Cultura de la nostalgia y ultraderecha

Orban, Trump , Johnson y Bolsonaro fomentaron la nostalgia en la década de 2010 para echar la culpa de la crisis económica del 2008 a los migrantes, la izquierda y los colectivos LGTBQ+.

Por Lucio Martínez Pereda | 23/07/2024

Al menos desde la irrupción de los fascismos en la década de los años 20 del siglo pasado sabemos que la nostalgia es el estado emocional apropiado para el crecimiento de identidades colectivas basadas en una interpretación mítica del pasado. La nostalgia ampara la reinterpretación de ese pasado en clave palingenésica y sirve de apoyo a los grupos de ultraderecha que se valen del sentimiento de incertidumbre ante el futuro para desarrollar sus propuestas políticas.

Amparados en el entretenimiento nostálgico los programadores de consumo de ocio ofrecen relatos de glorias pasadas, de pasados lejanos o pasados mediatos experimentados por sus consumidores. Ofrecen la reconstrucción en la ficción de momentos vitales en los que la vida aún no había iniciado su etapa de futuros inciertos, bien porque la niñez no se abría a la etapa de comprensión de los cambios, bien porque el marco político en el que se situaban esos recuerdos era el una dictadura que impedía los cambios y situaba las vidas en un ámbito ordenado por un esquema jerárquico.

Orban, Trump, Johnson y Bolsonaro fomentaron la nostalgia en la década de 2010 para echar la culpa de la crisis económica del 2008 a los migrantes, la izquierda y los colectivos LGTBQ+. La Inglaterra que votó el brexit fue objeto de una artera programación propagandística con los mitos nacionales de viejas glorias de cuando el país tenía un peso hegemónico en la política internacional. Bolsonaro convencía a los nacionalistas brasileños con su lema ‘Dios, familia y patria’ y Trump hizo lo mismo con su exitoso ‘Make America great again’.

El marketing de la nostalgia está lleno de cebos muy estudiados. Los grandes medios de comunicación disponen de datos suficientes para saber en qué episodios del pasado se pueden ubicar los relatos de ficción y los artefactos culturales con mayor potencialidad nostálgica, saben cuales son los contenidos que terminaran por convertirse en productos de consumo de la añoranza ,conocen qué pasados llevan a no pensar críticamente en el sufrimiento, a no percibir de las injusticias producidas en el presente.

La demanda de productos culturales que tienen como protagonista a la nostalgia es una querencia inconsciente: son productos que nos gustan y no sabemos a qué razón atribuirlo. La nostalgia está fortalecida por un sentimiento de profunda vinculación sobre el cual no acertamos a descubrir su origen.

La nostalgia permanece ajena al análisis y no puede ser desgastada por la autocrítica: ahí radica su vigor y su capacidad como motivación emocional de refuerzo de la toma de posturas políticas. Eso que llamamos fanatismo político es un intento por reconstruir un paraíso perdido donde se citan estas dos motivaciones mutuamente fortalecidas.

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