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No es esto política, sino escenografía decadente: un reciclaje imposible y desesperado del protagonismo.
Por Lucio Martínez Pereda | 16/03/2026
Hay políticos que, una vez estimulados por el foco, no soportan el silencio. Lo mismo da el estrado del Congreso que la alfombra roja de Hollywood: todo escenario sirve para declamar su papel preferido, el de protagonista eterno. La señora Díaz, en su carrera por ocupar el centro del relato -agotado hace tiempo- se presenta ahora en la ceremonia de los Óscar, buscando en los flashes lo que ya no encontrará en las urnas. No es esto política, sino escenografía decadente: un reciclaje imposible y desesperado del protagonismo.
Señala Ortega que la vida humana es un afán de ser en medio de la nada, pero para ciertos políticos ese afán se reduce a ser vistos, a no desvanecerse en la penumbra del olvido. La señora Díaz encarna esa patología: ha pasado de ser la imagen de un proyecto político submarino del PSOE a convertirse en un satélite errático, orbitando alrededor de cualquier luz que le asegure relevancia. Es el vértigo del anonimato lo que la impulsa. En el Congreso sus intervenciones se pierden en el eco de una cámara agotada. Pero Hollywood, ay, Hollywood: esa alfombra roja promete lo que la política española le niega. Allí no hay que rendir cuentas con votantes ni con coherencia ideológica; basta con posar, sonreír y dejar que las cámaras construyan el relato que ella ya no puede sostener políticamente.
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