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Como bien muestra César Rina Simón en El cielo está con nosotros, el franquismo no se conforma con ganar la guerra: necesita que el cielo mismo parezca tomar partido.
Por Lucio Martínez Pereda | 28/03/2026
Ahora que se acerca la Semana Santa -y la inmensa mayor parte de la opinión pública solo ve en estas festividades rituales una función religiosa o un interés turístico- conviene acercarnos a un texto que desmonta la estrecha relación que existió en España entre religiosidad popular y propaganda política.
Como bien muestra César Rina Simón en El cielo está con nosotros, el franquismo no se conforma con ganar la guerra: necesita que el cielo mismo parezca tomar partido, como si la victoria fuera un veredicto divino y no el resultado de una determinada relación de fuerzas históricas, de un golpe de Estado y de una brutal campaña de limpieza política.
Lo interesante de Rina Simón es que no se conforma con señalar que el franquismo se apoyó en la Iglesia; va más lejos y se adentra en una religiosidad popular que, antes de ser política, era sobre todo vecinal, local, afectiva. Son las procesiones, las romerías, las rogativas, los santos de barrio, los milagros de comadrona, los rosarios de la aurora y las velas encendidas en los rincones del pueblo: todo ese mundo de lo sagrado doméstico, donde la fe se mezcla con el miedo y la esperanza.
La dictadura descubre que ese mundo es dúctil: se puede adornar con banderas, manipular con discursos, rebautizar con nombres de “caídos por España” y conseguir que la participación en la fiesta de la patrona ya no sea sólo un gesto de identidad vecinal, sino un acto de asunción del orden político; el que se queda en casa, callado, puede ser interpretado como un ausente voluntario, un traidor a la comunidad inventada por la dictadura.
Uno de los registros más perturbadores del libro es el modo en que el franquismo reescribe la guerra civil como una cruzada contra la maldad, el ateísmo y la “decadencia moral” Rina Simón muestra cómo la liturgia se vuelve, de forma progresiva, catequesis política: las misas de aniversario, las rogativas por la “paz” , las procesiones de homenaje a los caídos, se configuran como liturgias de la memoria franquista. La iglesia local, ese lugar que antes alojaba a una comunidad más o menos crítica, se convierte poco a poco en escenario de una única versión de la historia, donde solo unos muertos tienen derecho a ser recordados, y donde recordar a los demás se convierte en un riesgo.
El libro no cae en lo anticlerical: reconoce que la jerarquía católica, cargada de un profundo temor al anticlericalismo, ve en el franquismo una garantía de orden y de restauración de su presencia social. Pero también subraya que la Iglesia no se limita a sobrevivir: se alinea con el nuevo régimen, bendice la cruzada, y permite que la cruz se convierta en emblema de la causa política victoriosa. Aunque se mantengan disputas internas, zonas de resistencia y espacios de autonomía, la realidad es que la religión se vuelve explícitamente útil al proyecto de Estado: la catequesis se hace Política , los himnos litúrgicos se armonizan con marchas militares, y el lenguaje de la fe se entrelaza con el del deber nacional y la lealtad al Caudillo.
Uno de los recursos más astutos del franquismo, y que Rina Simón pone convenientemente en evidencia, es el manejo de la palabra “tradición”. Las fiestas, cofradías y devociones se presentan como herencia de los antepasados, como conjunto de costumbres inmutables que encarnan la identidad nacional‑católica. Pero lo que el pueblo ve en la plaza es, en buena medida, una versión de sí mismo convenientemente depurada: los elementos críticos, populares, incluso subversivos de la fiesta, se han rebajado o suprimido, y la “tradición” se convierte en un decorado que sirve para legitimar el orden presente. En este sentido, el libro recuerda que la palabra “popular” es sumamente flexible: puede referirse a una religiosidad nacida de abajo, espontánea y difícil de controlar, o bien a una religiosidad doméstica y ordenada desde arriba. El franquismo elige la segunda opción.
El cielo está con nosotros se impone como un texto que analiza la gran operación de sacralización política del franquismo. Rina Simón muestra que la dictadura no se apoya solo en la represión y en la propaganda, sino en una densa estructura de rituales, imágenes y emociones religiosas que se reformulan para que el pueblo crea estar participando de lo de siempre, cuando en realidad está participando en su versión perversamente politizada.
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