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Condenar es identificar el hecho, nombrar a las víctimas y señalar a los agresores. Es rechazar la violencia sin colocar un interrogante sobre quienes la han sufrido
Por Lucio Martínez Pereda | 23/09/2026
La violencia se extiende por España como una mancha de aceite. No aparece de repente ni cae del cielo: se alimenta de una retórica política de odio que convierte al adversario en enemigo.
Después, tras la agresión, aparecen las condenas vacías de contenido real. Lo ocurrido en Oviedo es revelador. Dos militantes de la Asamblea Moza de Asturies fueron agredidos por un grupo de ultras que profirieron gritos homófobos y consignas contra la izquierda. El alcalde, Alfredo Canteli, habló de una “anécdota”, pidió escuchar “las dos versiones” y describió a los agresores como “chavales jóvenes” que no eran, a su juicio, “tan mala gente”. Condenar es identificar el hecho, nombrar a las víctimas y señalar a los agresores. Es rechazar la violencia sin colocar un interrogante sobre quienes la han sufrido. Es no buscar antecedentes, excusas ni simetrías cuando lo que ha ocurrido es una paliza motivada por el odio político y la homofobia.
El segundo ejemplo de condena vacía de contenido real nos lo proporciona Feijoo. Sobre lo ocurrido en Ceuta el lider del PP recurre a una condena abstracta , formalista , al afirmar que en democracia la violencia “no tiene cabida bajo ninguna circunstancia”. Es una declaración de corrección institucional obligada, que se nota pronunciada a regañadientes. La fórmula de “condenar toda violencia venga de donde venga” puede parecer impecable, pero funciona como una manera de no condenar ninguna violencia concreta. Borra el contexto, las causas que la producen, la autoría que la ejecuta y disuelve las responsabilidades. El resultado es una equidistancia que, bajo la apariencia de moderación, termina protegiendo al agresor.
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