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García Lino advierte que la historia debe llegar a las nuevas generaciones de manera rigurosa y humana para que no se diluya en tópicos.
Por Sol Gómez Arteaga | 9/09/2025
Irene García Lino (León, 1985) es historiadora, docente y divulgadora especializada en la memoria histórica de la Guerra Civil y el Franquismo en la montaña leonesa. También es recreadora histórica en la Asociación Frente del Nalón. Con una sólida formación académica, es licenciada en Historia por la Universidad de León y cuenta con un máster en historia contemporánea por la UNED. Actualmente, compagina el doctorado en Historia Contemporánea en la Universidad de León con su trabajo como profesora de Historia en el IES Pablo Díez de Boñar, donde lleva a cabo didácticas innovadoras, como la introducción en el aula de la recreación histórica. Entre sus iniciativas más destacadas están la exposición con la que conmemoró en 2025 el 40º aniversario de Luna de lobos, y su participación en conferencias y publicaciones sobre represión, guerrilla y memoria familiar como «La represión franquista en la montaña central leonesa. Fuentes orales y los consejos de guerra»; “Violencia en la retaguardia franquista: León en la guerra civil (1936-37)”; y “Recuperando la historia familiar tras 70 años de silencio: Noé Álvarez (1916-38): memoria de un miliciano republicano”, entre otros.
Memoria es, entre otras cosas, identidad, saber de dónde venimos para elegir el camino que queremos seguir. ¿Podrías hablarnos, Irene, de tu vinculación personal con la Memoria Histórica?
En primer lugar, me gustaría dar las gracias por esta entrevista. Y respecto a la pregunta, yo diría que, en mi caso personal, la vinculación con la Memoria Histórica surge y toma en fuerza de manera paralela con mi formación personal e histórica. Me explico un poco más: cuando empecé a estudiar/investigar con profundidad nuestra Historia más reciente fue inevitable empatizar con todas aquellas personas para las que la victoria franquista significó no sólo una derrota, sino un sufrimiento extremo que quedó soterrado en la memoria colectiva del país. Obviamente, durante la dictadura, se fomentó esta “amnesia”. A los primeros que no les interesaba que esa realidad cruel y represiva del régimen se conociera eran a las propias autoridades franquistas. Pero el hecho de que esa parte tan importante de la Historia siguiera silenciada tras décadas de democracia me parecía (y me sigue pareciendo) algo totalmente intolerable y me propuse aportar mi “granito de arena” a la recuperación de la Memoria histórica.
Fui voluntaria en la ARMH hace años y participé como voluntaria en varias exhumaciones de fosas comunes. El hecho de enfrentarte a un esqueleto con el cráneo destrozado por los disparos es algo brutal, que te remueve por dentro, y que te impulsa a seguir luchando por devolverles la voz. Digo la voz y no la dignidad como he leído muchas veces porque para mí, nunca la perdieron.
Y, es más, considero que todo el mundo debería ver en directo una exhumación y hablar con los familiares de las víctimas. Es una lección de Derechos Humanos con mayúsculas.
Otro ámbito desde el que trabajo la Memoria Histórica es desde mi trabajo como profesora. Intento que, junto con el resto de los contenidos curriculares, la memoria sea un eje vertebral de la materia durante todo el curso. Por poner un ejemplo, el curso pasado, trabajé en Historia de España de 2º bachillerato el libro de la periodista Mónica G. Álvarez “Noche y niebla de los campos nazis.” Es una obra brutal. Cada capítulo es la biografía de una mujer española superviviente de los campos de concentración nazis. (así trabajo también la perspectiva de género, algo que también considero esencial). Los alumnos hicieron una exposición sobre ellas que compartimos con el resto del centro. Fue sacar a la luz historias muy duras, que les afectaron profundamente. Recuerdo a Nerea, una de las chicas que, al exponer su parte, tuvo que parar porque sólo podía llorar. Hay quien me dice que no es necesario “traumatizar” al alumnado con estos temas, pero yo considero que es fundamental que sepan que esa realidad tan horrible existió de verdad.
También intento que se desplacen al centro especialistas en algunos ámbitos concretos a los que tengo la gran suerte de conocer, para que les den una perspectiva lo más concreta posible de algunos hechos históricos y su memoria. Una memoria que, muchas veces, no aparece en los libros. Por ejemplo: siendo profesora en Fabero invité a Santiago Macías, uno de los grandes expertos en la guerrilla antifranquista, a que les diera una charla a los alumnos de 4ºESO y bachillerato. Este curso tenía prevista una videoconferencia con el periodista Carlos Hernández de Miguel, autor de “Los últimos españoles de Mauthausen” y “Los campos de concentración del franquismo”, pero, por cuestiones de fuerza mayor no pudo realizarse. A ver si este curso que comienza podemos retomar la idea.
Además, cuando las circunstancias del centro lo han permitido, he viajado con el alumnado a Polonia y a Austria para visitar Auschwitz y Mauthausen. Otra lección de Historia y Memoria directa a la conciencia, como ver una exhumación que te decía antes.
Y, por último, fuera del ámbito de la docencia, también utilizo mis redes sociales como altavoz para la Historia y la Memoria. A través de pequeños textos (a veces relatos basados en hechos reales, otras más historiográficas) intento rescatar del silencio del tiempo y del olvido la cara más trágica de la Historia reciente española.
¿Qué influyó en tu elección para estudiar y convertirte en profesora de Historia, materia que impartes en el IES Pablo Díez de Boñar?
Hay un youtuber gastronómico, Pablo Cabezali, que visita restaurantes por todo el país y que comienza sus vídeos con la frase: ”Hola, soy Pablo Cabezali y lo único estable que hay en mi vida es el hambre”. A mí me gusta parafrasearlo y decir que lo único estable en mi vida es la Historia porque desde que tengo uso de razón siempre estuvo presente.
La “culpable” fue mi madre. Ella ha sido siempre una gran lectora y crecí rodeada de libros, muchos eran de Historia, porque a ella le gusta mucho. Fue así como me enamoré del pasado. La primera civilización que descubrí fue el Antiguo Egipto. De hecho, de pequeña, con 7-8 años, quería estudiar Historia para ser egiptóloga.
Mucha gente me pregunta cómo pasé de la Egiptología a la Guerra Civil y el Franquismo. Y la respuesta es que al crecer fue cambiando mi perspectiva por varios motivos. El primero es haber tenido el privilegio de haber nacido y crecido en la montaña leonesa. Mis raíces se hunden en lo que fue zona de frente y salir al monte y acabar paseando por antiguas trincheras era algo muy habitual. Además, comencé a prestar atención a las historias que contaban mis bisabuelos sobre la guerra y la posguerra. Eso me generó la necesidad de querer saber más de aquellos tiempos tan oscuros. Vivir aquí rodeada de memoria fue el caldo de cultivo para lo que vino después. Un punto de inflexión importante fue la primera vez que leí la novela Luna de Lobos del gran Julio Llamazares. Para quien no la conozca es un retrato magnífico y brutal de un grupo de huidos que intentan sobrevivir en la montaña leonesa tras la caída del frente norte en 1937. Aunque es una novela, tiene muchos aspectos reales, basados en las historias que el propio Llamazares también escuchaba cuando era niño. Siempre digo que leer Luna de Lobos para mi fue leer un libro de héroes, aunque el final sea demoledor y, de esto, también tiene “la culpa” mi madre, que fue la que puso el libro por primera vez en mis manos: “Tienes que leer este libro, seguro que te va a gustar”. Calculo que yo tendría unos doce años.
Y ya el espaldarazo definitivo fue durante la carrera. Yo estudié en León y, los profesores del departamento de Historia Contemporánea ayudaron a que este período me enganchara cada vez más. Actualmente sigo vinculada a ellos con mi tesis doctoral, que espero defender en algún momento.
Tengo que reconocer que cuando me licencié mi primera opción no fue la docencia. Me gustaba más la investigación, pero, dada la precariedad de la carrera investigadora me animé a preparar las oposiciones de secundaria. Y no me arrepiento porque me encanta mi trabajo. He entendido que tan importante es el conocimiento como su transmisión. Y es lo que intento todos los días dentro del aula. También hay veces que me dicen que por qué no intento pasar al ámbito universitario y dar clase ahí. Es algo que no me planteo, porque, considero (sin desmerecer a mis colegas universitarios, ni mucho menos) que la gran batalla de la Historia y la Memoria se vive en las aulas de secundaria: nosotros, los profesores no universitarios tenemos el crucial papel de formar a las nuevas generaciones. La concepción que tengan del pasado depende de nosotros. Un alumno de Grado o de Máster en Historia ya tiene la predisposición y el gusto por la Historia. La estudia de manera voluntaria. En secundaria, tenemos que lograr transmitir la importancia de estos temas no sólo a los futuros historiadores, sino también a los médicos, ingenieros e ingenieras, jueces, comerciantes, etc. Por eso no me planteo cambiar.
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Además de profesora, dedicas buena parte de tu tiempo a la recreación histórica. ¿Qué es y qué objetivos persigue? Imagino que detrás de ésta hay un enorme trabajo de documentación y de elección de materiales de todo tipo. ¿Podrías compartir con los lectores el trabajo que conlleva la recreación histórica?
Voy a hacer mías las palabras de Jaime Fernández, presidente de la Asociación de recreación histórica Frente del Nalón, asociación a la que pertenezco: “Ni somos un espectáculo, es decir un evento con un fin lúdico o de entretenimiento, ni una asociación de memoria, que por lo general toman partido abierto por uno de los dos bandos y tienen como fin ensalzar a sus combatientes. Somos un evento de divulgación histórica, lo que quiere decir que buscamos transmitir un conocimiento científico que de otra manera quedaría confinado al mundo de la academia al mayor público posible”
Para mi esa es la esencia de la recreación histórica. Al menos de lo que debería ser una recreación histórica con mayúsculas. El objetivo que se persigue es sacar la Historia de los libros y del mundo exclusivamente académico. Es proporcionar a la gente una lección de historia en vivo, conseguir que el público que venga a ver el evento salga con una visión del pasado lo más exacta y fidedigna posible.
Una recreación histórica no es una fiesta de disfraces, ni una fiesta histórica, ni un carnaval. Queremos que sea algo científico. Todo está cuidado hasta el más mínimo detalle. Desde la ropa, los objetos, la estética o la actitud. Eso es muy importante. De nada sirve llevar puesto un vestido original de los años 30 si la actitud o manera de hablar/moverse sigue siendo la del siglo XXI. Leer mucho, buscar documentación y fotografías del momento a recrear, indagar, comprobar. Es un proceso muy interesante, pero complicado y que ocupa mucho tiempo. La gente no es consciente del tiempo y los recursos que los recreadores invertimos durante meses para sacar adelante una recreación histórica que dura un par de días.
Sí que es verdad que, como en todo en esta vida, hay recreadores y recreadores. No todos los grupos tienen el mismo concepto de rigurosidad y, sinceramente, a veces da mucha rabia ver imágenes o vídeos de supuestas recreaciones históricas en las que “todo vale” y que no se tiene en cuenta la realidad histórica, y que sólo sirve para que los participantes se hagan fotos “guais” vestidos de soldados. En mi opinión, ese tipo de eventos se hacen más por satisfacción personal que por la divulgación histórica. Y da rabia porque menosprecia el trabajo que hacemos otros y, sobre todo, por la visión distorsionada de la Historia que se va a llevar el público. Eso es lo que más me duele.
Has participado en muchas recreaciones históricas. Recientemente, julio de 2025, en la exposición que se hizo en torno a la II Feria del Libro de La Vecilla del Curueño, recreas la novela “Luna de Lobos” del escritor Julio Llamazares a los 40 años de su publicación y lo haces a través de un combatiente leal, una mujer, un falangista y un guerrillero. ¿Por qué la elección de estos cuatro personajes?
Como dije antes, para mi Luna de lobos marcó un antes y un después en mi “evolución” histórica. Por eso fue un auténtico honor que Ana, la concejal de cultura del Ayuntamiento de La Vecilla, contara conmigo para montar la exposición. Y hacerlo de la mano de Julio fue un sueño cumplido.
Ana contactó conmigo porque, a través de su hija que fue mi alumna, sabía que yo era recreadora histórica y que, además, trabajaba mucho con el periodo histórico en el que se desarrolla la novela.
Elegí esos cuatro personajes porque creo que condensan a la perfección el marco histórico del libro que, como dije antes, tiene como eje vertebrador las vivencias de un grupo de huidos en la montaña de León tras la derrota republicana.
Estos huidos fueron el germen de la futura guerrilla antifranquista que tuvo especial relevancia en áreas como El Bierzo o Galicia.
Pero, para comprender este fenómeno es imprescindible conectar con la guerra civil, porque en ella está el origen de los huidos ya que en su mayoría (y en el caso de los personajes de Luna de Lobos es así) eran combatientes leales al gobierno que habían estado luchando en León y Asturias hasta que en septiembre de 1937 ese frente se desmorona y toda la zona norte termina controlada por las tropas sublevadas. Una vez derrotados, van a intentar volver a sus pueblos, pero se van a encontrar con la feroz maquinaria de represión franquista.
No les va a quedar más opción que esconderse en el monte, en zonas con una orografía complicada pero que ellos conocían a la perfección. Allí comenzarán una lucha desesperada por la supervivencia en la que el frío, el miedo y el hambre fueron una constante.
Por eso el primer personaje de la exposición es un combatiente leal. Para señalar el origen de todo. Lo vestí con un mono azul, calcetines de lana y botas, con una bolsa de costado, un gorrillo cuartelero y un correaje carniago. La mezcla de elementos civiles y militares no es casualidad, sino que refleja además el problema de abastecimiento de impedimentas militares que se vivió en este frente.
Esta figura tiene un pequeño guiño: el pañuelo con los colores anarquistas (rojo y negro) que le coloqué al cuello. Aunque el gobierno de la República intentó desde los primeros meses de la guerra unificar sus fuerzas militares y eliminar las referencias a partidos políticos o sindicatos, yo dejé el pañuelo como homenaje al anarquista leonés Laurentino Tejerina “Peñaubiña”, que era el responsable del batallón que operó en esa zona.
El segundo personaje es la mujer. Una mujer enlace, figura clave y muchas veces invisible en la historia de la resistencia al franquismo. Le coloqué una cesta, en la que podía camuflar víveres, mensajes, medicinas o prensa clandestina.
Y es que “los del monte”, para sobrevivir, dependían de una red civil de apoyo formada por familiares, amigos o vecinos solidarios. Estas personas asumían enormes riesgos: ser descubiertos implicaba detención, tortura, prisión o incluso la muerte.
Las mujeres jugaron un papel esencial en estas redes. Su rol fue tan decisivo como silenciado. Los propios supervivientes de la guerrilla lo decían: sin ellas no hubieran sobrevivido tanto tiempo el monte.
El siguiente personaje era el guerrillero (aunque en esta zona no se desarrolló una guerrilla organizada como tal) como prototipo de esos hombres que se echaron al monte y que son los protagonistas de la novela. Al igual que el combatiente leal, en él se mezclan elementos civiles como la chaqueta o el pantalón con otros militares como el correaje. Con todos los recursos de los que podían disponer intentaron sobrevivir en unas condiciones extremas.
El contrapunto de las figuras anteriores es el falangista, símbolo de la organización fascista que tuvo un papel central en la represión durante y después de la Guerra Civil. Aunque la Falange era un partido minoritario antes del golpe de Estado, tras el triunfo militar de los sublevados se convirtió en columna vertebral del nuevo régimen. Los falangistas participaron en patrullas de requisas, detenciones, saqueos, ejecuciones extrajudiciales y labores de delación, especialmente en las zonas rurales. En comarcas de la montaña leonesa, su conocimiento del terreno y de la población fue aprovechado para identificar y perseguir a quienes habían apoyado a la República o mantenían vínculos con los huidos.
CANDAMO, en la localidad de San Román de Candamo, Asturias, celebra su XIII Jornada de recreación histórica el 12 y 13 de septiembre, que este año dedica a la caída de Llanes, lo que supone el final del frente Norte. Háblanos de ese museo viviente que es CANDAMO. También de tu participación en el acto.
Las Jornadas de Candamo 36/37 son sin duda el “buque insignia” de la recreación de la guerra civil en España. Son organizadas por la Asociación Frente del Nalón, de la que, como dije antes, tengo la gran suerte de pertenecer desde el año 2019. Gran parte de los socios somos historiadores o antropólogos.
Cada edición recreamos un hecho concreto. Por ejemplo, el año pasado, aprovechando que se celebraba el 90º aniversario de la Revolución de octubre de 1934 dedicamos las jornadas a eso. Y este año, como bien dices, vamos a “viajar” al mes de septiembre de 1937 en la ciudad de Llanes para ver su caída con la entrada de las tropas sublevadas y lo que esto supuso para la población civil.
Vamos a transformar San Román de Candamo en un gran museo vivo en el que público, a través de visitas guiadas, va a ir viendo escenas en las no sólo descubrirá, sino vivirá y empatizará, con lo que vivieron los habitantes de Llanes en el 37. Obviamente habrá muchos elementos militares, pero también civiles. En Frente del Nalón damos mucha importancia a la vida y al sufrimiento de la población civil. La gente va a poder, por ejemplo, mujeres lavando la ropa de los soldados en el lavadero del pueblo. Muchas lo hacían para sacarse unas pesetas en aquellos momentos tan duros y, sin duda, el público va a ver reflejadas a sus abuelas en ellas. En una guerra no todo son armas y disparos.
Desde un punto de vista político y militar recreamos todas las fuerzas que participaran en los hechos reales que recreamos. Es decir, habrá compañeros representado a soldados del EPR, pero también carlistas o falangistas. Igual que las mujeres: algunas se meterán en el papel de representantes del SRI y otras vestirán el uniforme y las insignias del Auxilio Social.
Y no es cuestión de apología sino, como dije antes, de divulgación histórica. A veces te gustará más el personaje que te asignen recrear y otras menos. Pero hay que hacerlo, porque hay que contar la realidad de lo que pasó, aunque a veces cueste porque sea duro.
Ya hablé antes del trabajo que conlleva una recreación. Candamo 36/37 es el mayor ejemplo: al terminar una edición hacemos una Asamblea para analizar cómo ha salido el evento y empezar a organizar la siguiente. El nivel de compromiso, de trabajo y de organización es brutal, pero sin duda merece la pena. Los socios que participamos en cada edición nos repartimos las tareas que hacer en los meses previos. Cada uno aporta lo que más sabe o mejor se le da hacer. Porque no sólo es investigar y buscar, muchas veces también es reproducir algún objeto o elemento que es imposible conseguir el original.
Por ejemplo, Celia, una compañera de León, es la que nos cose algunas de las banderas que utilizamos durante la recreación. Otros compañeros rellenan sacos terreros para levantar fortificaciones, etc. No me cansaré de decir que hay mucho, mucho trabajo detrás de Candamo. Y me gustaría destacar la labor organizativa de David, el compañero que en los últimos años ha llevado el peso más importante de coordinación del grupo.
En mi caso, este año soy, junto con mi compañera Luci, la responsable del puesto de Auxilio Social sobre el que llevamos trabajando casi un año y a través del que pretendemos mostrar más sobre esta organización asistencial fundada en octubre de 1936 Mercedes Sanz-Bachiller y con una clara inspiración del Winterhilfswerk (Servicio de Ayuda de Invierno) del Tercer Reich, para proporcionar ayuda a los más necesitados y que también funcionó como herramienta de control social y adoctrinamiento político.
Este es mi papel este año, pero otros he colaborado en la divulgación de la presencia de mujeres milicianas a través del papel de la Sargento Maruja o de las Milicias de Cultura representando a una de sus maestras.
En la comunicación que presentaste al I Congreso de Historia y Memoria celebrado en ASPE (Alicante), marzo de 2019, cuentas que tu bisabuela Marina Suárez Álvarez, tras 70 años, rompe el silencio una noche de verano de 2007 para hablarte de su primo -para ella un hermano- Noé Álvarez, de 21 años, miliciano, hecho preso el 26 de octubre de 1937 en Pola de Lena y fusilado el 10 de mayo de 1938. Ella dice: “Los presos iban por el medio de la calle, esposados de tres en tres y con una manta gris doblada al hombro, nosotras (Pilar, hermana de Noé, y tu bisabuela) íbamos caminando a su lado por la acera. Entraron por las caballerizas (del campo de concentración de San Marcos). Fue la última vez que le vimos”. ¿Qué supuso para ti conocer esta historia familiar?
Uff…Conocer la historia de Noé fue muy impactante a nivel personal porque, por desgracia, a nivel historiográfico su historia no se diferencia mucho de las de miles de soldados y milicianos para los que la victoria franquista no sólo significó derrota: fue represión brutal. Todos siguieron el mismo patrón: lucharon, cae el frente, fueron detenidos, encarcelados, juzgados y condenados. En el mejor de los casos a muchos años de cárcel. En el peor, como en el caso de Noé, fueron ejecutados.
Esta represión es mucho más dramática cuando se conoce la realidad de la “justicia al revés” franquista: la gente que luchó por la República fue acusada (y condenada) por un delito de “adhesión a la rebelión”, cuando habían sido los sublevados los que habían intentado dar un golpe de estado contra la autoridad vigente. En otras palabras: los propios rebeldes castigaban por rebeldía a los que habían sido leales.
Pero a nivel personal me marcó porque comprendí el significado del miedo. Una cosa es leer historias de otras personas y otra muy distinta es que alguien muy importante para ti (en este caso mi bisabuela Marina) te cuente en primera persona algo que calló por miedo muchos años. Sus hijos y nietos no sabían que había existido Noé. Y si mi bisabuela no me lo hubiera contado la memoria de aquel miliciano se habría perdido para siempre. Doblemente fallecido. Muerto y olvidado.
También comprendí que la memoria duele. Ella y mi bisabuelo contaban muchas veces otras historias de esa época. No les importaba. Pero se habían callado la más importante. Cuando ella me contó la historia de su primo aún le dolía. Nunca le había olvidado.
Aquella noche le prometí dos cosas. La primera, que buscaría toda la información que se conservara en los archivos sobre su primo y que reconstruiría su vida y su trayectoria durante la guerra, que escribiría sobre él y que su nombre no volvería a ser olvidado. Noé fue enterrado en la fosa común del cementerio de León. Su nombre aparece en el monumento de las víctimas de la guerra civil y el franquismo que AERLE inauguró en 2013. Intento que su placa siempre tenga flores. Y la segunda: que, si algún día tenía un hijo, le llamaría Noé como su primo. Una de las mayores penas que tengo es que ella murió unos años de que mi hijo naciera. Tiene casi doce años y sabe la historia que hay detrás de su nombre. Memoria contra el olvido.
Pese al silencio impuesto de siete décadas, ¿crees que la memoria al final emerge con luz propia para hacerse un lugar en la historia?
Sí, sin duda. Al menos en este caso. La memoria de Noé Álvarez no sólo vive en mi hijo. Todos en la familia hablamos de él. Sabemos su historia. Y la transmitiremos a las siguientes generaciones.
Pero entiendo que en otros casos el miedo haya podido con la memoria. Hace unos días justo lo hablaba con Julio: “¡Cuántas personas nunca hablaron de lo que sufrieron! ¡Cuántas historias se han perdido en la noche de los tiempos!”. Como historiadora me da rabia que esa información se pierda, pero como persona comprendo perfectamente que hubo gente que sufrió cosas tan tremendas que no quisieran recordar.
Como profesora de Historia de enseñanza secundaria, ¿nos podrías hablar de los contenidos que se imparten en este nivel sobre la II República, Guerra Civil, franquismo y transición? ¿Crees que son suficientes para entender la historia más reciente de nuestro país?
En general los temarios de las materias están muy sobrecargados y, en mi opinión, muy mal estructurados. Eso hace que, a pesar de que los contenidos aparezcan marcados por ley en algunos cursos (en concreto, los contenidos de Historia de España del siglo XX se trabajan en 4ºESO y 2ºbachillerato) el tiempo sea tan limitado que no se profundice lo suficiente.
Además, el profesorado muchas veces no está preparado. Me explico: en mi caso soy especialista en este período, pero la mayor parte de los compañeros no lo son. Pueden ser geógrafos, historiadores del arte o historiadores vinculados a otros periodos históricos. Y eso hace que el mensaje que les llega a los alumnos sea muy superficial.
En mi opinión, y más con el contexto de auge de los neofascismos y de la extrema derecha que estamos viviendo, es imprescindible que se dote a todos profesores, sobre todo a los de las materias más sensibles a estos temas (Historia, Literatura, Filosofía), de una formación específica en Valores y Memoria democrática. Con dos objetivos: para que desde estas materias se trabaje con los contenidos y la profundidad suficiente y para que desde todas las materias se puedan atajar ciertas actitudes de parte del alumnado que estamos viendo que cada vez son más usuales como la apología del franquismo. Es decir, si un alumno hace una exaltación del franquismo en el aula, no tiene porque ser el docente de Historia el que amoneste eso porque, más allá de los contenidos curriculares de cualquier materia, el respeto y la defensa de la memoria y de los valores democráticos es algo que implica a toda la comunidad.
¿Crees que, en la asignatura de Historia, en torno a la Guerra Civil, se da una tergiversación y perversión del lenguaje que hace necesario, una y otra vez, explicar lo obvio? En caso afirmativo, ¿cómo se puede combatir?
Sí, creo que existe esa tergiversación del lenguaje. La Guerra Civil y la dictadura siguen siendo, en gran medida, un terreno de disputa política y social. Eso hace que a menudo se repitan eufemismos, medias verdades o directamente falsedades que obligan al profesorado a volver sobre lo evidente: que fue un golpe de Estado contra un régimen democrático, que hubo represión sistemática y que no se trató de “dos bandos iguales”, sino de un conflicto con causas y consecuencias muy claras.
¿Cómo combatirlo? Con rigor, con fuentes, con la historia bien contada. El aula no es un espacio para imponer una visión ideológica, pero sí para enseñar a analizar documentos, a contrastar testimonios y a comprender que las palabras importan. Si un alumno escucha fuera de clase hablar de “alzamiento” o de “cruzada”, debe ser capaz de identificar qué implica ese lenguaje y por qué oculta una realidad de violencia, represión y ruptura democrática.
En ese sentido, creo que la clave está en trabajar desde lo concreto y lo cercano: testimonios de la gente de los pueblos, archivos locales, cartas, fotografías, memorias familiares. Cuando el alumnado ve cómo la historia afectó a personas con nombres y apellidos de su propio entorno, el debate deja de ser abstracto. Ahí desaparece gran parte de la manipulación, porque lo que cuentan esas fuentes no necesita adjetivos: habla por sí mismo. Y, siguiendo en lo apuntado en la pregunta anterior: formación específica del profesorado en estos temas. Es imprescindible.
Y también es imprescindible que la historia real, asentada en fuentes documentales, llegue a las generaciones jóvenes para que no se pierda. ¿Cómo crees que podemos mantener viva la memoria y seguir “rescatando silencios” (como llamas tu página de Instagram) en estos tiempos confusos y de retorno del fascismo en los que vivimos?
Si la historia no llega a las nuevas generaciones de manera rigurosa y humana, corremos el riesgo de que se diluya en tópicos, en discursos interesados o directamente en el olvido. Y sabemos que el olvido nunca es inocente.
Mantener viva la memoria exige varias cosas: primero, seguir investigando y poniendo en valor las fuentes documentales, orales y gráficas que tenemos. En segundo lugar, traducir esa investigación a un lenguaje accesible para los jóvenes: que vean que detrás de cada dato hay personas con nombres, vidas y emociones. Ahí surge mi proyecto “Rescatando silencios”, que nace precisamente de la necesidad de dar voz a quienes no pudieron hablar durante décadas.
En este contexto de confusión y de retorno de discursos autoritarios, creo que la mejor forma de resistir es a través de la educación crítica y de la cultura. No basta con recordar; hay que contextualizar, explicar y dar herramientas para que los chicos y chicas comprendan qué está en juego cuando se relativiza o banaliza el fascismo. La memoria no es solo un deber con el pasado, es también una responsabilidad con el presente y el futuro. Como escribí en mi última publicación en Instagram: la memoria nunca es pasado, es presente en vigilia.
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