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El de Betty no es un caso aislado, el régimen marroquí usa la blasfemia como arma para aplastar el pensamiento libre.
Por Gabriela Rojas | 8/10/2025
El régimen marroquí ha silenciado una vez más a una de las voces feministas más valientes: Ibtissame «Betty» Lachgar. La activista ha sido condenada a más de dos años de prisión y multada con 50.000 dirhams marroquíes (aproximadamente 4.700 euros) por el delito de «blasfemia». Su crimen: lucir una camiseta con la frase «Alá es lesbiana», un eslogan que denuncia las estructuras patriarcales y misóginas del Islam.
El 10 de agosto, Lachgar fue detenida en Casablanca por la policía marroquí, en medio de una ola de amenazas de muerte y agresiones que recibió tras publicar la imagen en sus redes sociales. Trasladada a una prisión en Rabat, la activista de 50 años —una psicóloga clínica y cofundadora del Movimiento Alternativo para las Libertades Individuales (MALI)— enfrenta ahora un calvario que expone la hipocresía y la represión sistemática del régimen de Mohammed VI. Acusada de «atentar contra la religión islámica» y de difundir «mensajes ofensivos», las autoridades marroquíes invocaron el artículo 267-5 del Código Penal, que penaliza la «ofensa al Islam» con hasta cinco años de cárcel. En la publicación que desató la tormenta, Lachgar no solo mostró la camiseta, sino que acompañó la imagen con textos en los que calificó al islam de «fascista y misógino», un grito de guerra contra la opresión que las mujeres sufren a diario en Marruecos, donde las relaciones homosexuales son delito y el aborto permanece criminalizado.
Esta sentencia, dictada el 3 de septiembre por el Tribunal de Primera Instancia de Rabat, no es solo un ataque personal contra Lachgar; es un aviso a todas las disidentes. Lachgar, sobreviviente de cáncer y defensora incansable de la separación entre religión y Estado, compareció en el juicio luciendo un pañuelo en la cabeza —un gesto de ironía ante la presión conservadora— y defendió su acto como un «eslogan feminista contra las ideologías sexistas y la violencia hacia las mujeres». El tribunal, en una farsa judicial, ignoró estos derechos y priorizó la ortodoxia religiosa, negando incluso su libertad condicional por motivos de salud.
Betty Lachgar no es una criminal. Desde 2009, con MALI, ha liderado campañas por la despenalización del sexo extramatrimonial, el aborto y las uniones del mismo sexo. El régimen marroquí usa la blasfemia como arma para aplastar el pensamiento libre. Organizaciones como Charlie Hebdo y Les Chiennes de Garde en Francia, junto a activistas locales como Fatima Karim —quien cumplió dos años por «burlarse de la religión» en 2022—, exigen su liberación inmediata.
Mientras el mundo observa, la familia de Lachgar teme por su salud: sin acceso a sus médicos en Francia, enfrenta un encierro inhumano en una prisión que ignora su condición oncológica. Esto no es justicia; es venganza contra una mujer que osa cuestionar el patriarcado religioso que el régimen marroquí protege como pilar de su poder.
Betty Lachgar no callará. ¡Libertad para Betty! ¡Abajo las cadenas de la blasfemia!
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