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Con el fin de las obras en el número 34 de Ferran, urge restituir la placa en recuerdo del joven fallecido por los disparos de un policía.
Por Jordi Panyella | 29/07/2025
Hay lugares de Barcelona que llevan grabado en el aire el anhelo de la rebelión, la electricidad de la revuelta, la pesadez de la muerte, fruto de la represión más dura. No ha de ser por casualidad que Gustau Muñoz cae, abatido por los tiros de un policia, a pocos metros del lugar que vió nacer a Salvador Puig Antich. Aquel 11 de septiembre de 1978 la lucha de la calle de la que formaba parte Gustau se va a esparcir por el centro de la ciudad, hasta encenderse detrás de la plaça de Sant Jaume, en Sant Miquel y también en el carrer del Pas de l’Ensenyança, justamente en el lugar donde estaba el domicilio de la familia Puig. Va a ser en esas calles tantas veces recorridas por Salvador donde la policía va a decidir que la protesta se había de acabar, y lo hizo a tiros, con carreras calle Ferran abajo, hasta que una bala puso fin a la vida de Muñoz, un joven de 16 años.
Una bala, y una autoría criminal, que ha quedado impune gracias al discurso que dice que la Transición política fue modélica, que no hace falta remover.
Pero una placa se rebela, una placa de mármol lucha contra la imposición del silencio y del olvido. Porque los muertos se entierran pero el dolor se queda, y una manera de ahuyentarlo es compartirlo, esparcirlo a los cuatro vientos. Y ésta es la misión de la placa de mármol que desde hace años colgaba de una reja de la fachada del edificio del número 34 de la calle Ferran, donde se podía leer: “Gustau A. Muñoz, militant de la Unió de Joves Marxistes-Leninistes, assassinat per les forces d’ocupació l’11 de setembre de 1978.” Decía esto hasta que las obras de rehabilitación del edificio, puestas en marcha por la inmobiliaria Núñez y Navarro, con la instalación de un andamio de grandes dimensiones hicieron retirar la placa. Después de mucho tiempo, las obras que obligaban a poner el andamio ya se han terminado, el espacio vuelve a estar libre, pero la placa aún no ha sido restituida en su sitio.
La última noticia que el hermano de Gustau, Marc, tuvo de la placa de mármol es la información escasa que un responsable de la constructora les dio a pie de obra un día que fueron a pedir explicaciones. El hombre les dijo que le había retirado él; por tanto, es a la constructora a la que le corresponde tomar la iniciativa y, una vez liberado el espacio del andamio que impedía la visión sobre el mármol, volver a ponerla.
Debe hacerlo la constructora, sí, pero de hecho a quien corresponde dignificar el lugar y honrar la memoria de Gustau Muñoz no está en una empresa privada sino en el Ayuntamiento de la ciudad. Y la obligación le viene derivada de la aprobación de una resolución en el pleno, en el 2018, en la que se instaba a la institución municipal a llevar a la ponencia del nomenclátor una propuesta para poner una placa en recuerdo de la víctima en el edificio del número 34 de la calle Ferran. No sólo existe este argumento jurídico, ya que el Parlamento de Cataluña se pronunció a favor de dignificar la memoria de Gustau en una resolución de 2022, y la Ley estatal de Memoria Democrática aprobada por el Estado obliga al Ayuntamiento a preservar, dignificar y hacer que se recuerden estos espacios de memoria.
Todo esto constituye el argumentario jurídico que expone Marc Muñoz cuando se le pregunta qué sabe del paradero de la placa que recuerda a su hermano y de la posibilidad de restituirla. Este 11 de septiembre hará 47 años del crimen cometido por el policía y no deberían pasar 48, ni 49 ni otro sin que el Ayuntamiento tuviera un comportamiento digno con Gustau. 16 años, nada más, muerto por un disparo de un policía.
Este artículo fue publicado originalmente en El Punt Avui.
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