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Mbappé, Vinícius y Konaté aceptaron la prenda para no romper el protocolo y se la recogieron lo bastante como para no comprometerse con el mensaje.
Por Joaquín Castro | 18/09/2026
Antes del inicio del partido Elche-Real Madrid, ambos equipos salieron al Martínez Valero con una camiseta blanca que rezaba «Todos somos caballas». El lema pretendía ser un gesto de apoyo a Ceuta tras la entrada masiva de inmigrantes procedentes de Marruecos a finales de julio. Toda la plantilla merengue la lució excepto Kylian Mbappé, Vinícius Júnior e Ibrahima Konaté. Se la pusieron a medias, recogida hasta el pecho, de modo que el mensaje quedara incompleto. En cuanto acabaron los saludos, se la quitaron. El club lo despachó como una «decisión personal». Sin embargo, se desató la polémica por ese gesto.
Lo primero que hay que decir es que la idea de aquella camiseta no nació de la plantilla. Fue una iniciativa empresarial: la impulsó la Asociación Valenciana de Empresarios y se extendió a partidos disputados en la Comunidad Valenciana. El Real Madrid aceptó el gesto, respetando —según su versión— la libertad individual de cada jugador. Esa procedencia ya delata el problema. Un mensaje de solidaridad con una ciudad española bajo presión no debería llegar empaquetado por un lobby empresarial. Debería haber surgido de los propios futbolistas, si es que de verdad sentían algo por Ceuta. Que no lo hiciera la plantilla, y que el club se limitara a validar un acto ajeno, demuestra la falta de iniciativa y una solidaridad de cara a la galería.
Quien no está de acuerdo con un lema institucional tiene la opción de no salir con esa camiseta y explicar ante la prensa los motivos. Eso sería lo más coherente. Pero Mbappé, Vinícius y Konaté hicieron el ridículo. Aceptaron la prenda para no romper el protocolo y se la recogieron lo bastante como para no comprometerse con el mensaje. Un gesto descafeinado y tibio: ni rechazo abierto ni adhesión.
Ceuta vive las consecuencias del chantaje migratorio marroquí. La ciudad está desbordada, con una frontera instrumentalizada por Rabat y una clase trabajadora que paga el coste inmediato —servicios, seguridad, convivencia— mientras desde fuera se ven este tipo de gestos. Tres futbolistas multimillonarios, ajenos a esa realidad cotidiana, no son precisamente el termómetro moral del país en el que viven y cobran. Pueden tener la opinión que quieran. Lo que no pueden hacer es el ridículo.
Mbappé sí habló después de los hechos. Dijo que siente solidaridad con Ceuta y con «todas las víctimas», pero que también quería un pensamiento para los inmigrantes muertos y que no deseaba «priorizar sufrimientos». El problema no es reconocer que hay sufrimiento en más de un lado. El problema es usar esa fórmula para justificar un gesto a medias, cuando ni él ni sus compañeros habían dicho una palabra pública sobre Ceuta desde finales de julio cuando estalló la crisis. Si el apoyo a los ceutíes y la denuncia de la instrumentalización de migrantes por Marruecos fueran sinceros, se habrían formulado con claridad, no con una camiseta recogida y una rueda de prensa a posteriori.
Solidarizarse con el pueblo de Ceuta no es negar que haya personas usadas como ariete político. Es precisamente lo contrario: nombrar a quién presiona la frontera, a quién la sufre en la ciudad y a quién queda reducido a una cifra. Las medias tintas sirven a quien no quiere mojarse.
Los futbolistas de élite no están obligados a ser militantes. Están obligados, si aceptan el escenario y el sueldo, a no disfrazar de profundidad lo que es evasión. Quien no quiere la camiseta, que no se la ponga. Quien se la pone a medias, que no pida después que se le lea como alguien comprometido. En Ceuta no hay tiempo para esa cobardía calculada. Y menos cuando llega de quienes, hasta ahora, solo han defendido con consistencia su propia billetera.
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