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Cuando el rey exhibe afinidad con la ultraderecha, renuncia a presentarse como una figura común para todos.
Por Lucio Martínez Pereda | 14/08/2026
Fotografías como esta ayudan a explicar por qué el CIS lleva tantos años sin preguntar a los españoles qué opinan de la monarquía. Han transcurrido más de once años desde la última encuesta del organismo que solicitó una valoración explícita de la institución. Fue en abril de 2015 y se pidió a los ciudadanos que calificaran, del 1 al 10, la confianza que les merecía la monarquía. La nota media fue decepcionante: 4,34 sobre 10. Nos encontramos ante un silencio demoscópico sin precedentes, el más prolongado en toda la historia del organismo público.
También resulta llamativa la torpeza de la Casa Real. Quienes se encargan de construir la imagen pública del monarca parecen no advertir hasta qué punto puede resultar perjudicial una fotografía de Felipe VI mostrándose cordialmente junto a un periodista asociado públicamente al bulo y a la difamación. En una institución cuya principal – y casi única- función democrática debería ser representar al conjunto de la nación y ejercer un papel de arbitraje, semejante proximidad transmite un mensaje difícil de conciliar con la neutralidad exigible a la Corona.
Cuando el rey exhibe afinidad con la ultraderecha, renuncia a presentarse como una figura común para todos. Deja de representar a la nación y empieza a representarse a sí mismo: sus preferencias, sus amistades y el espacio ideológico en el que parece sentirse más cómodo. La fotografía no es, por tanto, un simple gesto de cortesía. Es también el retrato de una institución que parece haber olvidado que su legitimidad depende, precisamente, de no comportarse como una parte más del conflicto político.
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