por Daniel Seijo

«Los medios de comunicación somos establishment y cada vez somos más establishment.«

«Gobernar no es mandar, por mucha mayoría que se tenga.»

Juan Luis Cebrián

Recuerdo perfectamente el momento en que Soledad Gallego-Díaz se hacía cargo de El País, dejando momentáneamente a un lado el oscurantismo de Juan Luis Cebrián y la obsesión por la trama rusa de los hoy juguetes rotos David Alandete y José Ignacio Torreblanca. Les pedía entonces un poco de espacio para el optimismo, sabiendo a ciencia cierta que mi petición carecía de base sólida alguna y que la realidad material de la cabecera, ese inexorable motor histórico que nos arrastra cuando no combatimos, pronto le pasaría por encima a mi petición y deseos, dejándome de nuevo huérfano de prensa escrita, enfadado con la profesión y en deuda con ustedes, por hacerlos partícipes de un voto de fe que solo los enamorados del tacto del papel y el buen periodismo en las manos, podíamos encarar pese a ser plenamente conscientes de que los milagros no existen.

Con la vuelta de Javier Moreno la realidad se impone a los lavados de cara, las falsas promesas y las esperanzas infundadas. No queda nada de las palabras que anunciaban un proyecto revulsivo y moderno, las viejas y sabías plumas de Ramón Lobo y Maruja Torres abandonan el barco y los periodistas que permanecen, lo hacen a sabiendas de que el campo de batalla no es ya propicio para quienes combaten el cinismo y viven con amor la búsqueda de la verdad tras cada noticia. Soledad se quedará durante un tiempo hasta que seguramente se vaya poco a poco, probablemente para guardar las apariencias y con la esperanza de que  la ruptura definitiva no sea molesta. A su vez, El País encara un nuevo modelo de suscripción que recuerda al lector que además de suponer un derecho, la información conlleva una responsabilidad social por la que debemos estar dispuestos a pagar para garantizar la solvencia del medio y las condiciones materiales de sus periodistas. Una estrategia que resulta plenamente lógica, pero que pierde gran parte de su capacidad de convicción cuando el medio en cuestión es una mezcolanza de fondos de inversión, bancos e intereses empresariales y políticos de todo tipo que claramente condicionan la línea editorial del mismo.

Personalmente y a diferencia de otros compañeros, no les voy a decir que compren el medio de referencia de la familia Polanco y la familia real catarí, lo siento de verdad por los grandes profesionales que allí trabajan, porque haberlos haylos, pero me tengo que negar a ello. En su momento les pedí comprensión por la ilusión infundada que me provocada la dirección de Soledad Gallego-Díaz, pero hoy, vapuleado y derrotado de nuevo por la realidad de un medio irreformable y permanentemente sometido a los intereses del capital, les devuelvo la comprensión y les digo que si no les apetece comprar El País, pues que no lo haga. No se trata ya de un medio de referencia para la izquierda, si es que alguna vez lo ha llegado a ser, ni tampoco de un templo para el buen periodismo. El país, hoy es una marca más. Otra cabecera compitiendo en el mercadeo desaforado y decadente de la prensa escrita y por mucho que nos empeñemos en señalar lo contrario, ya no es más que eso.

El ERTE, la precariedad, el giro liberal y Javier Moreno, van ineludiblemente de la mano. Todos sabemos lo que va a terminar pasando y el futuro de una cabecera tan mítica como esta quizás se encuentre de nuevo en el aire a la espera de nuevas inyecciones monetarias y un rescate económico –que no moral– que cada vez resulta menos rentable para sus inversionistas. Ya nadie a pie de calle se puede creer a pies juntillas lo que dicen sus páginas y en la situación actual del periodismo, con apenas un par de monedas de plata y unas llamadas, uno puede comprar varias cabeceras independientes o incluso crear la suya propia para dotar de una falsa veracidad a sus contenidos. El País ha cedido demasiado terreno a los accionistas y a sus intereses, rompiendo con ello el sagrado pacto que todo medio debería poseer con sus lectores. El adiós a Soledad es una lenta y triste despedida, un futuro adiós definitivo. Aunque quizás, todavía hoy en El País se nieguen a verlo.


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