Izquierda domesticada

Hay que reivindicar la duda y la rebeldía por principio, ante los abusos del poder. Cualquier otra cosa, es colaborar con el enemigo.

Carlos Astiz

Me asombra ver, a autodenominados comunistas, defender la misma agenda política, los mismos planes que los máximos representantes del gran capital, poner el acento en el programa que financia y publicita la gran banca y el Fondo Monetario Internacional. Parece una patada ideológica que dirigentes “marxistas” exhiban el mismo pin que la presidenta del Banco Santander, con lo que quieren que sea nuestro futuro.

La izquierda ha presumido de tener una capacidad critica superior a la media de la población. Era un motivo de orgullo la duda razonable y la puesta en cuestión de las afirmaciones de gobiernos en particular y de poderosos en general.

Sin embargo, en los últimos tiempos eso parece ser un baldón en vez de una virtud. Se castiga no solo la disidencia sino la simple duda.
Con esta “…demia” decretada que sufrimos, ese castigo alcanza su paroxismo. Hay que aceptar, a pie juntillas, la versión oficial que nos dan, en cada momento, los grandes medios sin que puedas señalar las mentiras y contradicciones con las versiones que dieron antes. Las grandes tecnológicas extienden la censura y la represión hasta cada hogar, cada teléfono móvil, hasta las conversaciones intimas con tus seres cercanos, en una intromisión que debería escandalizarnos pero que empieza a ser rutina, en un clima represivo que nunca deberíamos haber tolerado. La duda ofende y el dudor está en peligro de escarnio si continúa dudando.

Muchos izquierdistas honestos están desconcertados. Buscan espacios libres y, de repente, se encuentran buceando en terrenos hasta ahora ajenos.

El problema es que los medios, teóricamente de izquierdas con los que puedes identificarte supuestamente, no aceptan otro punto de vista más que el del gran capital, las farmacéuticas y sus gobiernos. Cualquier disidencia, por pequeña que sea, no encuentra hueco ni posibilidad, en ellos.

La izquierda oficial se ha travestido hasta hacerse irreconocible. Ya no hay manifestaciones contra la globalización del gran capital. Se han olvidado los muertos de esas protestas, más allá del folclorismo de un cartel. El Foro de Davos celebra , sin obstáculos, su victoria y el Foro de Sao Paulo duerme entre banderas de colorines, cada vez más numerosas, representando a cada vez menos gente.

¿Se han convertido los grandes fondos de inversión, sus bancos, sus políticos y sus medios de comunicación a la causa del proletariado? Parece, más bien, que el gran capital ha domesticado a esa izquierda que ya solo ejerce su rebeldía contra los disidentes de los planes de ese capitalismo transnacional, comprado a sus dirigentes más listos (que ya viven como magnates) y califican de “fascistas” a todo el que disiente de la verdad obligatoria. En el cuento que pretenden que creamos, son más progresistas los banqueros que los albañiles. Algo rechina, no cuadra, en ese retrato artificioso.

La izquierda rebelde ponía el acento en unir esfuerzos entre todos los oprimidos, para acabar con un sistema que era la última razón de la opresión. Hoy, la izquierda sumisa busca y multiplica todos los elementos capaces de fragmentar el cuerpo social. Y eso solo beneficia al poder, cada vez más extenso, intensivo, represor y totalitario que quiere controlar hasta los aspectos más íntimos de nuestras vidas.

Hay que reivindicar la duda y la rebeldía por principio, ante los abusos del poder. Cualquier otra cosa, es colaborar con el enemigo.

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Carlos Astiz es periodista y escritor español. Entre sus últimos libros: “El Proyecto Soros y la alianza entre la izquierda y el gran capital” (2020)

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