Corina Machado: abrazarse a un saco vacío

La señora Corina Machado -como afirmó Trump con esa rotundidad canalla que es propia de su estilo: no es lider de nada. En España no hay exiliados.

Por Lucio Martínez Pereda | 23/04/2026

Venezuela ya es un protectorado de EEUU. Desde el secuestro de Maduro es un protectorado de facto bajo la órbita estadounidense, tal y y como lo demuestra la arquitectura silenciosa de su dependencia económica, la mediación constante de intereses norteamericanos y la domesticación de su margen de decisión política.

La señora Corina Machado -como afirmó Trump con esa rotundidad canalla que es propia de su estilo: no es lider de nada. En España no hay exiliados. La palabra “exiliado” arrastra un peso histórico y moral que no puede ser utilizado con ligereza. La categoría de “exiliado” funciona como una etiqueta moral que otorga densidad política a toda salida del país. El exilio implica persecución directa, imposibilidad de retorno y una ruptura traumática con el país de origen. Muchos de estos ciudadanos han salido en busca de oportunidades económicas, educativas o simplemente de estabilidad. Persistir en llamarlos exiliados es una forma de instrumentalización simbólica, donde el sujeto migrante queda atrapado en un relato útil para determinadas narrativas políticas: si hay exiliados hay oposición y liderazgo. Pero no hay nada de eso. Corina Machado es un saco vacio por dentro: está lleno de aire.

Corina Machado se ha profesionalizado en la construcción de un personaje que no existe.

Corina es líder de sí misma, o mejor dicho, es líder de la nada. El PP y Vox aún no han caído en la cuenta de que, abrazándose a Corina Machado, se están abrazando a un fantasma. Machado ya es únicamente un producto de marketing político vacío. Pero al PP la realidad le importa bien poco. Pese a su vacío, la señora Machado ha sido convertida en una pieza de utilería propagandística, un fetiche importado, un recurso escénico que permite convertir la no realidad venezolana en un espejo deformante donde proyectar la política española.

En ese sentido, Corina Machado no es tanto una líder política como una ficción funcional. Ha logrado algo más sofisticado que la mera supervivencia: ha construido un personaje desligado de cualquier correlato real. Corina ya no necesita Venezuela: le basta con su representación de Venezuela. Es, en términos estrictos, una simulación. El fenómeno no es nuevo: la conversión de la política en una dramaturgia donde los actores sobreviven con un nuevo guion. Corina funciona como un significante disponible, listo para ser insertado en cualquier relato. Machado ha dejado de hablar en nombre de una sociedad concreta para hablar en nombre de una abstracción moral: “la libertad”, “la democracia”, “la lucha”. Palabras vaciadas de contenido, convertidas en mercancía cursi y discursiva exportable a los votantes de la derecha española.

El Partido Popular ha encontrado en ella una solución “abstracta” de bajo coste. Venezuela se convierte así en un decorado portátil, una escenografía de cartón piedra donde representar de forma barata una batalla propagandística. Pero hay un riesgo: cuando el fetiche se desimboliza y se emancipa completamente de la realidad, corre el riesgo de volverse contra quienes lo utilizan. Abrazarse a Corina Machado es, en última instancia, abrazarse a una ausencia.

Se el primero en comentar

Dejar un Comentario

Tu dirección de correo no será publicada.




 

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.