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En cuestión de pensamiento económico, De Colins partía de la dualidad entre capital y trabajo, que era como la existente entre materia y alma
Por Eduardo Montagut | 17/06/2025
En los inicios del socialismo belga, además de la figura y obra de Jacob Kats, que hemos estudiado en otro trabajo, se encuentra un personaje que merece que nos detengamos en él. Nos referimos al barón Jean Hyppolite de Colins (1783-1859), miembro de una antigua familia de la nobleza. Se marchó a París con el propósito de estudiar en la Escuela Politécnica pero terminó haciéndose militar para servir a la República y a Napoleón. En tiempos de la Restauración se marchó a Cuba donde practicó la agricultura y la medicina. En la isla tuvo relación con un polifacético coruñés, Ramón de la Sagra. Al estallar la Revolución de 1830 regresó a Francia. También estuvo en Viena conspirando. En 1834 publicó la obra Pacto Social, donde comenzaron a perfilarse sus ideas. Partiendo del liberalismo, se pueden rastrear algunas premisas socialistas en un sentido reformista, especialmente cuando vincula la justicia social con la verdadera libertad.
Posteriormente, De Colins participó en las Jornadas de Junio de la Revolución de 1848, siendo encarcelado por ello. En 1856 publicará La economía política, fuente de las revoluciones y de las utopías que se pretenden socialistas. Después de su muerte vio la luz Sobre la justicia de la ciencia, fuera de la Iglesia y de la Revolución (1859).
De Colins partía de la filosofía para construir su pensamiento. Pretendía conciliar la inexistencia de Dios con la inmortalidad del alma. Era antimaterialista, y defendía la existencia del alma. Pero, además, defendió una filosofía de la historia basada en la defensa de la existencia de tres períodos o fases. En primer lugar estaría la época de la fe, luego la del escepticismo y, por fin la de la ciencia. En los primeros tiempos el hombre habría llevado una vida puramente material, donde no conocía sus derechos y estaba sujeto la ley del más fuerte y a la teoría religiosa de la obediencia. Pero gracias al progreso tecnológico, los hombres se habían librado de esas ligaduras y había emprendió una crítica profunda a las instituciones establecidas. Se llegaría al tercer período cuando el hombre hiciera prevalecer la razón sobre las opiniones y creencias.
En cuestión de pensamiento económico, De Colins partía de la dualidad entre capital y trabajo, que era como la existente entre materia y alma. Cuando la fe era el eje de la sociedad, en la economía imperaba el capital. Cuando cambiase la piedra angular de la sociedad y fuera la ciencia, entonces estaríamos en la hegemonía del trabajo. A la hora de promover la llegada de la ciencia aparecería lo que el definía como el socialismo racional. Sus ideas se condensaron en Socialisme rationnel, ou, Association universelle des amis de l’humanité, 1849 y en Qu’est-ce que la science sociale?, 1853 y 1854. Además, escribió Science sociale, 1857 (19 vols.), De la souveraineté, 1857 y 1858 (2 vols.) y De la justice dans la science hors l’église et hors la révolution, 1860. Por otro lado, puso en marcha la revista Philosophie de ‘lavenir. Revue internationale du socialisme rationnel (1875 – 1914).
Para el socialismo racional el orden no podía descansar más que sobre la fuerza o la razón. Si lo hacía por la fuerza no podía mantenerse más que por la violencia organizada y sistemática por parte del poder. Si lo hacía sobre la razón, se basaría en el consentimiento voluntario y reflexivo de todos. En el primer caso, como el orden era igual que la injusticia y la desigualdad era inestable, y susceptible de ser alterado a causa del descontento que generaba. En el segundo caso era estable. Los cambios y transformaciones que le podía afectar no hacían más que fortalecer su propia fortaleza, y eso era porque los progresos y mejoras serían el resultado de un esfuerzo “hacia algo más profundo que la razón misma”. Entre los seguidores del socialismo racional habría que citar a Adolphe Hugentobler, Louis de Potter, Agathon de Potter, Fernand Brouez, entre otros. De Colins fue partidario de terminar con el pauperismo mediante la socialización de los medios de producción. La propiedad debía estar en manos del Estado, aunque la gestión y organización debían estar en manos de organismos públicos muy autónomos o de comunidades locales, así como de cooperativas de trabajadores y particulares.
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