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La humanidad es la capacidad de reconocer en el otro a un semejante, incluso cuando ese otro no tiene papeles, no tiene recursos y no tiene poder.
Por Isabel Ginés | 24/12/2025
Lo ocurrido en Badalona tras el desalojo del antiguo instituto B9 no puede despacharse como un episodio puntual ni como una consecuencia inevitable de la gestión urbana. Estamos ante un hecho de profunda gravedad ética que interpela a las instituciones, a la comunidad local y a una sociedad que, en pleno invierno, ha aceptado como normal que seres humanos duerman a la intemperie mientras se bloquean soluciones mínimas de emergencia.
El desahucio colectivo del B9 dejó sin techo a cerca de cuatrocientas personas migrantes. Durante días, muchas de ellas durmieron bajo un puente, expuestas al frío y a la lluvia. Ante esa situación, las entidades sociales y la Generalitat acordaron una medida excepcional y limitada: permitir que quince personas especialmente vulnerables pudieran dormir por la noche en una parroquia. No se trataba de una acogida permanente, ni de una ocupación, ni de una cesión indefinida de espacio. Era una respuesta estrictamente humanitaria para evitar un daño mayor.
La reacción fue impedirlo. Un grupo de vecinos se concentró frente a la parroquia, profirió consignas racistas y bloqueó la llegada de material básico como colchones. Ante la tensión y el riesgo de enfrentamientos, la acogida fue suspendida. Esa noche llovía. Y esas personas regresaron a la calle.
El alcalde de la ciudad, Xavier García Albiol, acudió al lugar y prometió iniciar negociaciones al día siguiente. Pero el hecho ya estaba consumado. La política volvió a llegar tarde, y la humanidad fue aplazada.
Desde cualquier ética mínimamente coherente, lo ocurrido resulta difícil de justificar. Desde una perspectiva cristiana, es directamente incompatible con el núcleo del mensaje evangélico.
Desde la perspectiva bíblica, el hecho resulta especialmente grave. El Evangelio no presenta la atención al necesitado como un gesto opcional ni como una virtud extraordinaria reservada a unos pocos. “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí”. Y ante la sorpresa de quienes preguntan cuándo ocurrió todo eso, la respuesta es definitiva: “En verdad os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos hermanos míos, aun a los más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25,35-40).
El texto no habla de intenciones ni de discursos. Habla de acciones concretas: dar, acoger, cubrir, visitar. Y establece una identificación radical entre el necesitado y Cristo mismo. Negar refugio al forastero no es solo una falta de solidaridad, es una negación directa de esa identificación.
El Antiguo Testamento refuerza esta exigencia sin ambigüedad. El libro del Levítico establece: “El extranjero que reside con vosotros será para vosotros como uno nacido entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo” (Levítico 19,34). No se trata de tolerar al otro, sino de reconocerlo como igual. No hay jerarquía moral entre quien pertenece y quien llega.
Los profetas, además, advierten contra la religiosidad vacía que convive con la injusticia. Isaías es especialmente contundente: “Aprended a hacer el bien, buscad la justicia, defended al oprimido” (Isaías 1,17). No hay culto legítimo cuando se abandona al vulnerable. No hay fe auténtica cuando se normaliza el sufrimiento evitable.
Esta tradición bíblica fue asumida y desarrollada por quienes, a lo largo de la historia, han reflexionado con radicalidad sobre la dignidad humana. San Basilio el Grande escribió: “El pan que guardas pertenece al hambriento; el abrigo que conservas en tu armario pertenece al desnudo”. La frase no apela a la caridad sentimental, sino a la justicia. Lo que no se comparte cuando es necesario se convierte en una forma de desposesión.
Hablar de humanidad no es recurrir a un concepto abstracto o emocional. La humanidad es la capacidad de reconocer en el otro a un semejante, incluso cuando ese otro no tiene papeles, no tiene recursos y no tiene poder. Es entender que la dignidad no depende de la legalidad administrativa ni del clima social, sino de la condición humana misma. Cuando esa evidencia se pierde, el otro deja de ser un sujeto y pasa a ser un problema.
La falta de humanidad rara vez se presenta como crueldad explícita. Suele adoptar formas más aceptables: la normalización del abandono, la apelación al orden, el aplazamiento de la ayuda, la idea de que hay sufrimientos inevitables. Pero nada hay de inevitable en dejar a personas bajo la lluvia cuando existe un espacio disponible para protegerlas, aunque sea por una noche.
Las entidades sociales como Cáritas y Cruz Roja actuaron conforme a su función ética: preservar la vida y la dignidad cuando estas están amenazadas. Que su actuación fuera bloqueada por la presión vecinal y por la falta de una respuesta institucional clara evidencia una crisis más profunda que cualquier problema de convivencia: una crisis de humanidad.
La humanidad no se mide por los valores que se proclaman, ni por las tradiciones que se invocan, ni por la identidad que se dice defender. Se mide por lo que se hace cuando el sufrimiento ajeno está delante y puede aliviarse de inmediato.
En Badalona no se negó una solución compleja ni un proyecto a largo plazo. Se negó algo mucho más básico: un refugio nocturno en pleno invierno. Esa decisión no es neutra. Es una decisión moral.
Cuando una sociedad acepta que dejar a personas vulnerables bajo la lluvia es una opción legítima, ha cruzado una frontera peligrosa. Ya no se trata de gestión, ni de seguridad, ni de legalidad. Se trata de decidir quién cuenta y quién puede ser descartado. Y en ese punto, la Biblia, la tradición cristiana y cualquier ética verdaderamente humana coinciden sin fisuras: negar cobijo al más pequeño es negar nuestra propia humanidad.
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