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Como han señalado algunos historiadores, el espectáculo se inscribe, sin mediación crítica, en el imaginario de generaciones que han aprendido a entender la Historia como algo que se ve y se siente, no como algo que se interpreta.
Por Lucio Martínez Pereda | 16/04/2026
Puy du Fou nació en la región de la Vendée, en las proximidades de un castillo en ruinas , en el territorio rural del oeste de Francia que por su arraigo católico y monárquico se convirtió en el epicentro de la resistencia contrarrevolucionaria durante la Revolución Francesa. Tras el hallazgo de esas ruinas por Philippe de Villiers -figura política identificada con la derecha nacional‑conservadora y el catolicismo tradicional- en 1977, al año siguiente la primera Cinéscénie dio origen al actual Grand Parc.
El Puy du Fou ocupa un gran espacio en un bosque de 50 hectáreas. Su producto es un “espectáculo histórico inmersivo” que recrea episodios del pasado con grandes puestas en escena, que -acompañadas con fuegos artificiales, jinetes y música- reproducen tumultuosas batallas épicas. En España, la filial de Puy du Fou se presenta desde su apertura en el 2019 en Toledo como un parque de temática histórica. Ambos mega espectáculos han servido de modelo inspirador para los sucesivos “Viva” que Vox ha realizado desde el 2021 en diferentes emplazamientos -el IFEMA, el Mad Cool de Valdebebas, el Palacio de Vistalegre- con conciertos patrióticos, artistas regionales, espectáculos pirotécnicos e impostadas escenificaciones teatrales.
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Detrás de las pirotecnias , las cabalgatas en medio de las llamas y la música grandiosa de Puy du Fou se esconde la reescritura afectiva de la Historia. El parque no intenta sólo recrear acontecimientos; pretende reconstruir la memoria de Francia (y, por extensión, de Occidente). El visitante se encuentra ante el pasado como un espectáculo a disfrutar. En su centro ya no está el documento, el testimonio o la interpretación profesional, sino la vivencia inmersiva: caballos, lanzas, llamas, cánticos en coro. Esta operación, en apariencia inocente, responde a lo que Andreas Huyssen llamó la “industria de la memoria”: un entramado de dispositivos culturales que convierte el recuerdo en producto y la identidad en mercancía.
A través de procedimientos de espectacularización histórica, ocultación selectiva y pedagogía emocional, el parque contribuye a consolidar una narrativa nacional cristiana que elude las sombras coloniales, las represiones internas y las violencias de Estado, al tiempo que idealiza un pasado que jamás existió. Esta operación se articula mediante una selección cuidadosamente realizada. Se exhiben guerras, pero no se habla de la violencia indiscriminada; se ensalzan mártires, pero se oculta el papel de la Iglesia en la persecución de disidentes; se representan conquistas, pero se silencia el colonialismo. El resultado es una memoria esterilizada, complaciente, que solo pretende que la nación se mantenga instalada en la mitificada pureza del victimismo heroico.
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En los parques temáticos históricos como Puy du Fou, el pasado es una escenografía dispuesta para el consumo emocional. Su éxito no radica en el rigor histórico, sino en sustituir la complejidad del pasado por la emoción de su simplificación mediante el lenguaje del espectáculo. Estamos ante un kitsch histórico envuelto en un dramatización que reproduce la mitología nacionalcatólica del siglo XX. Esa narración cumple una función : ofrecer al público una identidad sin conflicto.
En Puy du Fou la Historia se reconstruye según la lógica de la demanda afectiva más que según la lógica de la verdad. Esta hipertrofia sentimental, como define Umberto Eco el kitsch, prioriza la emoción sobre la veracidad. Pero esto, en el fondo, es un problema muy secundario pues Puy du Fou no es solo un espectáculo de entretenimiento sino también un dispositivo de memoria política.
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En Francia, el parque ha llegado a convertirse en una referencia intercalada en el currículo escolar. Como han señalado algunos historiadores, el espectáculo se inscribe, sin mediación crítica, en el imaginario de generaciones que han aprendido a entender la Historia como algo que se ve y se siente, no como algo que se interpreta. En ese cruce entre diversión y pedagogía, el parque se vuelve una suerte de escuela paralela, donde la Historia se transmite sin conceptos, analisis, ni preguntas.
En España, el proyecto de Puy du Fou también ha sido recibido como un modelo de “ocio formativo” y se ha promocionado incluso como una alternativa al “aburrimiento” de los libros de texto. Sin embargo, ese entusiasmo por lo espectacular entra en tensión con la tarea de la educación histórica. Cuando los alumnos visitan parques donde la guerra se reduce a cabalgadas en llamas, y la religion a héroes mártires, se educa una sensibilidad histórica afectiva pero profundamente ideológica. La violencia colonial, la Guerra Civil, la represión franquista, los conflictos religiosos y las tensiones con las minorías se desvanecen en el espectáculo.
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Desde una perspectiva curricular, el efecto es doble. Por un lado, el parque desvía la atención del análisis crítico hacia la experiencia emocional: el alumno recuerda el espectáculo, pero no el contexto; recuerda la sensación, pero no sus causas. Por otro, se refuerzan narrativas contestadas por la historiografía académica que se introducen en el imaginario social como verdades inmediatas. Si la escuela intenta enseñar a pensar la Historia como ciencia, el parque histórico enseña a sentirla como lo contrario.
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En un contexto de reconfiguración de identidades europeas y de rearme ideológico del cristianismo conservador, el fenómeno de los parques temáticos históricos no puede reducirse a un episodio de entretenimiento. El riesgo de esta forma de educación histórica es evidente: cuando el espectador se acostumbra a percibir el pasado con estos mecanismos de tematización waldisneizada, el acceso a la Historia real se hace difícil: la sensibilidad histórica que se vuelve emocional ya no quiere ser ni científica ni reflexiva.
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