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La sentencia corrige uno de los episodios más claros de expolio bajo el franquismo, pero deja un sabor profundamente agridulce.
Por Marta Vital | 13/03/2026
El Pazo de Meirás, el emblemático inmueble gallego que fue residencia estival del dictador Francisco Franco durante décadas, ya pertenece definitivamente al Estado. El Tribunal Supremo ha confirmado por unanimidad, en sentencia conocida este 12 de marzo, que la propiedad corresponde al patrimonio público desde 1938, cuando el pazo fue destinado al servicio de la Jefatura del Estado, y no a la esfera privada del dictador ni de sus herederos.
Esta resolución pone fin a un largo y simbólico proceso judicial iniciado hace años por administraciones locales y autonómicas, y representa un paso importante en la recuperación de bienes indebidamente apropiados durante la dictadura. En ese sentido, la devolución del pazo al Estado constituye una cuestión de justicia histórica inaplazable: corrige, aunque sea parcialmente, uno de los episodios más claros de expolio institucionalizado bajo el franquismo. Sin embargo, la sentencia deja un sabor profundamente agridulce.
El alto tribunal ha ratificado también el pronunciamiento de la Audiencia Provincial de A Coruña que reconocía a los nietos de Franco —los hermanos Martínez-Bordiú— el derecho a ser indemnizados por los gastos necesarios y útiles realizados en el inmueble durante su posesión (mantenimiento, mejoras, etc.), al considerarlos poseedores de buena fe. Aunque la cuantía exacta se determinará en fase de ejecución, diversas informaciones judiciales y estimaciones previas de la propia familia apuntaban a una indemnización mínima que rondaría o superaría los 800.000 euros.
Pagar cientos de miles de euros a los herederos de quien se apropió del pazo de forma ilegal y arbitraria —mediante una donación forzada en 1938 y una compraventa ficticia en 1941— resulta indignante. Es una cesión que hiere la sensibilidad democrática y que refuerza la percepción de que, en España, la justicia histórica respecto a los abusos y crímenes del franquismo sigue avanzando con demasiada tibieza.
La familia Franco no adquirió Meirás mediante una transacción legítima en el mercado: fue un regalo político impuesto en plena dictadura, envuelto en presiones y conculcación de derechos. Considerar “buena fe” a quienes heredaron y mantuvieron durante décadas un bien cuya titularidad pública era evidente desde el origen constituye, para muchos, una bochornosa anomalía jurídica y moral.
Lo procedente, desde el punto de vista de la reparación histórica y la coherencia ética, habría sido una expropiación sin indemnización alguna. El Estado debería haber recuperado el inmueble íntegramente, sin abonar ni un euro a quienes se beneficiaron durante casi un siglo de un expolio avalado por el régimen. Cualquier otro escenario premia, de facto, la impunidad de un pasado que aún genera heridas abiertas.
El caso de Meirás no es aislado: es un ejemplo paradigmático de cómo persisten deudas pendientes con la memoria democrática. La mano blanda hacia los herederos del dictador contrasta con el sufrimiento de miles de familias que aún esperan reparación por desapariciones, ejecuciones y robo de bebés. Mientras se indemniza a los Franco por “gastos útiles” en una mansión obtenida por la fuerza, muchas víctimas del franquismo y sus descendientes siguen sin justicia ni compensación efectiva.
Recuperar el Pazo de Meirás es un avance, sí. Pero pagarles 800.000 euros (o más) a sus nietos convierte esa victoria en una victoria a medias, teñida de indignación y de resignación. España merece una memoria histórica sin cesiones bochornosas ni indemnizaciones que ofendan el sentido común de la justicia.
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