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Pintar para Laura es narrar: lecturas, música, amor, abrazos, playas, paseos en moto o paisajes de su mundo
Por Isabel Ginés | 20/08/2025
Leí hace poco unos fragmentos de “Éramos unos niños” de Patti Smith, un libro al que vuelvo siempre que necesito recordar por qué el arte importa. Patti escribe que el arte no es un adorno, sino una forma de supervivencia, una manera de sostener el mundo incluso cuando todo alrededor parece derrumbarse. Y pensé en Laura.
El arte, lo sabemos quienes lo sentimos de cerca, no es un pasatiempo ni un capricho. Es sacrificio, esfuerzo, intuición y también un don. Nacen algunos con esa sensibilidad que los hace ver colores donde los demás solo vemos hojas en blanco. Pero el talento por sí solo no basta: se necesita la obstinación de seguir, incluso cuando el mundo desprecia la belleza, incluso cuando nos dicen que “eso no da de comer”. El arte exige disciplina y entrega. Y Laura encarna esa fusión: sensibilidad, magia, color, pero también una ética de trabajo incansable. Laura Castelló ha hecho tanto que la pregunta no es qué ha creado, sino qué le queda por crear. Publicó “Queen” con Reservoir Books, una biografía ilustrada sobre los inicios del grupo, pensada para ser leída en familia; y ”Vestidas para la revolución”, editado por Lunwerg, un ensayo gráfico que demuestra que la estética y la moda no son un asunto superficial, sino un campo de resistencia y emancipación. Ha diseñado en multinacionales, ha pintado murales que transforman paredes grises en gritos de vida, ha ilustrado calendarios y cuadros que se vuelven parte de la memoria de quienes los contemplan.
Pero más allá de la obra publicada y visible, hay un trazo que la define: el de la espontaneidad, la naturalidad de la línea. Sus dibujos parecen hechos con la ligereza del aire y, sin embargo, tienen el peso de la autenticidad. Pintar para Laura es narrar: lecturas, música, amor, abrazos, playas, paseos en moto o paisajes de su mundo. La velocidad de su pincel no elimina el cuidado, sino que lo multiplica. Su obra transmite paz, alegría y, sobre todo, verdad.
Nos conocimos y entendí que hay personas que llegan a poner color en tu vida. Es dulce y siempre está para ti. Ella es la artista que admiro y de las que más admiro. Y no hablo solo de la paleta literal que maneja con destreza, sino del gesto humano de acompañar, de sostener, de hacerte ver que el arte también está en compartir un café, una conversación, un silencio lleno de sentido. Laura no espera que nadie escriba sobre ella, pero yo escribo porque me inspira. Porque ser artista, en un mundo que tantas veces desprecia el arte, es un acto de valentía.
El mundo sigue considerando el arte algo secundario, como si fuera prescindible. Muchas veces se arrincona a quienes pintan, escriben, cantan, interpretan. Y, sin embargo, ¿qué sería de nuestras vidas sin libros, sin música, sin imágenes? Lo indispensable es el arte: aquello que nos recuerda que seguimos siendo humanos. El arte no es evasión, es resistencia.
Defender el arte hoy es defender la posibilidad de una vida más plena y más digna. No se trata de ponerlo en un pedestal inaccesible, sino de reconocer su papel en la construcción de nuestras memorias y de nuestro presente. Los artistas, como Laura, nos recuerdan que sin belleza, sin creatividad, sin esa mirada que transforma lo común en extraordinario, el mundo sería más árido y hostil.
El arte es trabajo, pero también es regalo. Es lucha, pero también es consuelo. Y en tiempos en que todo parece medirse en rentabilidad inmediata, reivindicar a quienes crean es un deber. Porque cada trazo, cada mural, cada libro ilustrado es una forma de decirnos que aún hay esperanza.
El arte no es un lujo. Es una necesidad vital. Y mientras haya artistas como Laura, tendremos la certeza de que la vida seguirá teniendo color.
Laura pone color y ganas. Ojalá todos tuvieran un cuadro y una Laura en su vida. Ella hace del mundo más bueno con solo existir y menos oscuro.
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