
El cierre del caso Epstein, por parte del Departamento de Justicia de Estados Unidos, sin revelar la supuesta lista de clientes, desató una tormenta política que impacta de lleno en el corazón del movimiento trumpista.
Un escándalo imprevisto sacude la política estadounidense y hace tambalear a la propia base electoral de Donald Trump hace unas semanas. The Wall Street Journal reveló ayer, miércoles, que el Departamento de Justicia avisó a Trump en mayo que su nombre figuraba en los archivos de Epstein. Todo indica que empeorará antes de mejorar ―si es que mejora― y tiene que ver con el fantasma de Jeffrey Epstein.
El caso Epstein es uno de los escándalos más oscuros y complejos de las últimas décadas en Estados Unidos, ya que involucra redes de abuso sexual, tráfico de menores, figuras del poder político, financiero y cultural, y acusaciones de encubrimiento estatal. Jeffrey Epstein fue un financista y millonario estadounidense con conexiones en los círculos más exclusivos del poder global. Durante años, vivió entre Nueva York, Palm Beach, París y una isla privada en el Caribe (Little St. James), donde presuntamente se cometieron muchos de los delitos.
En 2008, fue condenado en Florida por “solicitar prostitución de una menor”, pero gracias a un polémico acuerdo judicial secreto ―negociado con el fiscal Alexander Acosta, luego, secretario de Trabajo de Trump―, recibió una pena mínima, con privilegios como poder salir de la cárcel durante el día. En 2019, fue arrestado nuevamente por tráfico sexual de menores a nivel federal, lo que reabrió el caso y generó una gran atención mediática e indignación pública. Fue encontrado muerto en su celda en agosto de 2019, en una prisión federal de Nueva York.
Oficialmente, se declaró que fue suicidio por ahorcamiento. Sin embargo, hay varias cuestiones sospechosas alrededor del hecho: las cámaras de seguridad estaban fuera de servicio y los guardias no hicieron las rondas habituales, mientras que el informe forense independiente detectó lesiones “más consistentes con homicidio que con suicidio”. Todo esto alimentó teorías de encubrimiento, ya que su testimonio podría haber comprometido a muchas figuras poderosas.
Uno de los aspectos más polémicos es la supuesta existencia de una lista de clientes o figuras involucradas en la red de abuso que Epstein organizaba. Según denuncias de víctimas, muchas de estas personas participaron o sabían lo que ocurría. Hasta hoy, esa lista nunca fue publicada oficialmente y su posible existencia es uno de los principales ejes del escándalo actual. La decisión del Departamento de Justicia de cerrar el caso sin difundir nuevos nombres alimentó sospechas de que el sistema protege a los poderosos.
Para movimientos como el trumpismo o la extrema derecha conspirativa, Epstein representa “la prueba viviente” del pacto entre elites corruptas, el “deep state” y las redes de abuso hacia las infancias, una narrativa que hoy vuelve a la agenda con fuerza.
En la política estadounidense de la era Trump, pocas cosas son más peligrosas que enojar a la base. Esa masa heterogénea, radicalizada y profundamente desconfiada del poder institucional que ayudó al magnate a conquistar la Casa Blanca —dos veces— comienza hoy a mostrar señales de fractura interna. Y el detonante no ha sido un tema económico ni un escándalo de política exterior. No. Fue, una vez más, Jeffrey Epstein. El reciente cierre del expediente, negando la existencia de una “lista de clientes” y sellando los archivos restantes, desató una ola de furia entre figuras clave del universo MAGA. Lo que para el establishment sería apenas una nota de cierre burocrática, para los seguidores más leales de Trump representa una traición. Y no solo del aparato judicial: una traición del propio Trump.
Pam Bondi, la fiscal general designada por Trump, había prometido abrir los archivos. Incluso, llegó a decir, en febrero, que la famosa lista estaba “en su escritorio”. Luego, se desdijo, explicó que hablaba de todo el expediente y no de un documento específico. Para la militancia conservadora, eso fue suficiente para encender las alarmas de encubrimiento. El viejo fantasma del “deep state” volvió a colarse en los pasillos de la Casa Blanca, esta vez, dirigido no contra Biden o Hillary Clinton, sino contra quienes supuestamente habían llegado a Washington para destruirlo. Trump intentó apagar el fuego como acostumbra: a los gritos, con un posteo en mayúsculas en Truth Social defendiendo a Bondi y acusando a sus críticos de “perder el tiempo con ese creep” (Epstein). Pero el daño ya estaba hecho. Las conferencias conservadoras se llenaron de pedidos para que Bondi renuncie.
Influencers como Laura Loomer, Glenn Beck y Megyn Kelly denunciaron la “falta de transparencia”. Y lo más significativo: la figura de Trump empezó a ser cuestionada desde adentro, con una intensidad inédita. Durante años, el expresidente fue intocable en su propio movimiento, la lealtad era total, incluso, cuando sus acciones contradijeron sus promesas.
La narrativa Epstein era una piedra fundacional del imaginario conspirativo MAGA. Epstein era la prueba viviente del supuesto pacto entre élites pedófilas, inteligencia corrupta y gobiernos encubridores. Prometer que “todo saldría a la luz” fue parte esencial del discurso trumpista. Y no cumplirlo ahora no se vive como un error, sino como una rendición.
La tensión se siente incluso dentro del círculo íntimo de Trump. Dan Bongino y Kash Patel, figuras de peso en el aparato de seguridad nacional, manifestaron su desacuerdo con el manejo del caso. Patel desmintió rumores de renuncia y Steve Bannon, siempre atento a medir el pulso de las bases, pidió abiertamente que se nombre un fiscal especial para investigar a fondo a Epstein y su red de contactos. “Nunca vi un rechazo tan unánime contra una funcionaria como el que hay hoy contra Bondi”, dijo. ¿Es esta la grieta que puede quebrar al trumpismo? Todavía no. Pero es una señal de alarma.
En Tampa, donde se celebró la Student Action Summit organizada por Turning Point USA, el ambiente era tenso. La pregunta no era si Trump traicionó la causa, sino si aún puede representar sus valores. “Trump, vos sos el presidente. Vos nos prometiste exponerlos”, le espetó una joven de 24 años al micrófono. “No se trata de Bondi. Se trata de que cumplas”.
El trumpismo vive de la promesa de revelar lo oculto. Cuando el líder de ese movimiento decide cerrar una caja que él mismo prometió abrir, se pone en cuestión la naturaleza misma del contrato simbólico con su base. El episodio recuerda, en una escala distinta, a lo que ocurrió con las vacunas contra el COVID-19. En ese momento, una parte del electorado MAGA comenzó a rechazar incluso los logros de la administración Trump, acusándolos de ser “parte del plan”. La paradoja es evidente. Trump intentó proyectar una imagen de gobierno “duro con el crimen” y comprometido con la “verdad oculta”.
Al blindar a Bondi y cerrar el caso Epstein, transmite el mensaje opuesto: el sistema ganó, incluso bajo su mando. Esa contradicción amenaza con erosionar no solo su credibilidad, sino su control total sobre el movimiento que creó. Esta no es solo una cuestión de redes sociales o podcasts marginales; Elon Musk, su mayor donante, criticó abiertamente el manejo del tema. Megyn Kelly, voz poderosa del ecosistema conservador, lo trató de “desconectado”. Incluso, figuras como el exgeneral Mike Flynn advirtieron que, sin una respuesta firme sobre Epstein, el gobierno perderá legitimidad para encarar otros desafíos.
El principal problema del caso Epstein para Trump no es legal, sino moral. Dentro del movimiento MAGA, históricamente, se vio al caso como una de las pruebas más cabales acerca de que las élites eran decadentes y corruptas. ¿Qué pasa ahora que se sabe que su líder era parte? No es casualidad que Trump busque desviar la atención hacia temas más tangibles: el desastre climático en Texas, la política migratoria, los recortes de impuestos. Pero cada vez que intenta pasar página, la base vuelve a recordarle que el caso Epstein no es un detalle, sino un símbolo contra lo que dijo luchar: corrupción, abuso, impunidad. La pregunta ya no es qué hizo Epstein. Tampoco es si existe o no una lista. La pregunta es qué hará Trump con el monstruo que ayudó a alimentar.
Este artículo fue publicado originalmente en La tinta.
Se el primero en comentar