El Laboratorio Ceutí del Odio: De Vito Quiles a Jesus Vivas

Ahora el odio se excita con declaraciones institucionales. La diferencia no es de grado, sino de naturaleza. El provocador opera en el terreno de la excepcionalidad.

Por Lucio Martínez Pereda | 29/08/2026

La ultraderecha está ensayando un nuevo modelo para excitar el odio social: ya no le basta con los agitadores de calle- los Vito Quiles de turno- ahora traslada el mensaje al ámbito de lo institucional y, para ello, recurre a la figura del presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas. El viejo guion- que ahora ya se da por inservible- era el siguiente : un provocador mediático, con micrófono y redes, convierte el conflicto en espectáculo. Ahora: el odio se excita con declaraciones institucionales. La ultraderecha ya no necesita agitadores: tiene presidentes. Y eso es mucho más peligroso. Porque el odio social, cuando viene de la institución, ya no es odio: es política.

El guion de Quiles es el del espectáculo: micrófono, redes, provocación, victimismo. Convierte el conflicto en ruido mediático, y el ruido en movilización. Es la ultraderecha de los gritos, consignas, bulos y una narrativa de «periodista incómodo» frente al poder. Ese repertorio funciona porque es visible, se consume con facilidad y permite a una parte de la opinión pública creer que el odio todavía habita en los márgenes. El agitador puede ser denunciado, desmentido, incluso ridiculizado. Su exceso lo delata.

Ahora el odio se excita con declaraciones institucionales. La diferencia no es de grado, sino de naturaleza. El provocador opera en el terreno de la excepcionalidad. El presidente, en cambio, habla desde un lugar que la democracia ha revestido de legitimidad. No necesita gritar. Le basta con nombrar y señalar. Cuando el discurso de exclusión sale de un altavoz callejero, sigue siendo agitación. Cuando sale de una presidencia, se convierte en política.

La ultraderecha española recompone continuamente sus odios: los hace parecer nuevos. Pero necesita, para que no se desgasten, un soporte más sólido que el de la performance. El agitador agota. Por eso ya no le basta con quienes convierten el conflicto en ruido: necesita quienes lo convierten en política. Vivas es, en este esquema: un instrumento. Un cargo que permite trasladar al lenguaje oficial lo que antes debía circular como consigna.

Eso es mucho más peligroso. Porque el odio social, cuando viene de la institución, ya no se percibe como odio: se percibe como preocupación objetiva , como «realidad». Deja de ser un exceso y pasa a presentarse como sentido común. Y cuando el odio deja de ser espectáculo para convertirse en declaración institucional se instala en el centro. Se ha saltado de la calle al poder, del ruido a la norma, del provocador al cargo.

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