Opinión | Enero visto por un fofisano

Por Carmen Sereno

Soy un tío corriente, con un nombre corriente -pongamos que Juan, Pepe o Antonio-, con una edad corriente -entre los 30 y los 45-, y una barriga corriente. O al menos eso creía yo, hasta que esta mañana he tenido dificultades para verme la chorra al mear.  De hoy no pasa que te apuntes al gimnasio o no te vas a acercar a una hembra ni pagando, me he dicho contemplándome el buche consternado. Así que he desempolvado las zapatillas de deporte, le he puesto pilas al pulsómetro y me he descargado una de esas milagrosas aplicaciones cuenta calorías, con la firme determinación, esta vez sí, de ponerme como Cristiano Ronaldo.

Dar el paso no ha sido tarea fácil. Yo, que soy más bien de llevar una vida relajada, he tenido que hacer un esfuerzo sobrehumano para no hacer caso a esas vocecitas capciosas que me susurraban “Tú lo que en realidad necesitas es ir a tomarte unas cañas a Los 100 Montaditos” al salir del trabajo. Sí, vale, lo reconozco, casi me dejo engatusar. Pero qué queréis que os diga, yo no tengo la fuerza de voluntad de Son Goku.

Por suerte o por desgracia, mi vergonzosa barriga se ha ocupado de recordarme que ya estamos a 21 de enero, y que, o me espabilo en quemar los polvorones o a este paso se me juntan con los del año que viene. Y como la verdad pica más que un mosquito, por mis cojones, me he dicho, que hoy paso a mejor vida. Más sana, se entiende.

La pasta que he tenido que desembolsar todavía me está escociendo. Que si matrícula por aquí, que si prueba de esfuerzo por allá, el mes en curso, el mes siguiente, el alquiler de la taquilla, el bote, el rebote, y la voluntad. Hay que joderse lo que cuesta un gimnasio, con la de campo que hay por ahí para brincar como una cabra. Aunque, pensándolo mejor, gimnasio caro es igual a gimnasio al que te va a tocar ir sí o sí, si es que esperas amortizar el precio. El siguiente paso una vez te has apuntado es conocer las instalaciones. Tenemos spa, piscina climatizada, pista de pádel, cabina de masajes, sala de rayos x, condensador de fluzo, alargador de pene… Alto, alto, alto. Que yo sólo quiero marcar unas cuantas abdominales, no transformarme en Ironman. Pues entonces te recomiendo que le pidas a nuestro entrenador una rutina personalizada para reforzar el core. Por un módico precio de… Ya. Gracias, pero va a ser que el core ese me lo refuerzo yo solito, que tampoco es tan difícil. A ver, me he preguntado, ¿qué hace la gente en un gimnasio? Pues está bien claro. Las tías, zumba; los tíos, pesas. Y así, haciendo uso de mi grandiosa lógica deductiva, he acabado rodeado de un montón de maromos ultra cachas, depilados y sudorosos, que gemían como animales degollados mientras levantaban, qué se yo, una tonelada de plomo por lo menos, y se contemplaban en el espejo con devoción, como si los pusiera cachondos su propio reflejo. ¡Qué mal rollo! Y qué mal rollo sería ser una tía y tener que salir a cenar con un cruasán de estos. Seguro que al muy burro se le ocurriría pedir batido de proteínas de primero y un pollo a la plancha de segundo. Sin sal, ni aceite, ni pollo, ni plancha, claro. ¿Y luego? Luego se la follaría haciendo flexiones y encima se cronometraría el tiempo para poderlo compartir con sus colegas de farra y mancuernas. Me pregunto qué verán las mujeres en tíos como estos. Aunque luego me da por comparar el blandiblú que tengo por panza, con esos abdominales sobre los que se podría rallar un parmesano de kilo y medio y me respondo yo mismo. ¡Ay! Qué dura es la vida.

Intentando imitar a uno de estos machotes XXL, me he puesto a hacer pesas como un campeón, viniéndome arriba como si llevara toda la vida dándole al press de banca y supiera muy bien lo que estaba haciendo. ¡Vamos, ni que el físico de Alexander Skarsgård se consiguiera en una tarde! Menudo pringado estoy hecho. No sólo me he reventado los bíceps, los tríceps, y de regalo las varíceps, sino que encima he quedado como un perdedor delante de todos esos reyes de la hipertrofia muscular, que me miraban descaradamente con las palabras “Eres-un-fofo-de-mierda-y-lo-sabes” escrita en la frente. Y claro, se me han quitado las ganas de volver, ni mañana, ni pasado, ni en un mes. A la mierda el gimnasio, a la mierda el dinero, y a la mierda las mujeres que se mojan con una tableta, me he dicho resentido. Pero, muy oportunamente, la voz de mi conciencia me ha espabilado. Anímate, hombre. No tires la toalla todavía. Nadie ha dicho que fuera fácil, pero tampoco es imposible. Olvídate de las pesas y de los batidos. ¿Para qué tanto sufrimiento? No lo necesitas. Ni eres Cristiano Ronaldo, ni Son Goku, ni Alexander Skarsgård. Tú eres un fofisano, macho. Repite conmigo FO-FI-SA-NO. Sí, sí, bien alto y con orgullo ¡FOFISANO! ¿Y sabes lo que eso significa? Sólo buenas noticias. Para empezar, que puedes permitirte ciertas licencias en la vida, como por ejemplo practicar deporte sólo ocasionalmente y conservar esa barriguita cervecera que no te molestaba tanto mientras te ponías hasta el ojete de cava y turrones. Y lo mejor. ¡A las mujeres les gustan los hombres reales igual que a los hombres nos gustan las mujeres reales! Así que, relájate chaval, que sólo estamos a 21 de enero.

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