¿Al fin Mali necesitará un barbero?

Si el JNIM derrotase al gobierno del presidente Assimi Goïta, Mali se convertiría en el primero gobernado por al-Qaeda, ya que el Talibán responde así mismo y el HTS son cercanos al Daesh.

Por Guadi Calvo | 14/05/2026

La oleada terrorista que se inició en Mali el sábado 25 de abril, si bien ha perdido intensidad, de ningún modo se ha aplacado. Ya que sus operaciones, si bien intermitentes, continúan igual de letales.

El sábado 9 de mayo, el Grupo de Apoyo al Islām y a los musulmanes (JNIM), la franquicia de al-Qaeda, reivindicó los ataques del viernes en la región central del país, contra varias aldeas, entre ellas las de Kouroude y Dougara, llevando el número de muertos a cerca de 80, sumados a los ataques del miércoles 6, también contra objetivos en esa misma región. Se supone que los ataques se habrían ejecutado porque estas comunidades se habrían negado a jurar lealtad a los terroristas.

Al tiempo, se confirma que varias zonas del norte han pasado al control de los muyahidines; entre los blancos conquistados se encuentra la ciudad de Kidal, con más de 70 mil habitantes. Lo que para los terroristas, además de un golpe estratégico, representa efecto anímico, ya que Kidal ha sido un bastión independentista controlado durante años por grupos rebeldes, hasta que fue retomada por los mercenarios rusos del Grupo Wagner en noviembre de 2023.

Mientras en cercanías de la vecina de Gao, las Fuerzas Armadas de Mali (FAMa) el domingo diez bombardearon posiciones insurgentes, según se informa desde Bamako. Habiendo realizado ataques selectivos contra varias localidades de esa región. Entre las que se encontraba un núcleo terrorista (campamentos y arsenales) localizado al este de la ciudad de Bourem, el que fue destruido por completo. En una operación similar, los militares malíes neutralizaron una columna insurgente que se dirigía a la localidad de Tarkint. Estas acciones forman parte de la contraofensiva anunciada el día seis por Bamako.

La guerra contra la Alianza de Estados del Sahel (Burkina Faso, Mali y Níger), que comenzó apenas anunciada en 2023, nunca se ha circunscrito a jugadores locales, ya que en Mali, desde abril del 2012, grupos tuareg y milicianos, por entonces solo de al-Qaeda, contaron con el apoyo financiero de emiratos del golfo Pérsico, la asistencia militar y de inteligencia de Francia y Estados Unidos, a lo que se agregó desde hace unos tres años la Ucrania, según lo ha vuelto a mencionar el ministro de Asuntos Exteriores de Malí, Abdoulaye Diop, en un discurso ante el cuerpo diplomático el pasado siete de mayo, donde señaló a Kiev como uno de los patrocinadores del terrorismo en su país, a los que les proporcionan inteligencia, apoyo logístico, instructores, mercenarios y entrenamiento en el pilotaje de drones. En ese mismo encuentro, ante los representantes extranjeros, el ministro Diop ratificó que Mali “no iba a dialogar con los insurgentes”.

Es claro que las operaciones de finales de abril hubieran sido imposibles sin la colaboración de terceros, teniendo en cuenta su extensión geográfica, donde actuaron articuladamente contra diferentes objetivos a cientos de kilómetros. Lo que incluyó poblaciones civiles y objetivos militares como bases, aeropuertos y hasta las viviendas particulares del jefe de Estado, el general Assimi Goïta, que ha salido ileso, y la del ministro de Defensa, el general Sadio Camara, quien murió junto a su familia.

Los atacantes han renovado sus arsenales contando, entre otros modernos sistemas portátiles de defensa antiaérea, como los Stinger FIM-92 de fabricación norteamericana y los misiles Mistral de fabricación francesa.

Es al menos llamativo que estas operaciones se produzcan cuando el gobierno de los Estados Unidos había iniciado una serie de movimientos diplomáticos de aproximación a Bamako, los primeros desde el inicio del segundo mandato de Trump. Para lo que levantó las sanciones impuestas a funcionarios de la junta, que incluía al difunto general Camara, quizás el enlace más crucial entre Bamako y Moscú. Además, se ofreció reiniciar los vuelos de vigilancia e inteligencia para buscar posiciones y movimientos de los insurgentes.

Fue en ese contexto que Washington había enviado en febrero a Nick Checker, jefe de la Oficina de Asuntos Africanos del Departamento de Estado, a Bamako, quien se reunió con el Ministro Diop para conversar en torno a temas de seguridad y el fortalecimiento de las relaciones económicas y comerciales entre ambas naciones. Además de haber solicitado a la junta de Mali la ayuda para localizar al piloto y misionero estadounidense, Kevin Rideout. El piloto fue secuestrado en cercanías del Palacio Presidencial de la ciudad de Niamey, la capital de Níger, el 22 de octubre pasado, y se cree que está retenido en Mali por alguna khatiba del Jama’at Nusrat al-Islam wal-Muslimin (JNIM). Aunque las primeras informaciones decían que sus secuestradores lo trasladaron en un jeep hacia Kalaberri, al oeste de Niamey, que se ha convertido en un santuario del Estado Islámico en el Gran Sahara (EIGS).

A la vuelta de Checker a Washington, expuso ante el Subcomité de África y Política de Salud Global del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, donde se refirió a que se necesita una estrategia: “fundamentada en un realismo flexible”, priorizando la cooperación. Un planteo que muy seguramente ha quedado desbaratado tras las acciones del 25 de abril. Lo que lleva una vez más a confirmar, como muchas otras veces en los gobiernos de los Estados Unidos, que existen “oficinas” que hacen su propio juego independiente, quizás respondiendo a intereses políticos y financieros externos a las decisiones de la Casa Blanca.

¿Hacía el primer califato de al-Qaeda?

Todos conocemos que la posición del gobierno del presidente Goïta no cuenta con muchos más recursos para resistir a operaciones terroristas como la del pasado 25 de abril, fortalecidas en su alianza con los tuaregs del Frente de Liberación de Azawad (FLA). Por lo que, de resultar finalmente que terroristas y separatistas conquisten Bamako, estaremos enfrentando una vez más el proceso ya visto con la entrada triunfal del talibán a Kabul en agosto del 2021, y algo similar cuando los terroristas capitaneados por el actual presidente sirio, Ahmed al-Sharaa, conocido en su tiempo de emir del grupo Hayat Tahrir al-Sham (HTS) o Comité de Liberación del Levante como Abu Mohammed al-Golani, que conquistaron Damasco a finales de diciembre del 2024, para convertirse de inmediato en presidente y, tras una profunda lavada de cara, de ser el terrorista que arrancaba los corazones de sus enemigos para masticarlos ante las cámaras, pasó a ser el niño mimado de Occidente, recibido con honores en Washington, París y Londres.

La pregunta es si pasará lo mismo con Iyad ag Ghali, el emir del Grupo de Apoyo al Islām y a los musulmanes, si llegara a tomar finalmente Bamako.

Aquí hay que señalar que, si el JNIM derrotase al gobierno del presidente Assimi Goïta, Mali se convertiría en el primero gobernado por al-Qaeda, ya que el Talibán responde así mismo y el HTS son cercanos al Daesh. Nunca antes la organización fundada por Osama bin Laden en 1988, responsable de los atentados contra las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania, los ataques a las Torres de Nueva York, en septiembre de 2001, que llevó a los Estados Unidos a Afganistán, de donde salió derrotado 20 años después, se encuentra tan cerca de conseguir su propio califato. Lo que podría poner a Iyad ag Ghali en la cabeza de un nuevo gobierno, del que habrá que esperar que consiga el aval de Occidente.

Ag-Ghali, quien tras radicalizarse se integró en el grupo Ansar Dine (Defensores del Islām) en 2012, la que junto al Movimiento por la Unidad y la Yihad en África Occidental (Muyao), al-Qaeda del Magreb Islámico (AQMI), al-Murabitun, el Emirato del Sáhara de Yahya, las Brigadas de Liberación de Macina, Ansarul Islām, Sariat al-Ansar, en 2017, se unieron bajo la bandera del Grupo de Apoyo al Islām y a los musulmanes.

Algunos periodistas que lo han tratado desde antes de su radicalización describen a Iyad ag Ghali como: “un hombre muy inteligente, que antes de su conversión religiosa era un bon vivant y poeta. Que gustaba de las mujeres tanto como del alcohol”. Además de haber sido cónsul de Mali en Arabia Saudí durante el gobierno del presidente Amadou Toumani Touré, derrocado en 2012, el hecho que abrió las puertas del caos en el país saheliano.

A Iyad ag Ghali, además, se le conoce como un estratega de grandes condiciones, formado por su padre, quien murió luchando por la liberación del pueblo tuareg, y él mismo lideró la rebelión tuareg de los años noventa. Habrá que esperar ahora si finalmente el JNIM toma el poder en Mali, e Iyad ag Ghali, como su hermano sirio, Abu Mohammed al-Golani, necesitará un barbero.


Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. 

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