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Un gobierno que se dice heredero de Chávez (aunque ya ni lo nombran) no puede asumir la tutela de Washington y vender que el mismo proyecto político sigue en pie.
Por Gabriela Rojas | 25/09/2026
El secuestro de Nicolás Maduro en enero de 2026 no fue únicamente un golpe militar por parte de una potencia extranjera contra un jefe de Estado. Posteriormente, los hechos han demostrado que determinados círculos muy cercanos al mandatario venezolano estaban esperando ese momento para hacerse con el control de Miraflores y tomar un rumbo totalmente entreguista. Desde entonces, la deriva de Delcy Rodríguez no admite ya la coartada del tacticismo ni la metáfora del mal menor. Lo que se ha desplegado en Caracas, con reformas legislativas, encuentros en Nueva York y un discurso de “cooperación estratégica” pronunciado a pocos kilómetros de la cárcel donde permanece el presidente legítimo, es una traición en toda regla. Se ha abandonado de manera deliberada el proceso bolivariano y se están entregando a marchas forzadas los sectores estratégicos del país al capital privado extranjero.
Durante años, el discurso oficial miró hacia Washington como al enemigo existencial: el imperialismo que asfixiaba, bloqueaba y conspiraba. Esa amenaza permitió estructurar alianzas políticas y aglutinar al pueblo en defensa de la soberanía, conformando una cierta identidad política de carácter antiimperialista. La realidad que vive actualmente Venezuela tras la agresión del 3 de enero es radicalmente distinta. La camarilla que hoy se encuentra instalada en el poder abraza al agresor y le entrega los recursos petroleros. Lo cierto es que el cipayo no estaba en la embajada de EE.UU sino en los círculos más cercanos del Presidente Maduro. Concretamente dentro del Palacio de Miraflores. Conocía los resortes del Estado y podía, llegado el momento de la traición, presentar la capitulación como un gobierno interino que trataba de dar continuidad al proceso a pesar de tener una pistola en la cabeza.
Pero los hechos se aceleraron y la realidad es cruda. No estábamos ante un tacticismo diplomático. Delcy Rodríguez no tenía ningún plan para salvar al proceso bolivariano. Sencillamente, asumió el cargo para liquidar el chavismo. Y lo que está llevando a cabo en estos momentos es una demolición desde dentro. Una ficción de diplomacia de paz y renacimiento nacional que no se sostiene por ningún lado teniendo en cuenta las medidas que se están tomando. La reforma de la Ley Orgánica de Hidrocarburos, impulsada y promulgada en las semanas posteriores a la agresión estadounidense, rompió el esquema que reservaba a la República el mando operativo y la mayoría en las empresas mixtas; permitió contratos directos, mayor autonomía para operadores privados y un régimen pensado para fomentar el despliegue de capital foráneo, precisamente lo que el chavismo había denunciado históricamente como un instrumento de despojo. Poco después, la nueva ley de minas abrió el oro y los minerales estratégicos a compañías extranjeras, con plazos de concesión de hasta treinta años y prórrogas que convierten el subsuelo en un activo negociable para consorcios que no responden al pueblo venezolano, sino a sus accionistas.
El pacto petrolero anunciado con Estados Unidos —acceso privilegiado a una porción enorme de las reservas, inversión prometida a cambio de un control efectivo sobre campos del Lago de Maracaibo y la Faja del Orinoco— completa el bochornoso cuadro. Quien todavía crea que todo esto responde a una maniobra para ganar tiempo es que no se está enterando de nada.
Un gobierno que se dice heredero de Chávez (aunque ya ni lo nombran) no puede asumir la tutela de Washington y vender que el mismo proyecto político sigue en pie. La demolición del proceso llega desde dentro, con gacetas oficiales, votaciones unánimes en una Asamblea dócil y la naturalidad con la que se agradece al agresor imperialista que secuestró al presidente legítimo del país.
Hay, además, una dimensión moral que el lenguaje diplomático no logra disimular. Rodríguez llegó a la ONU “de pie, caminando, frente en alto”, escuchó a Trump llamar dictador y criminal a Maduro y, en lugar de romper la escena, selló el encuentro y habló de fortalecer la relación bilateral. Esa secuencia no es realpolitik, es la aceptación pública de que se ha entregado y sacrificado a Nicolás Maduro.
El proceso bolivariano, con todas sus contradicciones, se sostuvo sobre una promesa elemental: que Venezuela no volvería a ser un enclave extractivo administrado en función de intereses externos. Esa promesa ha sido liquidada bajo el gobierno interino de Delcy Rodríguez, quien ha aprobado leyes que dejan de proteger el control nacional sobre lo estratégico y pasan a garantizar seguridad jurídica al capital extranjero. Presentar ese viraje como habilidad táctica es insultar la inteligencia de quienes pagaron el costo de las sanciones, de la escasez y de la polarización en nombre de una soberanía que ahora se subasta por lotes.
En Venezuela, esta camarilla de traidores que ahora se encuentra al mando de Miraflores, denunciaban tiempo atrás al imperialismo pero ahora aseguran que se puede ir de la mano con él. Y eso, queridos amigos, no tiene ni un ápice de tacticismo, es sencillamente una asquerosa traición al chavismo.
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