25 de noviembre: No tenemos miedo, tenemos memoria y rabia

La violencia contra las mujeres no es una epidemia espontánea, es una consecuencia directa de un sistema de dominación que se llama patriarcado.

Por Isabel Durán Báez | 25/11/2025

Hoy, 25 de noviembre, nos volverán a decir que “ya se está haciendo mucho”, que “hemos avanzado”, que “no es momento de dividir” mientras los nombres de mujeres asesinadas continúan creciendo como si fueran daños colaterales de una guerra que nadie quiere reconocer. Nos inundarán de mensajes institucionales, promesas vacías y campañas de marketing que maquillan una realidad brutal: la violencia contra las mujeres no ha disminuido, ha mutado, se ha profundizado y se ha normalizado. Y lo más cómodo para muchos es mirar hacia otro lado mientras fingen compromiso.

Cada 25 de noviembre se llena de lazos morados, camisetas con consignas y discursos institucionales que prometen acabar con la violencia machista. Políticos que firman manifiestos por la mañana y por la tarde votan en contra de las medidas que salvarían vidas. Medios que se indignan un día al año y el resto del tiempo promocionan estereotipos y violencia simbólica que alimentan el mismo sistema que dicen repudiar. La hipocresía está servida.

Mientras tanto, el contador de mujeres asesinadas sigue sumando. Las víctimas no son una estadística abstracta: son madres, hijas, amigas, trabajadoras, vecinas. Y aun así la sociedad mira hacia otro lado cuando esas mismas mujeres alzan la voz y exigen cambios reales. Porque, seamos claras: la violencia contra las mujeres no es una epidemia espontánea, es una consecuencia directa de un sistema de dominación que se llama patriarcado.

La violencia no empieza con un puñetazo. Empieza con la pornografía que enseña a los hombres a deshumanizar. Con la prostitución convertida en “trabajo” para justificar la compra de cuerpos empobrecidos. Con los vientres de alquiler vendidos como libertad mientras se mercantiliza la maternidad de las mujeres más vulnerables.

Todo es parte de la misma cadena: cosificación, mercantilización, deshumanización — y después, violencia.

Y aun así hay quien prefiere hablar de violencia “intrafamiliar”, quien niega el machismo, quien necesita que una mujer aparezca en una bolsa negra para empezar a preocuparse.

Nunca falta el que repite: “no todos los hombres”.

¿Sabes qué? No todos los hombres, pero siempre hombres.

Nos quieren calladas, dóciles, agradecidas, disponibles.

Cuando decimos basta, lo llaman histeria.

Pues sí: estamos histéricas. Y con razón.

Porque estamos hartas de:

  • Jueces que no reconocen la violencia sexual cuando no hay moretones.

  • Medios que llaman “crimen pasional” a un asesinato machista.

  • Instituciones que aseguran protegernos mientras recortan recursos para prevención, refugios y educación.

  • Gobiernos que ponen la igualdad en los carteles pero no en los presupuestos.

Este 25 de noviembre no pedimos aplausos, ni frases motivadoras, ni campañas publicitarias vacías.

Pedimos una revolución.

Una revolución que pase por:

  • Reconocer la violencia machista como un problema estructural.

  • Abolir la prostitución, la pornografía y los vientres de alquiler — porque no se acaba con la violencia mientras se permite comprar el cuerpo de las mujeres.

  • Garantizar educación afectivo-sexual basada en igualdad, no en estereotipos de dominio.

  • Financiar recursos reales de protección, prevención, acompañamiento psicológico y autonomía económica.

  • Exigir responsabilidad política y judicial ante la negligencia y la complicidad.

Hoy no venimos a pedir permiso.

Venimos a recordar que el mundo nos debe libertad, seguridad y dignidad. Y no nos vamos a contentar con menos.

Este 25 de noviembre, que no tiemble nuestra voz. Que tiemble el patriarcado.

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