¿Et tu, Brute?

Por Claudio de Prócer

Con Vistalegre II a poco más de dos semanas, el gran bloque de la izquierda en este país se prepara entre puñaladas para el que seguro será su primer Congreso de refundación, del que dependerá tanto la política propia como el marco político español.

Los problemas de la izquierda, tanto a nivel local como internacional, son graves y variados. Habiendo estado el marxismo europeo y global sumido en el caos más absoluto después de la caída del muro, el neoliberalismo alienante ha avanzado como una plaga de langostas. Y junto a la invasión del egoísmo, la gran fragmentación de la izquierda, que ya era y sigue siendo tristemente tradicional.

Tras la caída del monstruoso aparato soviético, foco central alrededor del cual pivotaban todos los satélites subversivos en los países occidentales y occidentalizados, se produce un hundimiento y una fragmentación todavía mayor de la miríada de organizaciones de transformación social. Desaparece el oficialismo comunista como organismo vivo, como modelo de patroneo en tiempo real. Desaparece la gorra de comisario, el himno de las Repúblicas unidas, el muro y el vodka. Aparece el eurocomunismo y la débil luz de la Habana, incapaz de competir con el Gigante Rojo.

En España también se sufrió ese hundimiento de los partidos comunistas. Se intentó fervientemente consolidar el eurocomunismo como postura oficial, apartando las corrientes sovietizantes, libertarias o de cualquier orden que no tuviera el visto bueno de los carrillistas. Ante ese izquierdismo intransigente -considerado aquí como enfermedad infantil- surgieron el GRAPO, el FRAP, la LCR y multitud de partidos pequeñitos. A veces se juntaban, como el PSUC y el PCE, y otras se tiraban los muebles a la cabeza; principalmente la segunda. Lo normal entre camaradas, vaya.

En el otro lado del cuadrilátero, la derecha monolítica. Imbatible. Culturalmente sólida. Vesánicamente vengativa. Agresiva, imperial, elegante y, lo más importante, unida. La derecha, poniendo el caso de España, antes del 75 se arremolinaba al unísono entorno al régimen unipersonal y genocida, y después del 75 entorno a los hijísimos y nietísimos de los cómplices genocidas. Lo importante, estén dando órdenes de fusilar, lavando religiosamente cerebros o explotando niños en Bangladesh, es que van como en Fuenteovejuna.

Decía Julio César, tomando el préstamo de los griegos, divide et impera: divide y domina. La derecha no ha tenido ni que esforzarse en hacer eso; ya se automutila sectariamente en la soledad del margen izquierdo la poca resistencia que queda a la opresión. Pongamos por caso Podemos. Pongamos por caso la inminente batalla de Vistalegre II.

Una vez ha conseguido fagocitar IU, siendo ésta ya de por sí una plataforma con muchos pequeños partidos, el bloque morado se enzarza a morderse a sí mismo. Errejonistas, pablistas, anticapitalistas; dicho de otra forma, populistas, eurocomunistas y trotskistas. Las tres corrientes llevan dos semanas lanzándose, como antaño hicieron el POUM y el PSUC, Stalin y Trotsky, R. Luxemburgo y Bernstein, dardos teóricos envenenados, congregando a sus fieles, preparados para el asalto final que está por llegar.

Que sí, que el debate es sano. Que sí, que está bien discutir. Que sí, que el totalitarismo es muy estalinista y ya no está de moda -a pesar del centenario que celebramos en 2017-. Pero una cosa es una llamada de atención, una palmadita en la espalda, y otra cosa es empujar a alguien por un barranco. Las notas en la prensa, los vídeos cutres acusando directamente a compañeros de partidos y no a sus ideas, los hashtags agresivos, el uso de canales oficiales para difusión de proyecto propio, e incluso la intimidación, como en el caso de Monedero, no son quizás los comportamientos adecuados. Y mucho menos con toda la atención mediática y oligopolista centrada en el mínimo error.

Para variar, una vez que se forma un gran bloque de izquierdas es cuestión de tiempo que se desangre por hemorragias internas autoprovocadas; no hay necesidad de intervención externa. El hecho de que la CIA reventase y reviente revoluciones en Latinoamérica dice mucho de los partidos comunistas latinoamericanos, porque por lo menos no caen por su propio peso como ocurre aquí. Podemos se enfrenta no ya a un reto ideológico, sino a un desafío por la propia supervivencia. Con todo el mundo afilando los cuchillos -o las hoces del Partido- no es difícil estos días comparar la formación morada con el Senado Romano en todo su esplendor, con sus cuchicheos, negociaciones de pasillo y, cómo no, asesinatos políticos y no políticos. Es el espectáculo de la izquierda fragmenticida clásica, listo para empezar el año.

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