El bien y el mal, del individuo a la sociedad

Por Flores de Acero | Ilustraciones de Manel VIZOSO

  1. El bien y el mal en la persona

Decimos que tomamos nuestras decisiones basándonos en la dicotomía bien y mal, supuestamente actuamos de la forma que creemos que más se acerca al bien, y no solo actuamos, sino que además esta idea condiciona nuestros valores y por lo tanto nuestras actitudes.

Hasta aquí parece todo correcto, pero si uno quiere ser objetivo no puede evitar que le inunden gran cantidad de dudas sobre dos términos tan categóricos, la primera sería qué es el bien y qué es el mal, una persona con cierta elocuencia podría decir: “El bien es no hacer daño a los demás”, a lo que yo le respondería que eso es más bien ausencia de mal, la contra respuesta que recibiría sería que el bien sería darle o hacer cosas buenas a los demás. Podríamos estar todos de acuerdo, pero si nos conformáramos con esto nos quedaríamos donde estábamos, en la superficie de estas ideas, en una ambigüedad que no nos aclara apenas nada.

Por lo que habría que seguir profundizando y averiguar quién decide qué es hacer algo bueno por lo demás y qué es hacerle algo malo. La misma persona de antes respondería: “Hacer el bien es hacer sentir mejor a los demás y hacer el mal sentir peor, por lo tanto quien decide que algo es bueno o malo es la persona receptora de tus actos”, sería una buena reflexión, pero si dejamos que la persona receptora de nuestras acciones sea la jueza de la calidad de ellas, estamos dando pie a que juzgue de una forma egoísta y subjetiva. Pensemos en un niño, un niño vería con malos ojos que le regañáramos o castigáramos, aunque esas acciones serían por su bien, o vayamos a una persona con bastante ego, esta persona nunca verá suficiente todo lo que hiciéramos por ella y vería que sus acciones son mejores que las de los demás, una persona que no es capaz de acercarse a otro término ligado al de bien como es el de justicia, no puede decidir si las acciones de otros son buenas o no. Tras esto la persona de narras me respondería que más bien somos nosotros mismos los que decidimos cuando nuestras acciones son buenas o malas, pero ¿acaso no somos todos en cierta medida egoístas y siempre nos parece que hacemos más que el resto?, ¿acaso no somos todos en cierta medida ignorantes y no sabemos cómo pueden repercutir nuestras acciones aunque tenga las mejores intenciones?, y ¿acaso no actuamos todos diferentes ante un mismo objeto, persona o acto y todos pensamos que actuamos correctamente?

Podemos sacar una pequeña conclusión, no tenemos interiorizada la idea de bien y se convierte en una impresión subjetiva y personal, como si interpretáramos unas directrices culturales de la manera que más nos interesa a cada uno. Y al escribir sobre esto me veo obligado a pasar por aquí, abordando la cuestión del individualismo y egoísmo que nos hace actuar de una manera u otra.

Cuando a mí me preguntan si confío en la gente yo respondo que en lo que confío es en sus intereses, una respuesta  que a primera vista parece algo insensible, pero aboga por una realidad, por mucho que creamos que actuamos dirigidos por nuestra idea de bien, la realidad es que actuamos según nuestros intereses. Nuestras acciones, por muy buenas que sean, siempre buscan un resultado hacia nosotros positivo, una recompensa o prebenda, y para reforzar esta afirmación voy a exponer con un ejemplo que nos atañe a todos: el de la amistad, aunque nos guste romantizar con este tipo de relación y decir que es incondicional, no hay nada más egoísta que querer tener una amistad incondicional, pues las relaciones humanas se tratan de dar y recibir, no solo de una de las dos, quien quiera un amigo incondicional que adopte un perro, pero al final nadie es incondicional, sería injusto, todos esperamos recibir lo que damos cuando nos haga falta, si hemos estado apoyando a alguien cuando lo necesitaba, esperamos que nos apoye cuando lo necesitemos, y si no se cumple dicha justicia abandonamos esa relación, al igual que si me haces un regalo por mi cumpleaños, esperas recibir otro análogo en el tuyo, como es normal. Al final, nuestros amigos, son relaciones de intereses, el ser humano es un animal social por naturaleza, y necesitamos de la compañía de los demás en nuestras actividades, nuestros amigos llenan nuestros espacios, tenemos amigos para salir de fiesta, para charlar, para hacer actividades recreativas, para lo que sea, pero al fin y al cabo la amistad es un contrato de intereses, y una amistad durará mientras a ambas personas les interese mantener dicha amistad, pero no solo una amistad, sino cualquier relación, incluso las relaciones sentimentales funcionan así. Y es en esto en lo que me apoyo en decir que confío en los intereses de la gente, mientras les interese proporcionarme un bien, así lo harán, a mí no me queda otra que hacer que les interese proporcionarme esos bienes ofreciendo otros a cambio, sin embargo si se hace incondicionalmente la gente no se verá obligada a ofrecer ningún bien ya que ellos los reciben gratuitamente.

La persona de narras podría, es su insistencia de defender la existencia de un bien objetivo, podría argumentar que sí existen actos buenos desinteresados, cuando somos caritativos, actos de generosidad con desconocidos que sabemos que no nos van a responder. A esta persona yo le tendría que contestar que erra de nuevo, pues ¿acaso, en la mayoría de los casos que lo hacemos, no buscamos ser vistos y reconocidos por ello recibiendo así una recompensa social?, o ¿acaso, si no buscamos el reconocimiento exterior, lo que hacemos es sentirnos mejor con nosotros mismos, una forma de alimentar nuestro ego y percepción de nosotros mismos? Al final todas nuestras acciones se reducen a nuestro interés, hasta las más inocentes y mejor vistas por la sociedad.

La persona elocuente con la que tengo esta conversación me sacaría a la luz el zenit de las relaciones, una unión con tanta carga emocional que me pondría contra las cuerdas si no quiero parecer un ser inerte, exonerado de emociones, pero si nuestra misión es abandonar la subjetividad de la mejor forma posible, debemos analizar los intereses, también existentes, en esta relación. Pensemos en una madre, abandona su vida para dedicarse a sus hijos, la perdería si hiciera falta por ellos, pero acaso una madre no se vería rechazada por la sociedad y reprendida por la ley si abandonara a su hijo, o se sentiría tan mal con ella misma que no le valdría la pena tal desprendimiento, sin olvidarnos de ese instinto, común en muchos mamíferos hembras, de proteger a sus crías. A la madre le interesa ser buena madre, pero, si queremos ser objetivos, no podemos olvidarnos de la fuerza de los sentimientos, todos hemos dado más de lo que hemos recibido, como hace una madre, por alguien que hemos querido de alguna forma, desde fuera sería una relación desigual, un mal acuerdo de intereses que no debería prolongarse en el tiempo, pero para nosotros sí vale la pena, pues satisface nuestras necesidades emocionales, por lo que volvemos a actuar por nosotros mismos, aunque desde fuera, e incluso para nosotros mismos, parezca todo lo contrario.

Por ahora hemos abarcado el bien, dejando de lado su antagonista, el mal. La persona de narras podría aprovechar para argumentar que el mal sí que existe: matar, robar, agredir, mentir son acciones malas, y yo le tendría que dar la razón, aunque no del todo, pues volvemos a la subjetividad que nos lleva al error en nuestras acciones, y es que en todos los verbos que ha catalogado como malos, tienen sus excepciones, matar a un asesino para evitar que ejecute un asesinato, robar a alguien que le sobra y se aprovecha de los demás para dárselo a los más necesitados como un Robin Hood, agredir para defender a los demás o a nosotros mismos, mentir para proteger a alguien de la dolorosa verdad… Pero sí estamos de acuerdo en que en la mayoría de ocasiones sí son malas acciones, por lo que podemos concluir que hay un atisbo de objetividad en el mal, y si lo hay en el mal, lo debe de haber en su opuesto, pues uno necesita del otro para existir.

Sobre esto último hablaré al final del texto, antes querría abordar las cuestiones culturales, que usamos como directrices, mencionadas con anterioridad. Que no son sino las religiones, la base de nuestra cultura, las que han dictaminado nuestra escala de valores, las que han estado marcando siempre lo qué es bueno y lo qué es malo.

  1. El bien y el mal como base de la religión y la existencia de Dios.

Es verdad, cualquier persona con ciertas nociones de historia o filosofía me podría recordar que estos conceptos de bien o mal ya son abarcados desde antigua. Fácilmente podríamos mencionar a autores tan conocidos como Platón o su discípulo Aristóteles, con sus teorías del la Idea de Bien o el Término Medio respectivamente. Pero hasta la llegada de las religiones modernas, las que aún viven entre nosotros, no se empezó a utilizar estas ideas para ejercer un control social tan ligado a estos conceptos.

A día de hoy, casi el cien por cien de las regiones del planeta civilizadas están homogenizadas por alguna religión que establece unas pautas de comportamiento, las cuales si cumples recibes una recompensa o en su defecto un castigo. Todas coinciden en varios aspectos, el principal es prometer vida después de la muerte, ya sea con vida en otro lugar o una reencarnación, también coinciden en defender la vida, la verdad, la propiedad… También podemos ver coincidencias en sus mitologías, como es en el caso del día del nacimiento de sus mesías, pero esto último se lo dejamos a los de la teoría de la conspiración ya que para la finalidad del texto no nos atañe. Estas religiones milenarias, independientemente de su origen, se establecen y desarrollan en diversas regiones del globo terráqueo, dependiendo de las características sociales donde se establezcan podemos ver variantes en las pautas para actuar correctamente y recibir la recompensa divina.

Otra de las cosas en común que tienen estas religiones es la carencia de pruebas, todas se basan en escrituras antiguas, en la que aseguran que son la palabra de Dios, y solo puedes tener fe ante ellas o recibir un castigo por no hacerlo. Yo pregunto ¿por qué debo creer que un libro, impreso en la Tierra, con multitud de traducciones, cientos de años de interpretaciones y siendo objeto de tentación a manipulaciones es el libro escrito por Dios y no otro libro, de similares características, que defiende otra religión? No hay otra respuesta que la fe, una fe ciega, aunque autores filosóficos han intentado reforzarla con diversas teorías, en su última instancia debes tener fe, pues la razón no puede explicar la religión en su mayor parte.

Normalmente la gente profesa por la religión que se ha establecido en su lugar de nacimiento y crianza, habiendo excepciones, ¿no sería mucha casualidad que la religión que se estableció allí donde nos criamos y hemos elegido profesar sea la auténtica, habiendo otras religiones similares y variantes de las mismas? Por lo que es innegable que toda religión es un acto de fe y que está condenado, por mera probabilidad, a ser una historia de ficción entre un gran repertorio que promete ser auténtica. Pero esa ficción no es una creación banal sin un fin ni justificación, como hemos mencionado anteriormente su fin es el control social, ¿por qué? Porque en una época en la que la vida es nociva, llena de enfermedades, pobreza, rutina, suciedad, etc. las leyes no son suficientes para mantener la paz social que todo gobierno quiere establecer, por lo que la mejor opción es prometer otra vida después de la que llevaban llena de desdichas, una vida mejor, y para tener esa vida deben cumplir dichas normas, comunes en todas las religiones como no matar, no robar…, también otras normas que divergen en distintas culturas, podemos ver como en el cristianismo la monogamia es una norma -aunque a mi parecer llena de valores positivos-, con el fin de mantener un orden familiar, evitar conductas de prodigalidad y mantener al hombre en el trabajo y a la mujer en el hogar. También vemos como una característica del Islam es la prohibición del consumo de cerdo, con el fin de evitar el contagio de triquinosis, o del consumo de alcohol, para evitar conductas nocivas, tanto sociales como fisiológicas, derivadas de su consumo.

Por lo que vemos que las religiones son leyes antiguas, que establecieron pautas de conductas necesarias para su época, como son la piedad, la fraternidad, la generosidad… conductas que hasta día de hoy han ayudado al progreso social, y que eran más que necesarias en una época en la que las condiciones de vida invitaban al egoísmo y delincuencia, pero a día de hoy, que esas cualidades se han establecido en la conducta humana independientemente de la religión, se nos quedan desfasadas las religiones, pues también defienden normas que a día de hoy todos podemos catalogar como dañinas, como lo es la homofobia, el machismo o, incluso, el racismo, arraigadas en todas las religiones, la sociedad ha adelantado a las religiones. Y aunque alguien proponga la modernización de estas, eso sería inviable, ya que sería el mayor acto de herejía y contradictorio posible, ya que si alguien opta por seguir solo unas normas de una religión, porque no está de acuerdo con el resto ¿está diciendo que Dios se equivocó al hacer esos mandamientos?, ¿está diciendo que Dios no es del todo bueno?, ¿está diciendo que tenemos un mejor concepto del bien y el mal que el mismo Dios? Está claro que una religión, si le otorgas tu fe, debes hacerlo en su totalidad, sino sería una tautología y contradicción en sí misma, ya que Dios es atemporal y no se le puede actualizar.

Podemos ir concluyendo con lo expuesto que las religiones han utilizado el binomio bien y mal para mantener el cumplimiento de unas normas: si haces lo que aquí está escrito eres bueno y tendrás una recompensa, si no lo haces serás malo y padecerás un terrible castigo. El mal y el bien, habiendo sido tutelado por las religiones durante miles de años, ahora empiezan a tambalearse sobre los cimiento de una nueva sociedad que reniega de las religiones y nos vemos obligados a buscar otras definiciones sobre qué es realmente el bien.

Pero una vez abarcado el tema de la religión, siendo innegable que esta carece de sentido, y su defensa no es si no otra cosa que un acto de fe ciego y, con los medios de hoy en día, hasta de fanatismo,  tenemos que abarcar el tema de Dios, una deidad que algunos, aun renegando de la religión, se empeñan en defender. Hablamos de quienes defienden la existencia de un ente inteligente creador del universo.

Durante toda la historia de nuestra especie hemos buscado el porqué de todo, el origen de la vida y de todo lo que nos rodea. Esta búsqueda nos ha obligado a creer en Dios, ya que por carencia de avances y descubrimientos científicos que nos dieran respuestas, nuestra necesidad de tenerlas nos ha llevado a crear un ente mágico, origen de todas las circunstancias que no podemos explicar. Según la ciencia ha ido dando explicaciones, hemos ido alejando a Dios en su injerencia en la vida, hasta el día de hoy en el que se habla que ese tal Dios fue el creador del Big Bang, pues al carecer de elementos con un origen desconocido gracias a la ciencia, solo se nos puede permitir atribuir a Dios la creación del inicio conocido.

Una de las teorías más pragmáticas que defienden la existencia de un Dios es la Teoría de Causalidad. Esta teoría viene a decir que todo efecto viene precedido por una causa y, en su parte más filosófica, que esa causa tiene que ser mayor o igual que el efecto, es decir, nadie puede crear nada mejor que sí mismo, como mucho igual. Con esta teoría defienden que la causa del universo es Dios, y que Dios no fue creado por nada ya que él se rige por otras leyes físicas diferentes a las nuestras, ya que fue él el que creó las leyes del nuestro. Con esta teoría solo podemos reafirmar con certeza una cosa, y es la necesidad del ser humano de encontrarle una respuesta a todo, incluido el inicio del mundo, disolviendo toda incertidumbre que muchos temen. Esta teoría llevada a la defensa de Dios no es, como el método científico exige, una prueba alcanzada a través del ensayo y error, sino todo lo contrario, una teoría que se amolda al desconocimiento actual del origen del Big Bang que busca justificar la existencia de Dios, un Dios inteligente con voluntad que decidió el mundo tal y como es, negando que nuestra existencia sea el mero resultado de la probabilidad y la casualidad, algo que parece que a algunos les deja algo desamparados y sin encontrarle sentido a la vida. En vez de que las pruebas nos lleven a la existencia de Dios, buscamos pruebas para demostrar, justificar o argumentar que Dios existe.

Pero yo tengo que añadir que, si todos somos capaces de imaginar un mundo mejor, un dios inteligente, creador de nuestra imaginación y, por lo tanto, teniendo una mejor que la nuestra, hubiera sido capaz de hacer del mundo mejor de lo que podríamos imaginar, pero para justificar la existencia de un dios, decimos que ese mundo sí que ha sido creado por este –el paraíso-, y que lo veremos al morir… Con magia se justifica todo.

  1. Evolución social y política objetiva

Con la intención de ser lo más objetivos posibles, hemos podido concluir que no hay pruebas que evidencien la existencia de Dios, que las religiones han sido herramientas políticas para controlar a la sociedad, que actuamos por nuestros propios intereses y que el bien y el mal se incluyen en un marco ambiguo y subjetivo, en el cual siguiendo el orden del texto podríamos deducir que no existen. Se podría decir que estamos entrando en un punto nihilista en el que nada tiene sentido, todo es subjetivo y que todo da igual, pero no es así.

Como hemos dicho con anterioridad, hay varios puntos con los que todas las culturas se terminan dando de la mano, esos puntos son los que son imprescindibles para mantener un orden en la sociedad. Todos sabemos que el ser humano es un ser social, necesitamos del resto para satisfacer nuestras necesidades, también sabemos que en toda especie con vida existe un instinto de supervivencia, por lo tanto la biología sí nos ha dado un objetivo, tanto a nosotros como al resto de especies, que es el de sobrevivir y qué mejor forma de sobrevivir que no matando, excepto bajo necesidad, ya sea para alimentarse o defenderse. Además para sobrevivir, siendo una especie social, debemos mantener un orden, de ahí el no robar, el no mentir, no hacer lo que no queramos que nos hagan ¿por qué?, por razones obvias, ya que si legitimábamos estas acciones damos pie a sufrirlas por otros, a desconfiar del resto, a actuar con egoísmo y sin justicia, y esto es inviable en una sociedad pues desencadenaría en el caos.

Al final vemos que sí existe un bien y un mal, pero dichos conceptos se pueden reducir a algo tan simple como la supervivencia y la convivencia necesaria para esta. Ahora podemos preguntarnos si nuestras acciones ayudan a la sociedad con su supervivencia y progreso para saber si obramos bien o mal, al fin y al cabo llegamos a los conceptos que de una forma abstracta teníamos ubicados como el bien y el mal, solo que con este marco teórico podemos aplicarlos con mayor objetividad y certeza.

Que nadie utilice esto para justificar los actos de homofobia, actualmente la población humana sobrepasa los siete mil millones de habitantes, la reproducción no es un factor que ponga en riesgo nuestra supervivencia, sin embargo la destrucción del medio ambiente sí, e incluso, seguir reproduciéndonos en masa también.

Al igual que somos una sociedad y necesitamos de los demás humanos para satisfacer nuestras necesidades, también vivimos en el planeta Tierra y convivimos con el resto de especies, en que en menor o mayor medida necesitamos, al igual que necesitamos la conservación de los distintos ecosistemas que engloban el planeta. Pero si no es por el hecho de necesitarles, se les debe respetar y conservar por el mismo hecho por el que tenemos que sobrevivir nosotros, porque en su código genético, al igual que en el nuestro, se establece un instinto de supervivencia, si nos basamos en ellos para sobrevivir nosotros, también nos debes servir para proteger al resto. Ningún razonamiento puede justificar la desaparición del resto de especies para seguir aumentando la población de la nuestra sin mesura.

Somos seres razonables y debemos razonar para alcanzar nuestros objetivos, no podemos seguir como hasta ahora, consumiendo el planeta sin reparar en las consecuencias. Para frenar ente rumbo que nos lleva a destruir nuestro planeta, por lo tanto el sustento y base de nuestra supervivencia, hay que cambiar el sistema. El sistema que pondera hoy, el sistema capitalista, es inviable en una sociedad que quiere proteger el medio ambiente ¿por qué? Porque el fin del capitalismo es la riqueza y progreso individual, esto solo conlleva que el progreso y avance externo a uno mismo, el progreso colectivo, solo se vea factible si va ligado a un beneficio propio. El sostenimiento de la especie, y del planeta no es un fin individual, sino colectivo, ya que si somos egoístas podemos augurar que los daños del planeta no nos van a afectar a nosotros de una forma determinante, sino a las generaciones futuras. El mantener el medio ambiente saludable no da un beneficio económico a ningún individuo, por lo tanto en este sistema su mantención es algo secundario y por lo tanto, a pesar de las leyes internacionales, no se hace apenas esfuerzo en cumplirlas y conservar nuestro planeta.

Se nos hace necesario un sistema en el que la economía sea planificada para evitar estos abusos, una economía que se planifique para no solo conservar nuestro planeta, sino que persiga un progreso social y humano sin efectos secundarios, que sea justo, estable y en el que abarque a todos sus habitantes. Sabemos por la teoría y la experiencia que esto es imposible en nuestro sistema capitalista, también tenemos la experiencia de otros países con economía programada en el que, por querer competir con países capitalistas, no se usó la razón que abogamos aquí y llevó a decisiones con consecuencias nefastas como en la URSS con el Mar de Aral o en China con el exterminio de los gorriones.

¿Hablamos de una utopía? No. Hablamos de una nueva forma de llevar una economía programada, una acorde al S. XXI y sus nuevas necesidades, una especie de Ecomunismo, y esto no lo digo solo yo, Joan Martínez Alier, catedrático de Economía y experto en ecología política también lo sostiene. Y podemos poner un ejemplo de ello, un país con economía programada que a pesar de su ubicación, a escasos kilómetros de Haití –país desolado por catástrofes naturales-, ha logrado, no solo que los daños por huracanes y otros sean lo menor posibles gracias a sus políticas, sino que además, según la ONG WWF, es el único país del mundo con desarrollo sostenible, hablamos de Cuba.

Cambiando nuestra mentalidad capitalista del progreso individual desmedido y devastador, y adoptamos una mentalidad de un progreso meditado, pensando en las consecuencias y en el bien común, un progreso que no suponga pan para hoy y hambre para mañana, podríamos lograr un planeta equilibrado y sostenible, que pudiera garantizar nuestra supervivencia y la de futuras generaciones.


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One thought on “El bien y el mal, del individuo a la sociedad

  • 24/04/2019 at 8:48 am
    Permalink

    dios es solo la energia qe esta en todo y nos ya qe la materia-cuerpo es energia
    asi debemos buscar la ecuanimidad qe no ns pmanipulen las emociones-etc inducidas o propias
    para mantener equilibrio tbn dieta sana solidaridad buenos pensamientos-acciones, afecto respeto etc

    Reply

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