De Afganistán a Białowieża: refugiados, fronteras y memoria

Utilizar el discurso de la geopolítica y de la seguridad de los estados y sus fronteras es una forma muy eficaz de oscurecer las realidades que sufren quienes huyen de la guerra, la persecución religiosa y la violencia de género

Por Olmo Masa

Esta semana ha sido aprobado en el Parlamento polaco el estado de emergencia en los voivodatos de Podlaskie y Lubelskie, las dos regiones que hacen frontera con Bielorrusia. La razón es poner freno a la llegada de refugiados de Afganistán, Siria y otros países de Oriente Medio. Y de paso impedir que activistas y periodistas puedan acceder a la zona. En agosto de este año hubo más de 3.000 intentos por parte de personas refugiadas indocumentadas de cruzar dicha frontera. Las fuertes medidas de contención desplegadas en los Balcanes han hecho que la ruta de entrada a la UE a través de Bielorrusia gane en popularidad entre los migrantes. El gobierno ultranacionalista polaco del partido Ley y Justicia (PiS) se ampara, al igual que con la crisis humanitaria de Siria en 2015, en la defensa de su soberanía nacional y los valores cristianos para negar el derecho a entrar a los refugiados. Así mismo, afirma que el crecimiento en el número de llegadas de migrantes se debe a las acciones del gobierno bielorruso, apoyado por Moscú, alentando a los refugiados a cruzar a Polonia. Desde el gobierno polaco se esgrime este hecho como excusa para argumentar que, expulsando a las personas migrantes, Polonia está salvaguardando la frontera Este de la Unión Europea frente a la guerra híbrida que plantean Putin y Lukashenko.

La narrativa empleada por las autoridades polacas, y por las de Lituania y Letonia, que están emprendiendo medidas similares, nos suena de sobra. Utilizar el discurso de la geopolítica y de la seguridad de los estados y sus fronteras es una forma muy eficaz de oscurecer las realidades que sufren quienes huyen de la guerra, la persecución religiosa y la violencia de género, como nos demostraba el gobierno español hace no muchos meses en Ceuta. En el caso actual, el régimen bielorruso es el enemigo cuya amenaza hay que combatir, y las necesidades alimenticias, de cobijo y de seguridad de los refugiados no son más que una cortina de humo del problema real. Las maniobras militares el ejército ruso que empezarán cerca de la frontera polaca-bielorrusa este fin de semana no van a hacer sino reforzar el discurso securitario del gobierno polaco. Y si eso falla, siempre está la amenaza que representan personas cuya cultura y religión, nos dirán, vienen a acabar con la civilización europea.

En el pueblo polaco de Teremiski, a unos kilómetros de Bielorrusia, se encuentran atrapados desde hace ya varios días un grupo de más de 30 hombres y mujeres, fundamentalmente de Afganistán y Siria pero también de países como Egipto o Iraq, detenidos por las autoridades polacas al cruzar la frontera y transportados forzadamente a un campamento al que se prohíbe la entrada a los periodistas y civiles. La mayoría, al igual que otros muchos refugiados, tuvieron que esconderse en el bosque de Białowieża, contiguo a la frontera y no muy lejos del pueblo. Uno de los últimos vestigios del bosque primigenio que hace milenios recorría el continente europeo, los árboles y pantanos de Białowieża sirvieron de escondite forzado durante varias noches a quienes huían de la policía y autoridades fronterizas.

Desde el siglo XIX, como relata Simon Schama en Landscape and Memory, el paisaje del bosque de Białowieża había ocupado un importante lugar en la literatura de Polonia, y su imagen venía construyéndose como una alegoría central del nacionalismo polaco. Durante la ocupación alemana las poblaciones judías de la región fueron expulsadas y confinadas en guetos, y posteriormente enviadas a los sitios de exterminio. El jerarca del régimen nazi Hermann Göring se había procurado diversas villas y palacetes en la zona, y planeaba crear en el lugar el resort de caza más grande de Europa, lo que pasaba por expropiar y deportar a la población polaca y bielorrusa que aún vivía en las inmediaciones. Pero el entramado frondoso de Białowieża no representaba exclusivamente una imagen en que el nacionalismo polaco se proyectaba a sí mismo, ni sólo la posibilidad de cumplir el delirio utópico nazi de un jardín del Edén ario en el Este. Durante los años del Holocausto, los bosques de Białowieża sirvieron como lugar de escondite, refugio y tránsito a cientos de judíos y otras personas que huían de la persecución.

Lógicamente la realidad de los judíos que se escondían en el bosque era sustancialmente distinta e infinitamente peor a la que viven los refugiados de Oriente Medio. Pero en ambos casos, Białowieża ha servido como un espacio en el que encontrar cobijo provisional y burlar la vigilancia de las autoridades policiales y de seguridad fronteriza. Białowieża bien podría ser un lugar de memoria cuyo paisaje nos recordara las injusticias del pasado e hiciera pensar a los gobernantes las que están cometiendo en el presente.

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