El pensamiento, una barra de pan y mi vecina

El pensamiento es como un gato de Schrödinger que a la vez está muerto, muriéndose y al mismo tiempo vivo, siendo este último perseguido como la presa más codiciada de aquellos que tienen miedo al poder de las ideas.

Por Iria Bouzas

Volvía yo a casa esta mañana de hacer recados cuando me llegó, a través de la ventana abierta procedente del piso de alguna de mis vecinas, un grito extraño:

­—¡Qué no!

Aunque la conversación no iba conmigo, el hecho de que el sonido de su voz enfadada se hubiese transportado por el aire hasta llegar a mis oídos hizo que inmediatamente me sintiese interpelada a participar en ella de alguna forma así que rápidamente me tragué el trozo de pan que iba masticando y mientras caminaba de camino a mi portal le di a mi vecina la réplica a su exclamación cantando bajito parte de una canción de mi adorado y añorado Luis Eduardo Aute.

Imagino que la camarera del bar de la esquina, que estaba colocando las mesas de la terraza, debió pensar que la mascarilla no estaba dejando pasar suficiente oxígeno al cerebro a esa mujer vestida de amarillo que iba por la calle cantando “que el pensamiento no puede tomar asiento” a un micro improvisado hecho con una barra de pan a la que le faltaba un pedazo considerable.

Aute tenía toda la razón, el pensamiento jamás debería tomar asiento pero yo no puedo evitar sentir una especie de desazón que me dice que el pobre lleva décadas tumbado en una camilla en una especie de estado semicomatoso del que no es capaz de salir.

Y lo que más miedo me da es la convicción que tengo de que ese pensamiento que está en una UCI luchando a brazo partido por sobrevivir está condenado a morir en una lenta y desgarradora agonía que nada ni nadie debería padecer nunca. Ni siquiera algo abstracto e inerte como es el pensamiento.

El pensamiento está condenado a morir víctima de la rapidez, los egos, la pereza y sobre todo de la falta de profundidad de los cerebros donde tiene la desgracia de estar confinado.

El pensamiento se muere y a nadie le importa.

Se muere porque necesita alimentarse y ya apenas encuentra con qué hacerlo, lleva tiempo buscando, raquítico y debilitado, un mendrugo de pan que llevarse al estómago.

El pensamiento más privilegiado se ve obligado a escarbar entre libros llenos de páginas, frases, palabras y letras pero vacíos de contenido buscando una lectura que le deje saciado. El menos privilegiado no encuentra ni eso porque vive atrapado en cabezas que se convierten en cárceles de las que no puede escapar.

Cárceles hechas de programas basura de televisión, de vídeos estúpidos, rápidos y vacíos de creatividad que son consumidos de una forma compulsiva y adictiva en la última plataforma de Internet que se haya puesto de moda.

Cárceles con barrotes llenos de selfies, de conversaciones superficiales, de titulares sensacionalistas, de discusiones iniciadas en el estómago, de sentimientos sepultados y de tiempo perdido.

Hay una pequeña parte del pensamiento que sigue libre e intenta volar pero le cuesta mucho hacerlo porque en general, aunque esté viva, tiene las alas rotas y si alguna parte las conserva intactas tiene que estar constantemente esquivando los disparos de aquellos que le ven como el mayor de los peligros que ha inventado la naturaleza y al que hay que derribar cueste lo que cueste.

Porque ellos, los malos, lo saben perfectamente.

Te puedes proteger de un virus con la mascarilla, de una enfermedad con el preservativo o de la Ley con el dinero pero no te puedes proteger de la Justicia y el progreso mientras el pensamiento siga vivo y moviéndose en libertad.

Para algunos, un pensamiento que vuela podría provocar la peor de las pandemias.

El pensamiento es como un gato de Schrödinger que a la vez está muerto, muriéndose y al mismo tiempo vivo, siendo este último perseguido como la presa más codiciada de aquellos que tienen miedo al poder de las ideas.

En estas condiciones es imposible que sobreviva. Antes o después terminará de caer y nosotros caeremos con él aunque no lo sepamos.

Seguiremos creyendo que estamos vivos y somos personas aun cuando la realidad es que solo seremos unos despojos de carne y hueso comportándonos como zombis que trabajan, compran e interactúan con otros zombis.

No llegué a sacar grandes conclusiones del grito de mi vecina. Lo único reseñable que puedo decir es que mientras metía la llave en la puerta de mi casa y me comía otro trozo de pan, una idea se metió a la fuerza y dando patadas de kárate dentro de mi cabeza:

“El pensamiento caerá pero mientras lo hace quizás es moralmente obligatorio alistarse en la resistencia”

No sé muy bien qué significa eso, simplemente creo que tengo mucha hambre y que mi cerebro se ha puesto a divagar.

¡Qué aproveche!


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