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Estamos viendo cómo hombres se presentan con nombres de mujer a certámenes literarios, artísticos o científicos pensados para compensar siglos de exclusión femenina.
Por Isabel Durán Báez | 19/10/2025
Otra vez.
Hombres ganando premios que estaban pensados para mujeres.
Hombres que se esconden tras seudónimos femeninos para recibir aplausos, becas o reconocimiento. Hombres que, con toda la cara, dicen que lo hacen “para demostrar que el feminismo discrimina”.
No, lo que demuestran es que el patriarcado siempre encuentra una nueva forma de colarse por la rendija.
El robo ya no es solo material: ahora también es simbólico
Durante siglos, las mujeres tuvimos que publicar con nombres masculinos porque se nos prohibía escribir, pensar, crear. Hoy, los hombres se visten de nosotras —literal o literariamente— para recoger los frutos de una lucha que jamás pelearon.
Antes se apropiaban de nuestro trabajo. Ahora se apropian de nuestra identidad.
Y lo peor es que lo hacen con la sonrisa cómplice de quienes aplauden el “juego” como si fuera una performance o una crítica inteligente.
No lo es.
Es un insulto.
Es una burla.
Y es la prueba de que el patriarcado, lejos de morir, se ha puesto eyeliner y se ha aprendido el discurso feminista de memoria.
Del ‘yo también soy mujer’ al ‘yo también quiero tu premio’
Estamos viendo cómo hombres se presentan con nombres de mujer a certámenes literarios, artísticos o científicos pensados para compensar siglos de exclusión femenina. Ganar no les basta: además se vanaglorian del engaño, declarándose “críticos con el feminismo” o “provocadores culturales”.
Lo llaman ironía.
Yo lo llamo usurpación.
El mensaje implícito es el de siempre: “también puedo ser tú, hacerlo mejor y encima reírme de ti”.
Nada ha cambiado, salvo el disfraz.
El machismo del siglo XXI no lleva corbata: lleva falda prestada y discurso progresista.
La complicidad del buenismo
Lo más repugnante de todo no es el engaño en sí, sino la tibieza con la que se recibe. Hay periodistas que lo justifican como “una crítica al sistema”, jurados que se encogen de hombros, instituciones que no quieren “caer en el debate identitario”.
El buenismo mata.
Esa cobardía intelectual es la misma que permite que hoy cualquier hombre que diga ser mujer ocupe becas, premios, plazas deportivas o espacios reservados para mujeres reales.
Nos piden empatía, comprensión, amplitud de miras.
Pero a las mujeres nos sobran los experimentos sociales: llevamos siglos pagando las facturas del progreso de otros.
No es creatividad, es violencia simbólica
Cuando un hombre gana un premio con nombre de mujer, no solo roba un reconocimiento: borra una realidad.
Borra las trayectorias de las autoras que sí han tenido que pelear doble.
Borra la memoria histórica de todas las que fueron silenciadas. Y borra el sentido mismo de las políticas de igualdad.
No hay nada “subversivo” en disfrazarse de oprimido desde la comodidad del privilegio.
Eso no es arte, ni sátira: es patriarcado actualizado, maquillado y con discurso inclusivo.
Lo que queremos las feministas abolicionistas
Queremos que se acabe el teatro.
Que los hombres dejen de hablar en nuestro nombre, de escribir con nuestros nombres y de ocupar los espacios que conquistamos con siglos de resistencia. Queremos que las instituciones culturales tengan el valor de decirlo claro: los premios para mujeres son para mujeres. Punto.
Queremos que se entienda que esta suplantación no es un juego ni una anécdota, sino una forma más de colonización patriarcal.
Y queremos que el feminismo deje de pedir perdón por defender lo obvio.
Basta de máscaras
Ya no les basta con escribir nuestras historias, ahora quieren ser las protagonistas. Pero no lo son.
Ni lo serán.
Porque las mujeres reales, las que escribimos, pensamos, creamos y resistimos, no necesitamos disfrazarnos para existir.
Y porque, por mucho que se maquillen con nuestros nombres, seguiremos señalándolos como lo que son: hombres premiados por fingir ser mujeres.
El patriarcado no se ha ido. Solo se ha cambiado de nombre.
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