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La propia naturaleza del capitalismo —acumular riqueza en pocas manos y ampliar la desigualdad— ha conducido a este callejón.
Por David Hurtado | 28/08/2026
Las familias trabajadoras españolas están incrementando de forma alarmante su deuda con bancos y entidades de crédito. No lo hacen para “mejorar su estilo de vida”. Lo hacen porque el salario no alcanza, la inflación recorta el poder de compra y la vivienda se ha convertido en un lujo. El crédito al consumo —el más caro, el más rápido, el que cubre el agujero del mes— crece con fuerza. En junio de 2026 el saldo vivo de esos préstamos subió 2.270 millones de euros, hasta 45.131 millones: uno de los mayores saltos mensuales de la serie, a las puertas del verano. Quien vive de su trabajo no renuncia a unas vacaciones o a llegar a fin de mes; tira de deuda.
Ese indicador no es anecdótico. Muestra cómo la clase trabajadora afronta su futuro inmediato: salarios que apenas recuperan el golpe de 2021-2023 y que a largo plazo llevan décadas casi estancados en términos reales; precios que vuelven a empujar —el IPC de julio se situó en el 3,6 %, con la energía otra vez de protagonista—; y un mercado de la vivienda que expulsa. El esfuerzo para alquilar ronda el 39-40 % de los ingresos medios en muchos territorios. Comprar exige hipotecas cada vez más cuantiosas —en torno a 176.000-178.000 euros de media— porque el metro cuadrado se revaloriza como activo, no como techo. Quien no hereda o no posee entrega una parte creciente de su renta al propietario o al banco.
Es un cóctel que empuja a muchas familias al abismo. No necesariamente al colapso bancario de 2008 —la mora agregada está baja y la deuda de los hogares sobre el PIB está en mínimos desde 1999—, sino a otra forma de abismo: vivir a plazos, sin colchón, con la reproducción cotidiana mediada por el acreedor. La Encuesta Financiera de las Familias deja el mapa de clase a la vista. El hogar endeudado mediano destinaba a finales de 2024 un 13,4 % de su renta bruta a deudas. En el quintil de menor renta, el 21,3 %. Uno de cada cuatro hogares endeudados de ese tramo superaba el 40 % de esfuerzo. Ahí no hay “solidez histórica”. Hay polarización.
El discurso oficial celebra ratios. Deuda de hogares en el 42,5 % del PIB. Riqueza financiera neta en máximos. Ahorro todavía elevado. Todo eso puede ser cierto en el agregado y falso como retrato de quien vive de un sueldo. Se suman el patrimonio del decil rico —viviendas, fondos, participaciones— y las cuotas del trabajador que pide liquidez para agosto o que firma una hipoteca inflada por la escasez. El capital aparece sano. El trabajo, asfixiado.
La vivienda es el mecanismo más brutal de transferencia. Quien posee se enriquece con la revalorización. Quien alquila o compra tarde financia con salario el activo de otro. El 10 % más rico concentra más de la mitad de la riqueza; el 1 %, alrededor de una cuarta parte; la mitad más pobre, una fracción mínima. El índice de Gini patrimonial ha subido de forma estructural desde la crisis financiera. La propiedad no iguala: divide. El parque de alquiler social ronda el 3,5 %, lejos de la media europea. No es un olvido técnico. Es el resultado de tratar el alojamiento como campo de valorización.
La inflación encarece la cesta de quien no puede sustituir gasto, mientras los activos de quien ya tiene se revalorizan o se cubren. Los salarios han subido en los últimos ejercicios algo por encima de la inflación anual, pero no han cerrado la cicatriz del pico inflacionario ni el atraso de décadas en poder adquisitivo. El SMI ha tirado del suelo; el centro de la clase asalariada sigue apretado entre precios, alquiler e intereses.
No es un accidente: es la lógica de la acumulación
La propia naturaleza del capitalismo —acumular riqueza en pocas manos y ampliar la desigualdad— ha conducido a este callejón. El salario no cubre por sí solo la reproducción social de una parte creciente de la clase trabajadora. El crédito cubre el hueco. El banco cobra un interés superior al de la hipoteca. El propietario cobra una renta que se come el sueldo. El trabajador produce valor y, además, paga por el derecho a consumir y a habitar.
Presentar esto como “malas decisiones familiares” es ideología. La necesidad de liquidez es la primera motivación para pedir un préstamo al consumo; las vacaciones van detrás. No hay holgura: hay un salario insuficiente frente al coste de la vida y un mercado inmobiliario que funciona como máquina de extracción. Mientras la oferta de vivienda habitable no se planifique contra la lógica del máximo beneficio, y mientras el crecimiento salarial no se imponga sobre la apropiación de renta financiera e inmobiliaria, el endeudamiento de las familias trabajadoras no será un exceso coyuntural. Será el modo ordinario de sobrevivir.
El peligro no es abstracto. Encadenar crédito al consumo sobre presupuestos justos, sumar la “cuesta de septiembre” a cuotas de verano, destinar cuatro de cada diez euros al alquiler o firmar hipotecas cada vez más altas para un piso más pequeño o más lejos: eso es el futuro inmediato de mucha gente que trabaja. El capital no se precipita al abismo. Quien se asoma es la clase que no vive de poseer, sino de vender su tiempo. Y cada mes, el extracto del banco se lo recuerda.
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