El otro 11-S, ¡Allende vive!

Por Manuel Hernández Lorca

Recientemente conmemorábamos ciertas efemérides del día 11 de septiembre, del cual una gran mayoría de ciudadanos recuerda por los trágicos atentados cometidos en el World Trade Center de Nueva York y en el Pentágono (Virginia), que cambiaron la forma de entender el mundo y sobretodo la seguridad globalizada de éste. En nuestro país sin embargo, llevamos ya casi una década poniendo nuestra atención en la diada nacional de Catalunya, también celebrada el día 11 de septiembre.

Rememorando esta fecha del 11 de septiembre nos encontramos con otro acontecimiento que sin duda también cambio la forma de entender el mundo moderno, al menos en materia de shocks económicos impuestos bajo golpes de Estado militares. Un 11 de septiembre de 1973 el general golpista Augusto Pinochet, con gran parte de las Fuerzas Armadas chilenas, perpetró un golpe contra el gobierno legítimo de Salvador Allende, que venía fraguándose desde meses atrás con la complicidad ya más que demostrada de la CIA y el Departamento de Estado de Washington. Meses antes, Chile ya sufrió otra intentona golpista fallida, conocida como el Tanquetazo.

Este gobierno presidido por Allende había llegado a las urnas en septiembre de 1970 tras tres derrotas anteriores consecutivas. Encabezó el movimiento-partido llamado la Unidad Popular, que acogía como coalición electoral a diversos partidos y movimientos como el Partido Socialista de Chile, el Partido Radical, el Partido Comunista, el Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU) y otros grupúsculos minoritarios.

Allende fue el primer candidato socialista, que además representaba a movimientos comunistas y marxistas (no hay que olvidar que admiraba y respetaba a la URSS), en llegar al poder negando para Chile la vía de la insurrección armada. De esta manera se sentaban las bases de lo que más tarde se conocería en el continente latinoamericano como el Socialismo del siglo XXI.

Su corta e interrumpida Presidencia estuvo marcada por medidas económicas de carácter revolucionario para lo que venía estando acostumbrada Latinoamérica. Su ministro de economía y mano derecha, Pedro Vuskovic, planteó un modelo de transición del capitalismo hacia el socialismo que incluía medidas como la nacionalización de las áreas clave del sector económico. Algunas de esas medidas fundamentales fueron la nacionalización de la Gran Minería del Cobre (de gran relevancia en Chile), intentos de una importante reforma agraria o aumento salarial para los trabajadores (además de mejoras en las condiciones laborales y de vida de los mismos).

Todas estas medidas, y en especial la estatalización de las empresas del cobre, tuvo una doble vertiente de causa-efecto: por un lado benefició a los trabajadores chilenos que en ellas desempeñaban su labor (y por extensión a todos los demás colectivos sociales de la República chilena). Pero también tuvo sus perdedores, en concreto las empresas estadounidenses Anaconda y Kennecott. A estas empresas y bajo la legalidad vigente no solo se les negó la indemnización por la previa estatalización del sector minero, sino que además se le exigían las deudas contraídas anteriormente con el Estado chileno. Esto hizo que el gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica, bajo la Presidencia de Richard Nixon y con la influencia decisiva de sus Secretario de Estado Henry Kissinger, promoviera una especie de boicot y bloqueo económico a la República de Chile.

En este clima de sabotaje económico pero de mejoras para las condiciones de vida de la clase obrera chilena se desarrollaron las elecciones municipales de 1971, donde la Unidad Popular (en suma de todos los partidos que la integraban) alcanzó aproximadamente el 50% de los votos válidos emitidos. Los grupos políticos de la oposición, aun habiendo alcanzado menos votos, contaron con más regidores elegidos que los partidos de la UP.

Es importante mencionar que uno de los pocos (sino el único) apoyo en la región que tenía la vía hacia el socialismo dirigida por Allende venía de la Cuba socialista de Fidel Castro. Uno de los acontecimientos políticos más trascendentes del gobierno de la Unidad Popular de Allende, y que contribuyó a incrementar el malestar de la oposición chilena, fue la visita del líder de la revolución cubana, Fidel Castro, en noviembre de 1971. Durante la visita, que duró más de tres semanas, se reestablecieron los fundamentos de la cooperación mutua entre los procesos históricos liderados por ambos dirigentes. A pesar de ser un apoyo a sus políticas, no lo fue tanto de los métodos empleados para desarrollarlas; Fidel no dejó de mostrar su escepticismo por la vía electoral que había llevado a Allende al gobierno. De esta manera, indicaba que sería probable que los sectores más reaccionarios del país, ayudados por el capitalismo internacional, tuvieran el tiempo suficiente para reagruparse y contrarrestar la revolución obrera chilena.

En este clima de polarización sociopolítica y boicot económico perpetrado por la burguesía chilena bajo dictado de sus propios intereses y los del capitalismo internacional representado por Estado Unidos, se empezaron a producir desajustes macroeconómicos así como desabastecimientos de algunos productos básicos. En octubre de 1972 se produjo bajo todo este ambiente lo que se conoció como el Paro de Octubre; un paro de la patronal chilena y del gremio de los camioneros de distribución bajo el miedo de que el gobierno pudiera nacionalizar también ese sector. El sector camionero y la derecha, tanto nacional como internacional, alentaron este paro que duraría casi un mes. El avance revolucionario de la clase trabajadora chilena, así como el impulso decisivo que ésta tenía en el cumplimiento programático del gobierno popular de Salvador Allende, fueron los motivos de base que impulsaron esta reacción añadida de la patronal y los conservadores chilenos.

El ambiente social y político empezaba a quedar eclipsado ante el malestar que se empezó a suscitar en sectores no minoritarios de las Fuerzas Armadas chilenas. En este contexto, el general Augusto Pinochet se interpuso a ejecutar un golpe de estado, con parte del Ejército, la Fuerza Área y la Armada. El golpe fue llevado a cabo el 11 de septiembre de 1973; se bombardeó la sede Presidencial conocida como el Palacio de la Moneda. Dentro permaneció el Presidente Salvador Allende, donde finalmente fue asesinado. El golpe había triunfado en apenas un día.

Se impuso de esta manera una dictadura militar en Chile con el dictador Pinochet a la cabeza; sería el precursor chileno de la doctrina militar de shock que daría paso a unas medidas económicas favorables al capitalismo local e internacional sin precedentes. Es en este momento cuando entra en escena el grupo conocido como los Chicago Boys. Este nombre hacía referencia a una serie de economistas liberales instruidos en la Universidad de Chicago (EE.UU) y cuyos máximos representante fueron los estadounidenses Milton Friedman y Arnold Harberger. Entregaron una especie de plan o sugerencias económicas  a Pinochet, que consistía en volver a aplicar una economía capitalista de mercado liberalizando y privatizando sectores estratégicos de la economía o reduciendo el gasto público.

El dictador Augusto Pinochet hizo suyas estas ‘’recomendaciones’’ y aplicó con una velocidad apabullante cada una de las medidas económicas de libre mercado. El Régimen militar llegó a la conclusión de que era necesario una fuerte represión para que este plan económico pudiera triunfar. De este modo, durante los tres años que siguieron al golpe fueron encarcelados y torturados más de 100.000 opositores chilenos. Nada más durante los primeros meses se detuvo a miles de personas, algunas de ellas dirigidas y encerradas en el Estadio Nacional de Chile, donde fueron torturadas o asesinadas. En noviembre de 1973 y de manera vergonzosa, la FIFA permitió a Chile jugar un partido de clasificación para el mundial del 74 sin rival alguno, incluso pudiendo marcar en portería vacía (puesto que la URSS se negó a jugar en la entonces dictadura chilena). Pinochet indicó que no se podía tolerar el caos producido por ‘’el gobierno marxista de Allende’’, justificando de este modo el golpe y la posterior represión.

El plan económico que Friedman y Harberger habían sugerido a la dictadura se llevó a cabo, hasta tal punto que en 1975 Friedman visitó la capital chilena y se reunió con Pinochet, llamando ‘’el milagro chileno’’ a la situación económica que se había creado durante los primeros años de dictadura en el país. Situación económica que dejó a las clases empresariales y burguesas chilenas como las únicas ganadoras. La clase obrera sufrió el descenso brutal del gasto público, la anulación de la congelación de precios o la suspensión de la distribución gratuita de leche en las escuelas. En definitiva, se revertieron todas las medidas beneficiosas para una gran mayoría de ciudadanos que habían sido planificadas y ejecutadas por el gobierno popular y legítimo de Salvador Allende.

La dictadura vilmente impuesta a sangre y fuego duraría 17 años; durante los cuales se sentaron las bases para la puesta en marcha de un capitalismo voraz, dejando al desnudo la hipocresía por parte de las potencial occidentales y en especial de EEUU. El gobierno estadounidense, sus escuelas económicas liberales como los Chicago Boys y todo su servicio de inteligencia secreta como la CIA, no dudaron en alentar, promover y justificar el golpe y una dictadura militar. La única excusa de fondo era que no se podían quebrantar los intereses económicos del capitalismo financiero global. Esta fecha maldita del 11 de septiembre, y en ese rincón de Latinoamérica, también fue una fecha que cambió el mundo y la forma de proceder del capitalismo internacional. Ese otro 11 de septiembre donde el legítimo presidente Salvador Allende, o más bien sus ideas contrarias a la explotación y dominación de un sistema inhumano, vivirán por siempre.

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