Banderas rojas

En determinados ambientes de izquierda, mencionar la cuestión nacional obliga a pasar por una aduana ideológica.

Por Dani Seixo | 25/10/2026

Hay que reconocerle al Movimiento Socialista (MS) cierta habilidad escenográfica y una capacidad innegable de movilización en un contexto en el que ninguna mano antifascistas está de más en nuestras calles. Y eso, compañeros, es algo que no deberíamos perder de vista. En pocos años han conseguido levantar un discurso que se presenta como superación del sectarismo, el reformismo y de las miserias habituales de la izquierda institucional. Habla de coyuntura, bloques, correlación de fuerzas y no sé cuántas sutilezas estratégicas con el aire grave de quien acaba de descubrir que el capitalismo existe y que, por desgracia, no piensa morirse esta semana.

En plena decadencia imperial, cuando el edificio cruje y los administradores del desastre se disputan las llaves del sótano, el Movimiento Socialista comparece ante nosotros con una receta que pretende ser nueva: construir un tercer bloque sin molestar demasiado a los dos primeros. En estos tiempos, donde cualquier concejal se disfraza de estadista y cualquier derrota se vende como una fase superior de la conciencia, puede que sea suficiente con que alguien quiera discutir la estrategia.

Hay algo muy propio de cierta literatura política, uno termina de leerla con la sensación de haber asistido a una reunión importantísima en la que, sin embargo, nadie ha abierto la ventana. Todo está en su sitio, las categorías encajan, en cierta medida el horizonte se amplía y la historia parece dispuesta a obedecer. Después sales a la calle, te encuentras con el precio del alquiler, un colega que lleva tres años encadenando contratos basura y una familia que tiene a media descendencia emigrada. En ese momento, el mundo vuelve a ser ese lugar bastante menos ordenado del que hablaban los libros.

La Nueva estrategia socialista, impulsada por el MS, quiere intervenir en una discusión necesaria, la de cómo reconstruir una estrategia revolucionaria, cuando las viejas certezas organizativas ya no bastan y el capitalismo parece capaz de convertir cada derrota en una nueva oportunidad de negocio. La ambición se agradece. Lo que no puede darse por supuesto es que una estrategia sea acertada porque formule preguntas grandes, ni que su escala internacional la libre de responder a las pequeñas, concretas y bastante incómodas. Leída desde Galiza, la cuestión es sencilla de plantear y difícil de esquivar, ¿qué lugar ocupa aquí la nación y qué hacemos con ella cuando deja de ser una palabra en un documento y se convierte en una relación material de poder?

Nuestra tierra, Galiza, no es un decorado donde la lucha de clases sucede con acento propio. Se trata un país subordinado económica y políticamente, integrado en un Estado que no es neutral y en una división del trabajo que condiciona qué producimos, quién se queda el valor y qué futuro podemos construir. La emigración, el envejecimiento y el vaciamiento de comarcas enteras no son desgracias meteorológicas, ni encajan de forma orgánica en bonitos marcos preestablecidos. Y la lenta y progresiva extinción del gallego no es una extravagancia cultural que pueda dejarse para cuando hayamos resuelto las supuestas contradicciones verdaderamente importantes. Todo esto tiene historia, responsables y consecuencias para nuestro clase y nuestro pueblo. Si la juventud tiene que marcharse para encontrar un trabajo decente, si buena parte de la economía depende de decisiones tomadas en Madrid y si la lengua propia retrocede en ámbitos fundamentales de la vida cotidiana, no estamos ante una suma de problemas separados. Estamos ante una forma concreta de dependencia.

Y aquí empieza el lío. En determinados ambientes de izquierda, mencionar la cuestión nacional obliga a pasar por una aduana ideológica. Hay que demostrar que uno no es nacionalista burgués, que no pretende distraer a la clase obrera de sus intereses y que comprende, por supuesto, que la independencia no acabará con la explotación de la clase obrera de su nación. Todo eso puede ser cierto y, aun así, servir para levantar una barrera muy conveniente, la que permite hablar de emancipación universal sin tocar las condiciones particulares que impiden a un pueblo decidir sobre su propia vida. La burguesía gallega existe, claro, aunque cabría preguntarse a qué intereses concretos responde. Pero de ahí no se deduce que la subordinación nacional sea imaginaria, ni que combatirla equivalga a ponerse al servicio de los empresarios. Entre el regionalismo de salón y el desprecio cosmopolita hay un campo de batalla político que convendría no regalarle a nadie.

Lenin o Engels entendieron perfectamente que el internacionalismo no podía construirse obligando a los pueblos sometidos a confiar ciegamente en el Estado que los sometía. Reconocer el derecho de autodeterminación no significaba convertir cada frontera en una solución mágica, sino combatir una desigualdad política que envenena la unidad de clase. La solidaridad entre trabajadores no se puede decretar desde arriba, ni se fabrica pidiendo a un pueblo que guarde silencio ante sus agravios para no incomodar bonitas disquisiciones revolucionarias trazadas en papel con escuadra y cartabón. Se logra construir cuando la unión es libre, cuando nadie tiene que renunciar a decidir para demostrar que es suficientemente internacionalista. De lo contrario, la palabra «internacionalismo» corre el riesgo de perder su esencia, convirtiéndose únicamente en una manera elegante de universalizar la experiencia nacional de quien ya ocupa la posición dominante.

Por eso la pregunta para el Movimiento Socialista no es si debemos superar los límites de las organizaciones nacionales, ni si hace falta coordinación internacional. Evidentemente. El capital no pide permiso en las fronteras y el patrón puede tener la sede en Madrid, los accionistas en Londres y la fábrica en cualquier rincón donde los salarios precarizan al extremo la vida de la clase trabajadora. La respuesta obrera tampoco puede encerrarse en un mapa pequeño, ni levantar muros ante las experiencias compartidas. Pero una cosa es coordinar luchas y otra muy distinta imaginar que la escala internacional resuelve por sí misma las asimetrías entre los pueblos que participan en ella. ¿Cómo se decide la estrategia común? ¿Qué autonomía tienen las organizaciones nacionales? ¿Quién determina las prioridades cuando las necesidades de un centro industrial y las de un país dependiente no coinciden? ¿Qué mecanismos impiden que la unidad termine significando mera obediencia?

No son preguntas administrativas. Son preguntas sobre el poder. Y también sobre la posibilidad de que una organización que nace para combatir la dominación reproduzca, sin querer o con toda la buena intención del mundo, sus mismos hábitos. Un centro que fija una línea férrea, una periferia que la aplica y una explicación teórica para justificar por qué las contradicciones de la periferia pueden esperar de nuevo a un momento más adecuado. Y es que la historia política está llena de organizaciones que proclamaban la emancipación de la clase obrera, mientras descubrían, con sorprendente facilidad, que la clase obrera siempre tenía que hacer lo que fijaba la dirección.

El socialismo no puede importarse como una maquinaria en una caja y tampoco la liberación nacional goza de sentido si no logra transformar las relaciones sociales. No hace falta convertir estas certezas en estampitas a las que idolatrar cerrando cualquier posible diálogo entre nosotros. Ninguna revolución parte de un punto cero, ninguna sociedad es una página en blanco y ninguna clase lucha fuera de la historia concreta que la ha formado. En el caso gallego, esto significa pensar conjuntamente la explotación laboral, la dependencia económica, la emigración, la lengua y el derecho a decidir. No porque sean asuntos idénticos, sino porque se cruzan en la vida de la gente. Ni nuestra lengua es una pieza de museo, ni la nación es un sentimiento flotando por encima de las clases. Son terrenos donde se ejerce poder y donde también se puede organizar resistencia.

Y aquí la cuestión vuelve al principio. Una estrategia internacionalista digna de ese nombre tiene que explicar cómo se articula la solidaridad entre pueblos sin borrar sus diferencias, una estrategia socialista tiene que explicar quién controla la producción y cómo se impide que el partido sustituya a la clase. Una estrategia revolucionaria tiene que demostrar cómo se pasa de la denuncia a la capacidad efectiva de transformar las condiciones de vida. También tiene que aceptar que los pueblos no son unidades intercambiables en un tablero y que una organización no se vuelve internacionalista por añadirle adjetivos a su nombre.

Desde Galiza, la tarea concreta no consiste en escoger entre encerrarse en sí misma y disolverse en una abstracción internacional. Consiste en construir una fuerza propia, arraigada en la clase trabajadora de nuestro país, capaz de disputar la dependencia económica y política y de enlazar esa lucha con la de otros pueblos. Una fuerza que entienda que la soberanía sin transformación social puede acabar en manos de los de siempre, pero que la transformación social sin capacidad de decisión nacional puede dejar intactos algunos de los mecanismos que reproducen nuestra subordinación.

Castelao habría reconocido enseguida el truco de llamar «movilidad» a la emigración, «dinámica demográfica» al vaciamiento del país y «cambio sociolingüístico» a la retirada del gallego. Las palabras técnicas tienen esa virtud, permiten describir una casa en llamas sin mencionar el fuego. La teoría política también puede hacer algo semejante cuando convierte las contradicciones reales en problemas secundarios, aplazables hasta que llegue el momento adecuado en un futuro incierto. El inconveniente es que ese momento suele no llegar nunca.

Ningún pueblo se libera renunciando a decidir, ninguna clase se emancipa delegando indefinidamente su poder y ninguna estrategia se vuelve revolucionaria por llamarse nueva. El internacionalismo empieza cuando la solidaridad deja de ser una orden y se convierte en una relación entre iguales. Y el socialismo, si quiere dejar de ser una promesa que se repite de derrota en derrota, tendrá que aprender a caminar con los pies llenos de barro. Aprender a pisar el suelo que bajo nuestros pies abraza las futuras semillas de victoria.

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