Anna López: ‘En un mundo saturado de información e incertidumbre, la gente busca respuestas fáciles’

Foto: Kike Taberner

Entrevistamos a Anna López, doctora en Ciencias Políticas por la Universitat de València, licenciada en Periodismo y profesora en la Universidad Internacional de Valencia, sobre su libro «La extrema derecha en Europa», publicado por la prestigiosa editorial Tirant lo Blanch. 

Por Lucio Martínez Pereda | 29/06/2025

Anna López es doctora en Ciencias Políticas por la Universitat de València, licenciada en Periodismo y profesora en la Universidad Internacional de Valencia. Es especialista en el estudio del auge de la extrema derecha en Europa y España, autora del libro “La extrema derecha en Europa” y directora del Máster en Comunicación y Marketing Político en la VIU. Además, colabora como analista en medios de comunicación y sus líneas de investigación incluyen la extrema derecha, delitos de odio y análisis electoral.

En “ La extrema derecha en Europa” (Editorial Tirant, 2025) analizas la extrema derecha europea desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta la actualidad. Partes de la premisa de que la extrema derecha nunca desapareció tras 1945, sino que permaneció latente y reaparece en el siglo XXI, logrando pasar de la marginalidad al centro del sistema democrático. Identificas las causas de ese auge: el abandono de las políticas redistributivas socialdemócratas, la incapacidad para canalizar el malestar social derivado de ese abandono, el rechazo a los avances en los derechos de mujeres y personas LGTBI, así como el desencanto hacia la política tradicional y su falta de respuestas ante nuevas incertidumbres. En tu obra explicas cómo la extrema derecha ha adaptado su discurso para ganar respetabilidad y ampliar su base electoral. Han mezclado neoliberalismo con proteccionismo y subsidios. Además libran una guerra cultural que redefine los límites de lo políticamente aceptable y erosiona los consensos democráticos hasta ahora indudables. También señalas que las redes les han permitido superar su marginalidad consiguiendo extender la posverdad y discursos maniqueos de gran eficacia simplificadora. En este sentido dedicas un capítulo a la “generación neo-autoritaria”: jóvenes varones menores de 24 años que abrazan sin saberlo viejas ideas reaccionarias. La falta de memoria histórica unida a la eficacia propagandística del discurso ultraderechista han sido claves para producir confusionismo ideológico en este tipo de votantes que ven como nuevas, ideas “fascistoides” que ya tienen más de 100 años de existencia se re -instalan en el debate público y la conversación social. Pero en el libro también incluyes un recetario político para frenar a la ultraderecha : no pactar con ellos para evitar legitimarlos, recuperar un discurso económico inclusivo y políticas que reduzcan desigualdades, revitalizar los principios de los partidos tradicionales , alejarse del dogma neoliberal, y defender los valores democráticos con claridad evitando el mimetismo con postulados ultras. Saliendo de este contexto europeo tan pormenorizadamente analizado. ¿ Qué diferencias observas entre la ultraderecha española y la de otros países europeos? ¿Por qué España -pese al auge de Vox- sigue siendo una excepción en Europa en cuanto al poder alcanzado por la ultraderecha?

Es una pregunta fundamental que permite profundizar en las particularidades del caso español. Aunque la extrema derecha en España, con Vox a la cabeza, comparte muchas características transnacionales identificadas en el libro –la retórica anti-inmigración, el nacionalismo excluyente, la guerra cultural contra los avances en derechos, y el uso de las redes sociales–, existen matices.

Primero, la singularidad del franquismo. A diferencia de otros países, donde la extrema derecha tuvo que «reaparecer» tras el 45, en España, con una dictadura hasta 1975, mutó desde una posición de continuidad, aunque marginal. La Transición y el «pacto de olvido» también influyeron: por un lado, dificultaron una extrema derecha postfranquista fuerte, pero por otro, dejaron un caldo de cultivo latente sin una desfranquización profunda. Además, el PP actuó como un partido “atrapalotodo” de todo el espectro de la derecha.

Por último, el momento de la irrupción de Vox es posterior al de otras formaciones de extrema derecha en Europa (2013) pero no hay que subestimarlos. Por poner algunos ejemplos del proceso de normalización de las extremas derechas: el FPO nace en Austria en 1956 y han formado, desde entonces, solo dos coaliciones de gobierno con conservadores (ÖVP) en dos períodos 2000–2005 y 2017–2019 -en las ultimas elecciones de 2024 ha sido el partido más votado con casi el 29% de votos-; En Finlandia, Verdaderos Finlandeses, nace en 1995, obtiene resultados importantes en 2011 (19,1%,) y es diez años más tarde, en 2015 cuando entra al gobierno de coalición por primera vez (como socio menor) con otras dos formaciones de centro derecha, liberal y conservador (Keskusta y el Kokoomus).

Esto les ha permitido aprender y coordinarse de otras formaciones, adaptando sus discursos y evitando, al menos en un primer momento, los símbolos y expresiones más abiertamente extremistas —como ciertos elementos estéticos, un lenguaje violento o la negativa a aceptar la democracia. El objetivo ha sido ganar respetabilidad y parecerse más a los partidos tradicionales, para salir del aislamiento político, social y mediático. Marine Le Pen definió esta estrategia como «desdiabolización»: romper con el legado radical de su padre y hacerlo más atractivo para un electorado amplio. Incluso cambió el nombre a RassemblementNational y centró el mensaje en temas como la seguridad y la identidad, pero con un tono más institucional.

Pese al auge de Vox, España sigue siendo una «excepción» en cuanto al poder en el gobierno central. Esto se debe a la fragmentación del voto de derecha y a la polarización del sistema de partidos. La presencia de partidos regionalistas y la capacidad de la izquierda para formar bloques de gobierno dificultan que la ultraderecha sea un socio indispensable o mayoritario a nivel estatal, algo que sí hemos visto en otros países. La movilización antifascista también juega un papel, pero no siempre es un dique de contención lo suficientemente resistente para impedir su gobernabilidad.

Foto: Kike Taberner

Me voy a centrar ahora en la cuestión de la eficacia de la propaganda ultraderechista. Una vez ponen en circulación su habitual y estudiada combinación de bulos, insultos y falacias, los debates rigurosos sobre los problemas políticos pierden interés en la opinión pública: ¿por qué crees que esta estrategia propagandistica beneficia a la derecha y perjudica a la izquierda?

La estrategia de la ultraderecha es muy efectiva: inundan el debate público con bulos, insultos y falacias. Esto beneficia a la derecha radical y perjudica a la izquierda por varias razones.

Primero, la simplificación radical. En un mundo saturado de información e incertidumbre, la gente busca respuestas fáciles. Los discursos complejos de la izquierda, que buscan soluciones estructurales, son más difíciles de digerir. Los eslóganes y mensajes binarios —»nosotros contra ellos»— calan mucho más rápido, especialmente en redes sociales.

Segundo, la «guerra cultural». Al empujar constantemente los límites de lo políticamente correcto, la ultraderecha normaliza discursos antes marginales. Cuando dicen una barbaridad o lanzan una campaña publicitaria escandalosa (“recordemos el único cartel del metro de Madrid para elecciones de 2021, Un MENA, 4.700 euros al mes. Tu abuela, 426 euros de pensión al mes), no sólo buscan el impacto, sino que abren la puerta para que otros se acerquen a esos postulados. Esto obliga a la izquierda a reaccionar y defenderse, gastando energía en desmentir en lugar de proponer su agenda.

Finalmente, el fracaso de la izquierda en contrarrestar esto se debe a varios factores. Han llegado tarde y han subestimado a la extrema derecha como un actor político capaz de gobernar y condicionar la agenda. Durante mucho tiempo, se les vio como un fenómeno marginal, lo que impidió una respuesta temprana y contundente. Además, la izquierda a menudo se centra en la verificación de datos y el debate riguroso, lo cual es más lento y menos viral que un bulo. Por si fuera poco, los recursos económicos, la organización y las alianzas internacionales de la extrema derecha son muchísimo mayores, lo que les da una capacidad de propaganda y movilización que la izquierda no siempre iguala. En definitiva, esta estrategia no solo busca votos, sino deslegitimar el debate democrático, reemplazándolo por una contienda emocional donde el que grita más fuerte o difunde el bulo más impactante, parece ganar.

La ultraderecha- siguiendo la propaganda palingenésica ya empleada en la década de los 30 del XX -utiliza la nostalgia como “ arma política” y presenta como alcanzable en el futuro, un pasado idealizado – en el que la sociedad era homogénea, virtuosa y feliz- aunque ese pasado nunca existió. Creo que el franquismo es un elemento paradójico para la ultraderecha española: por un lado reactiva la nostalgia de la que se alimenta, pero por otro lado esa nostalgia frena sus posibilidades de crecimiento. ¿Coincides con esta opinión? , ¿cómo conecta el auge actual de la ultraderecha en España, especialmente de partidos como VOX, con los legados ideológicos del franquismo? ¿Qué papel juega la memoria histórica en el éxito del discurso ultraderechista entre la generación de votantes jóvenes varones?

Sí, el franquismo es una paradoja para nuestra ultraderecha. Por un lado, les sirve para activar esa nostalgia de un pasado idealizado, de «orden y unidad» que nunca existió para la mayoría. Esto conecta con quienes sienten descontento hoy porque lo encuentran como una solución. Pero, por otro, la identificación directa con una dictadura frena su crecimiento en un país que mayoritariamente optó por la democracia. Por eso, Vox evita el elogio explícito y opta por una «nostalgia difusa», evocando solo los «valores» de esa época sin defender sus crímenes.

La conexión del auge actual de la ultraderecha con los legados ideológicos del franquismo es innegable. Vox no surge de la nada; es el resultado de una rearticulación y actualización de viejas ideas reaccionarias que estaban latentes en el sistema político español y en un momento en el que España atraviesa una crisis identitaria por el Procés. El nacionalismo españolista excluyente, la defensa de la «unidad de España» por encima de todo, el anti-separatismo, el conservadurismo social (en contra del feminismo, los derechos LGTBI, el aborto), la crítica a la «ideología de género», el anti-comunismo/anti-izquierdismo exacerbado, y la exaltación del orden y la autoridad son todos ecos directos o indirectos de la ideología franquista, aunque presentados con un envoltorio moderno y adaptado a los tiempos actuales.

Y aquí la memoria histórica juega un papel crucial, especialmente con la «generación neo-autoritaria»: jóvenes varones menores de 24 años. La falta de conocimiento crítico sobre nuestro pasado, sumada a la eficacia de la propaganda ultra en redes, crea un vacío. En este vacío, la ultraderecha les vende como «nuevas» ideas reaccionarias de más de 100 años. Les presentan el feminismo como una «amenaza», la inmigración como una «invasión», o la diversidad como «decadencia».

Estudios recientes, como el Barómetro de la Juventud de FAD (2023), muestran un preocupante aumento de la intolerancia y el autoritarismo entre los jóvenes. Por ejemplo, un 40% de los jóvenes españoles cree que «la libertad de expresión no debería proteger ideas que ofendan a la mayoría», y más de un 25% considera que «un líder fuerte, que no tenga que rendir cuentas a nadie, es mejor que un parlamento».

También el «Informe Juventud en España 2024″del Ministerio de Juventud alertan de esta realidad: un porcentaje significativo de jóvenes españoles, por ejemplo, muestra una mayor tolerancia hacia discursos autoritarios o discriminatorios que generaciones anteriores. De hecho, el informe señala cómo la desinformación y el discurso de odio en redes sociales están calando especialmente entre los varones jóvenes, normalizando posturas que atentan contra la igualdad y la diversidad.

Esto demuestra cómo el confusionismo ideológico borra las líneas entre democracia y autoritarismo, vendiendo lo viejo como revolucionario y explotando la falta de referentes históricos.

Al hilo de la combinación de la reactivación de la palingenesia fascistoide y la introducción de estrategias de confusionismos ideológico me gustaría que hablásemos ahora de Frente Obrero, el partido neo jonsista y nazbol liderado por el vitriólico y agresivo Roberto Vaquero. Estoy pensando en la similitud que existe entre FO y la ultraderecha en estrategias propagandísticas y narrativas. Ambos recurren a una retórica simplista, apelando a un nacionalismo españolista nostálgico que idealiza un pasado mítico para movilizar afectos y resentimientos.

Frente Obrero sigue la estela Vox al emplear mensajes emocionales que asocian la inmigración con delincuencia y violencia, fomentando el miedo para justificar propuestas como la expulsión de inmigrantes o el cierre de fronteras. Utilizan estas tácticas propagandísticas de la ultraderecha, pero combinadas con una apariencia simbólica que mezcla elementos de izquierda y derecha, para captar a un votante joven ideológicamente ingenuo y de nula o muy escasa cultura política. Sostengo que, dada la incapacidad de este ruidoso y extraparlamentario partido para alcanzar representativad parlamentaria -en las últimas elecciones apenas consiguieron 50.000 sufragios repartidos entre todas las circunscripciones electorales – , su función es trasladar -por efecto del voto útil- esos sufragios a las candidaturas de Vox. Quiero someter esta interpretación a tu mirada analítica de politóloga ¿Coincides con ella?

Aquí hay un punto crucial. Frente Obrero, aunque pueda parecer distinto, comparte sorprendentemente muchas de las estrategias propagandísticas y narrativas de Vox. Ambos utilizan una retórica simplista, un nacionalismo españolista nostálgico que idealiza un pasado mítico, y mensajes emocionales que asocian la inmigración con delincuencia y violencia para generar miedo. Sus tácticas son, en esencia, las mismas.

Mi interpretación es que, a pesar de sus mínimas posibilidades de obtener representación parlamentaria, Frente Obrero cumple una función muy específica: la de un «traslado de sufragios» hacia Vox por el efecto del voto útil. Al situarse en una posición de radicalidad aún mayor, FO contribuye a que Vox parezca más «moderado» en comparación. Atraen a un votante joven, a menudo desengañado y con poca cultura política, que busca un mensaje contundente. Sin embargo, cuando llega el momento de votar, es muy probable que esos votos, buscando un impacto real, terminen en la candidatura de Vox, el partido de la extrema derecha con posibilidades de gobernar.

En definitiva, Frente Obrero actúa como un «laboratorio de radicalidad» y un «aspirador de descontento juvenil» que, en última instancia, beneficia al partido hegemónico de la extrema derecha, Vox, al empujar los límites del debate y, probablemente, redirigir un número significativo de votos en el momento clave de las elecciones.

Durante la pandemia la ultraderecha española intentó capitalizar el miedo a la enfermedad y la muerte para fortalecer su discurso. Vox y otros grupos de ultraderecha culparon al gobierno de coalición de la crisis sanitaria llegando incluso a exigir la formación de un gobierno de unidad nacional con intervención del Ejército. Utilizaron plataformas digitales para difundir mensajes que responsabilizaban al feminismo y al independentismo de los efectos de la pandemia, llegando incluso a hablar de “genocidio” y “traición”. Organizaron constantes protestas y caceroladas contra el estado de alarma. A pesar de esta frenética actividad, la ultraderecha no logró capitalizar la crisis del COVID y Vox retrocedió en las encuestas. Tras la devastación causada por la DANA en la Comunitat Valenciana y la caótica gestión de Mazón hemos visto como esta estrategia de intensificación de los pánicos morales volvía nuevamente a hacer acto de presencia.

Además, en esta ocasión, la derecha tradicional intentó normalizar la “ anti política “ llevando al gobierno en Valencia al general Gan Pampols, en un intento por desprestigiar las prácticas políticas democráticas. ¿ Estas de acuerdo en que la extrema derecha ha intentado rentabilizar electoralmente desde la etapa del COVID los malestares económicos y políticos? ¿Nos podías explicar las estrategias empleadas por la ultraderecha para consolidarse en Valencia desde que se convirtieron en el flotador político del señor Mazón?

La extrema derecha ha intentado rentabilizar electoralmente los malestares económicos y políticos desde la etapa del COVID-19, y antes, intensificando los «pánicos morales». La pandemia fue un campo de pruebas para estas estrategias. Vox y otros grupos ultras trataron de capitalizar el miedo a la enfermedad y la muerte para señalar al «enemigo interno» –el gobierno de coalición, el feminismo, el separatismo– como los culpables de la crisis, buscando generar caos y desconfianza en las instituciones democráticas. Su retórica apocalíptica de «genocidio» y «traición» buscaba deslegitimar por completo al ejecutivo y sembrar la idea de un «estado de excepción» que justificara medidas autoritarias, como la intervención del Ejército.

Sin embargo, como bien señalas, a pesar de su frenética actividad en redes y en las calles, la extrema derecha no logró capitalizar plenamente la crisis del COVID. En ese momento, la prioridad de la ciudadanía era la salud y la seguridad, y los discursos de odio y polarización extrema pudieron ser percibidos por una parte del electorado como contraproducentes o irresponsables. Vox no solo no creció, sino que retrocedió en algunas encuestas. Esto demuestra que la estrategia de la polarización extrema no siempre es infalible, y que existen momentos en los que la ciudadanía busca soluciones pragmáticas y consensuadas.

No obstante, la estrategia de intensificación de los pánicos morales ha vuelto a hacer acto de presencia, y con éxito, en otros contextos. La gestión caótica de eventos como la DANA o la percepción de crisis de seguridad, han sido aprovechadas para el mismo fin: señalar a los «culpables» y proponer soluciones autoritarias.

En cuanto a la Comunitat Valenciana y la estrategia de la ultraderecha para consolidarse desde que se convirtieron en el «flotador político» del señor Mazón, han logrado consolidarse a través de varias tácticas.

La principal es la normalización a través del gobierno. Su entrada en el ejecutivo ha sido fundamental. Vox ya no es un partido marginal; ahora toma decisiones y gestiona áreas de gobierno, lo que les da una visibilidad y legitimidad institucional inmensa.

Una vez dentro, ejercen una clara imposición de su agenda. Presionan al PP para implementar políticas regresivas en cultura, igualdad o medio ambiente. Aunque el PP intente «moderar» algunas propuestas, la necesidad de mantener el poder les obliga a ceder, y esto permite a Vox mostrar a sus votantes que están logrando cambios reales.
También están librando una intensa guerra cultural desde las instituciones. Intentan redefinir la memoria histórica, atacar el valenciano, o cuestionar consensos democráticos. La introducción de figuras como el General Gan Pampols no es casual; busca «despolitizar» la política, alimentando el hartazgo hacia la democracia y validando la «antipolítica» que la extrema derecha fomenta. Además, una vez en el poder, usan la administración pública para difundir sus mensajes, amplificando su alcance.

En resumen, la estrategia en la Comunitat Valenciana es «gobernar para radicalizar»: usar el poder institucional para implementar su ideología, normalizar sus discursos y ganar terreno en la batalla cultural, mientras siguen capitalizando el malestar social y económico.

Para finalizar: creo que la Comunitat Valenciana -donde desde 2023 gobierna una coalición entre el Partido Popular y Vox- es un territorio laboratorio en el que ensayar las medidas políticas de un hipotético gobierno estatal PPVOX. Los ejemplos de esta claudicación del PP ante Vox incluyen el acuerdo presupuestario que asume políticas ultraderechistas en inmigración y medio ambiente, la aprobación de una ley de costas que rebaja la protección ambiental, o la reforma de la ley de l’Horta, todas ellas con la impronta política de Vox y con el PP cediendo a la presión de los Asnos Salvajes (discúlpame esta expresión tan poco rigurosa) ¿Estás de acuerdo con esta afirmación o te parece un poco exagerada?

Absolutamente. No solo coincido con esa afirmación, sino que la Comunitat Valenciana es, sin duda, un laboratorio político de lo que podría ser un gobierno PP-Vox a nivel estatal. Aquí se firmó el pacto autonómico más rápido de España, con las mayores concesiones, y se asumió gran parte de la retórica de Vox, incluso más con ellos fuera del gobierno en el primer año de coalición que dentro. El sueño de Abascal de «orbanizar» España empieza aquí en Valencia.

Lo que estamos viendo es la clara adaptación del PP a las exigencias de Vox para poder gobernar. Los ejemplos son contundentes. En los presupuestos autonómicos, vemos la inclusión de políticas ultraderechistas en áreas como la inmigración y el medio ambiente, donde se flexibilizan normativas para favorecer intereses económicos sobre la protección ambiental. La Ley de Costas y la reforma de la Ley de l’Horta no son retoques menores; llevan la impronta ideológica de Vox y su visión desreguladora.

Pero va más allá de las leyes. La Comunitat Valenciana es un campo de batalla para la guerra cultural de Vox. Estamos presenciando censura de obras de teatro, ataques a la lengua valenciana, reescritura de la memoria democrática y la retirada de ayudas a entidades que promueven la diversidad. Esto no es solo obra de Vox; es un PP que, por acción u omisión, lo permite y lo asume.

Esta dinámica de un «PP obediente a Vox» nos preocupa enormemente. El PP, en su afán por mantenerse en el poder, está asumiendo y normalizando postulados ultras que antes, al menos públicamente, no defendía. Esto no solo legitima a Vox y sus ideas, sino que desplaza el centro de gravedad de la política española hacia la derecha radical. Las políticas y narrativas que se están ensayando en Valencia son un modelo a seguir, o a evitar, para el futuro de nuestro país.

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