El amor romántico y la subversión social de las mujeres

Por Susana Gómez Nuño

Aplicar la perspectiva de género a diferentes ámbitos y temáticas favorece la visibilidad de realidades que permanecen ocultas bajo el velo de la normalidad aplicada por la sociedad y las instituciones tradicionalmente patriarcales. Así pues, es de vital importancia hacer uso de esa perspectiva como herramienta analítica para desenmascarar todos aquellos procesos ligados al concepto de amor romántico que condicionan la subordinación de la mujer desde un punto de vista psicológico y antropológico.

La tesis principal propuesta en este artículo se basa en el amor sexual, romántico o pasional como promotor de la subordinación social de las mujeres, en un contexto social donde prima un sistema de heterosexualidad obligatoria y compulsiva. Aunque autores como Anthony Giddens abogan por el amor como un elemento democratizador y emancipador, debido a los cambios producidos en las formas de convivencia, como familias monoparentales, matrimonios homosexuales, etc., algunas autoras críticas siguen evidenciando las relaciones entre el amor y el ordenamiento desigual del mundo.

La psicología se ha ocupado del amor mucho más extensamente que otras disciplinas, sin embargo, esa materia ha contribuido a la subordinación de las mujeres, en tanto se las ha considerado seres emocionales sujetas a una socialización diferenciada. Las herramientas teórico-metodológicas proporcionadas por la psicología social y la antropología social han sido utilizadas para analizar y revisar algunas lecturas feministas sobre el amor y la subjetividad femenina, además de analizar la influencia del amor en el proceso de individualización de las mujeres.

El psicoanálisis y la psicología social establecen una socialización jerárquica que potencia rasgos psicológicos diferentes entre hombres y mujeres: una psicología de prepotencia para ellos y una de debilidad para ellas.

Partiendo del concepto de subjetividad entendido como “el modo en que las mujeres internalizamos, actuamos y reproducimos un conjunto de valores y actitudes que contribuyen a perpetuar las desigualdades respecto a los hombres”, se hace necesario analizar las condiciones internas potenciadoras de la hegemonía masculina y la subordinación femenina. Para ello, desde el campo del psicoanálisis y la psicología social, algunas autoras establecen una socialización jerárquica que potencia rasgos psicológicos diferentes entre hombres y mujeres: una psicología de prepotencia para ellos y una de debilidad para ellas, que implica, inevitablemente, una desigualdad genérica permanente.

La subjetividad de las mujeres se conforma con su adscripción al poder afectivo –en contraposición al poder racional de ellos– y, así, mediante sus relaciones íntimas construirán su identidad, dejando de lado sus propias emociones y centrándose en atender las necesidades de otros, que se erigirán como garantes de su amor. La importancia del amor de los otros en la construcción de la identidad femenina se suma a las desigualdades externas, propias de la sociedad jerárquica y patriarcal, que construyen la subordinación interna de las mujeres y generan, aun en la sociedad actual, los estereotipos que las relegan a la esfera doméstica.

La construcción de los estereotipos dicotómicos de género encuentran su explicación a partir de las categorías de hombre y mujer. Por ejemplo, en el estereotipo de mujer sumisa encontramos que las mujeres que no se ajustan a ese patrón –mujeres que desarrollan una carrera profesional o que ocupan cargos de responsabilidad en el ámbito laboral– constituyen grupos “desviados”, a menudo acusados de “descuidar a su familia”.

Así pues, podemos determinar que los roles sociales forman parte de los valores culturales y actúan como factor influyente en el comportamiento de las personas, perpetuándose, así, los tradicionales roles de género y las desigualdades que estos generan. Por otro lado, el paralelismo entre la pertenencia a un género y el desempeño de una actividad se hace evidente, en tanto la concepción de una mujer no es la misma si se dedica a las labores del hogar –considerada más sumisa– que si trabaja fuera de casa –más independiente–. Se evidencia, así, que las consecuencias de la desigualdad social en el grupo familiar están relacionadas con la aparición del vínculo subordinado, el cual coloca a las mujeres en una posición de carencia y necesidad, debido a la importancia del amor de los otros en la construcción de su identidad y por el miedo a desarrollar su propia individualización.

El peso del imaginario cultural es considerable: la necesidad de ser querida es tal, que la mujer accede a someterse y renuncia a una parte de ella misma para asegurar el amor del otro.

Desde la infancia, la niña observa la relación entre sus padres y, en un proceso que perpetúa el sistema patriarcal, priorizará encontrar una relación de pareja como lugar legítimo para cubrir todas sus necesidades afectivas. El peso del imaginario cultural es considerable: la necesidad de ser querida es tal, que la mujer accede a someterse y renuncia a una parte de ella misma para asegurar el amor del otro. No obstante, a medica que las mujeres son más conscientes de ese problema, inician un proceso de descubrimiento en el que reformulan la importancia de lo afectivo y modifican la forma de relacionarse con los otros y con ellas mismas. Aprenden a valorarse independientemente al hecho de ser queridas y se acentúa su proceso de individualización.

Es innegable que el amor todavía ocupa un lugar central en la vida de las mujeres, incluso para las más feministas, en tanto la cultura lo sitúa como núcleo de la configuración del individuo, sin embargo, se perciben ya ciertas tensiones entre amor y razón. La mujeres más formadas y sensibilizadas son conscientes de las desigualdades que provocan determinadas ideologías amorosas y se ejemplifica el reparto de tareas domésticas como elemento generador de tensiones que pone de manifiesto una igualdad inexistente. A pesar de que no se observa una ruptura de los esquemas dicotómicos tradicionales, lo cierto es que en algunas de sus experiencias, basadas en la comunicación y la negociación, parece vislumbrarse una posible igualdad entre géneros. El amor de pareja no es su única meta y contemplan una relación de amor sexual que conlleve igualdad y libertad. Las referencias y discursos alternativos recibidos en su educación les abren posibilidades distintas a lo hegemónico y, con el feminismo y la autosuficiencia económica como telón de fondo, aportan nuevas ideas que pueden propiciar el cambio social.

El establecimiento de una nueva cultura amorosa bajo la premisa de que el amor no es para toda la vida, la educación amorosa en la enseñanza reglada, la búsqueda de sistemas alternativos de convivencia que contemplen otros modelos de familia, la lucha contra el yugo de la heterosexualidad y la cultura machista, romper con los estereotipos y roles tradicionales que dejen de lado las luchas de poder y que incluyan a ese grupo de hombres antipatriarcales que abogan por el feminismo y ponen en cuestión la virilidad hegemónica y los modelos masculinos tradicionales, son algunas de sus aportaciones, las cuales ponen en cuestión el sistema patriarcal y conforman los cimientos donde asentar los principios para acabar con las desigualdades de género.

Por otro lado, existe cierta tendencia a una mayor reflexión crítica acerca de los efectos negativos del amor romántico en colectivos pertenecientes a determinados contextos sociales, culturales y políticos. Por ejemplo, una mujer joven, feminista, con estudios universitarios y que trabaja, será mucho más crítica con las connotaciones negativas derivadas de la cultura patriarcal que una mujer mayor, ama de casa y sin estudios.

El amor romántico se ha idealizado para promover una normalidad basada en una unión monogámica, heterosexual y con fines reproductivos. Sin la perspectiva de género, el sistema social y político consigue dos objetivos al mismo tiempo, por un lado, supone el triunfo de la represión sexual, según Freud, necesaria para evitar el caos social, y, por otro, favorecer la sexualidad reproductiva y la creación de grupos familiares homogéneos que reproduzcan el orden social establecido.

A pesar del feminismo imperante en la actualidad, el patriarcado se sigue imponiendo, en tanto la discriminación de la mujer se reproduce por sí sola, debido a la dependencia emocional femenina, provocada por la presión social ante la idea de que la mujer “debe” casarse. Esta dependencia, se erige, pues, como un mecanismo del patriarcado que refuerza la sujeción económica y política en la esfera de los sentimientos.

El amor romántico es un instrumento de control social sobre las mujeres, principalmente porque se nos inocula la idea de que somos incompletas e incapaces de ser autónomas, porque existe una media naranja hecha a nuestra medida, porque solo amando somos seres completos. Coral Herrera Gómez.

El individualismo es la base de un amor romántico que no cree en la lucha contra las injusticias y las desigualdades, tan solo busca evadirse, creándose así una utopía emocional basada en un equipo de dos integrantes en una relación complementaria y jerárquica, que no igualitaria, cuya máxima es consumir y emular la idea que nos venden las grandes producciones cinematográficas y los cuentos de princesas en los que el amor y la prosperidad económica van indisolublemente unidos.

Esto puede resultar creíble porque algunas mujeres han logrado una buena posición social mediante el matrimonio. No obstante, algunos estudios sociológicos revelan que la verdadera emancipación de la mujer se produce cuando toma conciencia de su poder real, al separarse o enviudar, constituyéndose como una poderosa fuerza social en Occidente, en tanto se muestra que esas mujeres, con gran poder adquisitivo, experiencia, buena salud y círculos sociales amplios, no “necesitan” ya un hombre, con lo que la relación con ellos es más igualitaria y libre.

 El amor romántico puede parecernos un valor ideal, puro, hermoso e irracional, sin embargo, no deja de ser fruto de nuestro imaginario cultural, el cual no percibe al individuo al margen del amor sexual. Desde el análisis de la psicología social, es un amor basado en la renuncia de uno mismo a favor del otro que promueve relaciones desiguales. Por otro lado, el psicoanálisis unido a la perspectiva feminista nos ha permitido incorporar el concepto de vínculo subordinado, factor clave para entender las condiciones internas en las que se produce la subordinación.

Gracias a la aplicación de la perspectiva de género podemos visibilizar la doble dimensión del amor, en tanto se erige como arma de control social –correspondiente al  amor institucionalizado, el matrimonio– y como elemento transgresor y subversivo –correspondiente al amor emocional, subjetivo y revolucionario– que, al no poder ser controlado por la maquinaria del poder, se alza como una amenaza para el orden establecido. Se advierten, también, las dificultades de establecer una relación amorosa igualitaria mientras la estructura patriarcal siga manteniendo sus jerarquías, ya que el amor debería establecerse desde la libertad, no desde la necesidad. Es necesario, pues, fomentar relaciones sexuales y afectivas basadas en la igualdad, el respeto y la libertad,  y que se alejen de los posicionamientos dicotómicos dominador/dominado.

En definitiva, podemos afirmar que la perspectiva de género como herramienta analítica aplicada al amor romántico evidencia la subordinación de la mujer que este lleva implícita, y que puede actuar como elemento potenciador de la discriminación, la desigualdad e, incluso, la violencia de género. Nos hace visibles los aspectos negativos del amor que, vendido como una utopía alcanzable, se muestra como una herramienta de control social que perpetúa las desigualdades estructurales mediante la cultura y la economía, a la vez que forja las relaciones amorosas en base a la necesidad que genera la dependencia emocional femenina, coartando así la libertad de amar libremente en condiciones de igualdad.

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