José Ignacio Fernández Herrero: ‘Es fundamental ejercer los deberes de ciudadanía de los que mucha gente ha dimitido. No cambiaremos el mundo, pero empujaremos a favor’

Entrevistamos a José Ignacio Fernández Herrero, Secretario General de Comisiones Obreras de León desde 2004 a 2017 y presidente de la Fundación Jesús Pereda de CCOO de Castilla y León.

Por Sol Gómez Arteaga | 18/03/2025

José Ignacio Fernández Herrero nació en León. Filólogo de formación, profesor de enseñanza secundaria de profesión y sindicalista de largo recorrido. Ha sido Secretario General de Comisiones Obreras de León desde 2004 a 2017. A partir de 2017 preside la Fundación Jesús Pereda de CCOO de Castilla y León, desarrollando en la misma una intensa actividad relacionada con temas de carácter socio-laboral, actividades culturales, diálogo social y memoria histórica, cargo que está a punto de dejar para abrazar la merecida jubilación.

Fernández Herrero ha publicado dos libros de poesía, ‘Geografía’ y ‘Lógica borrosa’ (2006). En 2017 publica el libro de ensayo ‘Poscontemporáneos’. Formó parte del grupo animador de la revista ‘Fake’ y alguna vez fue alcalde pedáneo de Corbillos de la Sobarriba (León). Articulista desde 2011 en La Crónica de León y en La Nueva Crónica hasta la actualidad, reúne en el libro ‘A la siniestra’ (2023) muchos de los artículos publicados en dichos medios que constituyen un análisis de la vida social y política, local y global, compartida o íntima, siempre bajo el impulso del pensamiento como cimiento fundamental y de emoción literaria como armazón. Desde 1990 mantiene el blog ignaciofh.blogspot.com.

Política y cultura están siempre presentes e interrelacionados en tu trayectoria. ¿Acaso porque la escritura, la literatura, la poesía, nos salvan de un exceso de realidad, o como decías el 9 de febrero en tu columna ‘Marianne’ el arte es balsámico?

En el origen porque son dos militancias simultáneas, una especie de vocación doble. Posteriormente, a lo largo de los años, porque ambos campos siempre se cruzaron en mi vida y he tenido la suerte de transitarlos profesionalmente casi a la par. Por último, porque los años me han demostrado que la intersección entre la política y la cultura es muy fecunda y nos ofrece productos poco comunes en nuestro mundo actual, no tanto en décadas pasadas donde sí parecían ámbitos vecinos. Y que el arte es un bálsamo supongo que es algo que nadie duda.

Haciendo balance e introspección de tu trabajo en el sindicato después de más de veinte años formando parte de la dirección de distintas estructuras de CCOO, primero en la Secretaría General de León, más tarde en la Fundación Jesús Pereda, y a punto de abandonar ésta última, ¿qué valoración harías de tu trayectoria?

Autoevaluarse no es nada sencillo. Por lo general, se tiende a los extremos, o muy crítico con uno mismo o muy soberbio en la valoración. Diré dos cosas, no obstante, que creo que son compartidas por el conjunto de mis compañeros y compañeras en el sindicato, incluso fuera de él.

Mi desempeño de la Secretaría General en León supuso paz, con alguna excepción, y trabajo después de tiempos convulsos, casi siempre CCOO de León vivió en medio de temporales. Ello nos permitió ocupar un puesto más nuclear en la sociedad y confederalmente y conseguir respeto gracias a ese trabajo, al pensamiento que se convierte en acción sindical y a los resultados. Del mismo modo, la trayectoria en la Fundación sirvió como innovación y fortalecimiento respecto a lo que nos precedía; también extensión territorial y en contenidos. Si exceptuamos a la Consejería de Cultura con todos sus medios, creo que se puede afirmar que no existe hoy otra entidad en Castilla y León que ofrezca una programación tan notable y expandida. Con un presupuesto modesto.

Hace cosa de un siglo -hablo de los años de la República- alcaldes, concejales, sindicalistas, obreros, tras dejar el trabajo se reunían para hacer política e intentar mejorar las condiciones de vida de los vecinos. Tú, que fuiste alcalde pedáneo en algún momento, y llevas gran parte de tu vida dentro del sindicato ¿Qué opinión te merecen el sindicalismo y la política hoy día?

Me merecen respeto ambos espacios, algo que no se lleva mucho hoy en día. La vida no puede entenderse sin convertirla de alguna manera en un ejercicio político y el trabajo, que es nuestra segunda patria, no puede llevarse a cabo sin organización, es decir, sin sindicato.

Dicho esto, es verdad que no vivimos buenos tiempos o que estamos en tránsito como el conjunto de la sociedad. El desorden general, la ausencia de certezas y cierta frivolidad contaminan los terrenos políticos y sindicales; al menos, la visión que sobre ellos tienen los individuos. Y, en consecuencia, pueden no ser bien ejecutados ni bien valorados.

Al cabo, personalmente, no creo que existan otras fórmulas para el progreso social de las personas y para su convivencia.

De Antonio Machado es el proverbio: ‘Para dialogar preguntar primero, después escuchar’. En sindicalismo entiendo que es imprescindible el diálogo social. ¿Cuál es, según tú, el secreto del diálogo entre partes?

Curiosamente, valoro más la escucha que otra cosa. No solemos escuchar, por lo tanto es muy complicado entenderse, así en los espacios privados como en los públicos. En segundo lugar, sólo existe diálogo en verdad si hay voluntad de acuerdo en el punto de partida de la conversación. Si esa voluntad entre las partes está ausente, el diálogo es imposible. Cuestión diferente es que llegues al acuerdo final, a veces no sucede, es comprensible incluso, pero el camino debe ser recorrido con esas dos premisas: escucha y voluntad de acuerdo.

Asistimos a una perversión de eso tan importante que es el lenguaje, en el que muchas palabras, me viene a la cabeza la palabra libertad, pero hay muchas más, son denostadas, desvirtuadas para manipular a la sociedad. ¿Qué opinas de la banalización del lenguaje a la que estamos asistiendo? ¿Cómo crees que se puede combatir?

Yo aprendí que el lenguaje es un comportamiento: así nos expresamos, así somos. Por tanto, la banalización del lenguaje es la banalización misma de la existencia. Son planos que crecen o menguan en paralelo. Lamentablemente, esta edad es una edad superficial, frívola y banal en términos amplios. Como consecuencia lo es el lenguaje. Y a la inversa.

No conozco otra herramienta para combatir esta situación más que el pensamiento: pensar cansa, pero es imprescindible. Las derechas y los banalizadores lo saben muy bien y por eso dedican sus factorías de pensamiento, las universidades norteamericanas, por ejemplo, a producir etiquetas sociales para moldearnos, y lo consiguen. En suma, sólo pensando de otro modo hablaremos de otro modo. Y nos comportaremos así mismo de otro modo.

Cuando publicaste en el año 2017 el libro de ensayo ‘Poscontemporaneos’, que reúne artículos publicados durante cuatro años en la revista Tam Tam Press, planteabas la tesis ‘de que las crisis de todo tipo del presente siglo permiten aventurar que la historia ha entrado en una nueva edad aun sin nombre, a la vez que se examinan los detalles de lo que es un nuevo tiempo, y se describe como se está produciendo la transición entre unas épocas y otras, exhortando a pensar en ello con patrones diferentes a los que rigieron el período histórico precedente’. Desde entonces han pasado ocho años y muchas cosas no buenas que nos han hecho más ciegos. ¿Se puede aventurar algún nombre a esa nueva edad de la historia?

Yo hablaba de la edad poscontemporánea porque, en efecto, no se había acuñado ningún nombre más ajustado, más sonoro, menos obvio por otra parte. Todavía hoy, si tecleamos en Google ese término nos aparecerán 1.470.000 resultados. Somos muchos, pues, los que andamos aún a la búsqueda de una expresión más certera. Yo no me atrevo a decir un nombre, pero supongo que tendrá que ver con el desarrollo tecnológico en el nivel que sea.

El mundo hoy, con el aumento de los fascismos, parece mucho más peligroso y enloquecido. Oír pronunciar las palabras ‘tercera guerra mundial’ a un individuo que no se entiende que haya alcanzado el poder en EEUU, augura tiempos muy oscuros. Como observador y analista de la realidad socio-política compleja que vivimos ¿Hacia dónde crees que vamos? ¿Qué podemos hacer los ciudadanos de a pie, a nivel particular, a nivel asociativo, para frenar este estado de cosas?

¡Uf! Esas son las grandes preguntas del momento, pero no sólo por el contexto adverso, que es evidente. También porque la nueva edad está aún definiéndose. Esta segunda década del siglo será la decisiva sin duda alguna, y no pinta nada bien. De cómo salgamos de ella dependerá que desemboquemos en buenos o en malos tiempos. Sigue habiendo pensadores que son optimistas y publican libros admirables, yo quiero creer en ellos y por eso les sigo. Pero en lo inmediato soy pesimista.

Ahora bien, ser pesimista no es sinónimo de ser pasivo. Por eso milito donde milito, donde siempre he militado. Creo que es fundamental ejercer los deberes de ciudadanía de los que mucha gente ha dimitido y se ha refugiado en los privados e irreales palacios de invierno a sestear. Esto es absolutamente contraproducente. No cambiaremos el mundo, pero empujaremos a favor. Por ejemplo, hay que salir a las manifestaciones. Tal y como está el panorama, una manifestación es un signo de civilización.

‘Hoy es siempre todavía’, dice otra cita de Antonio Machado y tus inquietudes vitales – escritura en sus distintos géneros, música, viajes, activismo- son muchas. ¿Qué proyectos de futuro tienes a corto y más plazo?

Remansar la vida es un gran objetivo. Han sido años de dedicación plena al sindicalismo en las diferentes facetas, lo que ha supuesto también sacrificios en la esfera más íntima. Recuperar el pulso de lo cotidiano no sería mala empresa.

Ello permitirá también otro tipo de escrituras relegadas porque la prosa sindical no casa bien con las líricas ni con lo que no sea dramático. El sosiego ofrece otras posibilidades de expresión literaria que me retan, si soy capaz de transformar mi pensamiento. El sindicato nos formatea incluso nuestra forma de pensar.

No obstante, sé que no se va a dar un apartamiento absoluto de ese espacio. Colaboraré en él en la medida de mis posibilidades y conforme a lo que se me demande, si es el caso.

Y entregarme a otro tipo de lecturas.

¿Siempre a la siniestra y con orgullo de clase?

Eso por descontado. Nací, crecí y aprendí en un barrio al que algunos de sus habitantes, en tiempos clandestinos o casi, llamaron el “barrio Lenin”. Ésa sí que es una verdadera marca indeleble.

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