¿Quiere el pueblo que el pueblo gobierne?

Por Luis Aneiros @LuisAneiros | Ilustraciones de ElKoko @Elkokoparrilla 


La evidente conclusión a la que se llega, visto lo visto, es que el Partido Popular gana votos tras cada escándalo de corrupción y tras cada prueba de su nefasta gestión, por la seguridad de los votantes de que la izquierda sólo lo puede hacer peor. Y una cosa es cierta: los ciudadanos votamos en función de nuestros deseos, de nuestras ideologías, de nuestras más firmes convicciones… excepto el 80% restante, que lo hace basándose en experiencias pasadas y en sus miedos internos. Y ese votante minoritario, ese que nunca es ninguno de nosotros, pero que mueve los designios del país como una masa de agua mueve una cáscara de nuez, está convencido de que el buen gobernante viste traje y corbata, se desplaza en coches oficiales y veranea en lujosos yates o en palacios de amigos multimillonarios. Para el ciudadano minoritariamente medio, ese que negará tres veces su voto al PP en la barra del bar, mientras maldice a “esos mangantes que son todos iguales”, los representantes de la izquierda española no son lo suficientemente serios, no son dignos de que les pongamos nuestros dineros en las manos y les dejemos decidir qué hacer con ellos, porque no son banqueros ni empresarios de éxito… No saben, no entienden, sólo es pueblo, sólo personas como él y como yo… y ni él ni yo estamos capacitados para tomar ciertas decisiones. Y esa manera de ver la política no es ni nueva ni pasajera. La tradición española más asentada dice que los gobernantes son una élite, una casta, un selecto club de elegidos que pasan sus capacidades de padres a hijos y que perpetúan los apellidos hasta el fin de los tiempos. España es un país gobernado por la derecha desde hace cientos de años, y nuestro carácter monárquico ha implantado la normalidad en la figura de la sucesión por sangre, y no por elección. El hijo del rey es una persona preparada, que ha ido a la universidad y a las academias militares, y sabe idiomas, y se codea desde niño con los más importantes dirigentes mundiales. Eso es así porque debe de ser así, y es bueno. Y los alcaldes, gobernadores civiles y presidentes del gobierno han sido siempre personas de una indudable valía para dichos cargos, porque se habían preparado para ello también, bien desde las más elitistas universidades o desde las más altas instancias militares. Y eso fue así… hasta 1982. El triunfo de la chaqueta de pana quiso cambiar las cosas, y sería muy injusto negar la valentía de quienes en aquél momento se auparon al poder desde el cadáver de una derecha destrozada precisamente por sus luchas internas para mantenerse en los sillones, ya que cada uno de ellos entendía que era el mejor representante de la “verdadera” España. Pero los años y la codicia convirtieron al PSOE de González en una simple pieza del bipartidismo, sin ideología ni esperanza para el pueblo. Y de nuevo se crea una clase dirigente, un núcleo de personas con derecho a gobernar, y de nuevo los ciudadanos nos vemos muy alejados de quienes nos gobiernan.

Y hoy, cuando la verdadera izquierda emerge de nuevo para exigir un nuevo país, cuando surge de las plazas y de las calles un nuevo movimiento político que quiere llevar al pueblo a las instituciones, descubrimos que lo que ocurre es que a nadie se le ocurrió preguntar antes si el pueblo quiere al pueblo en el gobierno. Ese 80% de minoritarios votantes sin compromiso real, con más hambre que ideas y con más necesidad que inquietudes, no se fía de quienes afirman ser como ellos, precisamente porque son como ellos. Parafraseando a Groucho, el votante español parece decir que nunca formaría parte de un país que quisiera de presidente a una persona como él. Recuerdo a algunos dirigentes de Podemos decir que era posible que no hubieran sabido trasladara la gente el mensaje que traían. Pero el problema no fue ese, sino todo lo contrario. El votante de izquierda, acostumbrado a votar a unos señores como González, Bono, Rubalcaba o el propio Pedro Sánchez y su planta de director de sucursal bancaria, se asustó ante la posibilidad de que su presidente fuera alguien como Pablo Iglesias, y su vicepresidente alguien con aspecto de estudiante de secundaria. El aspecto exterior de pueblo había sido el hándicap de Izquierda Unida. A un pantalón vaquero y una camiseta le acompaña siempre el adjetivo de “radical”, y el español no es radical, que eso es de barricadas y cócteles molotov. Así pues, el panorama hasta hace poco era el de una derecha gobernante y una izquierda cómoda, herida por la aparición de Podemos, pero no acabada todavía.

Pero… ¿y ahora? ¿Qué hace ahora ese número , sin apenas importancia, de 6.000.000 de votantes que ven como su partido de siempre, su referente de izquierda seria y tranquila, se convierte en una burla de sí mismo, y pierde todas y cada una de sus siglas? No es un Partido porque eso requiere organización, ideología y un objetivo común. No es Socialista porque hace mucho que eso dejó de ser una prioridad frente al mantenimiento de privilegios y prebendas personales. No es Obrero desde escenas tan poco edificantes como las de Felipe González y sus vacaciones en el mar. Y no es Español porque España no se merece políticos que traicionan sus más firmes principios y que manipulan sus propios estatutos para arrancar la cabeza que piensa distinto. ¿Qué pueden hacer, pues, esos votantes? Recordad: el pueblo no quiere al pueblo en el gobierno. Y Podemos se ha hecho con una segunda plaza que incomoda a muchos, y los votantes del PSOE ya no son aquellos viejos socialistas que habían arriesgado sus vidas por sus ideales, sino profesionales que veían en la alternancia de gobierno un sistema estable desde el que se podía planificar un futuro de éxito. ¿A quién van a votar?

En unas posibles próximas elecciones, el Partido Popular volvería a vencer porque los electores piensan que cada tropelía que los populares hayan hecho, la izquierda la multiplicaría por tres, porque, como me dijo alguien un día: “si un rico roba, imagínate lo que robará un pobre en su mismo sitio”.

España no se merece políticos que traicionan sus más firmes principios y que manipulan sus propios estatutos para arrancar la cabeza del que piensa dist

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