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En abril de 2002, el pueblo venezolano, junto a soldados patriotas, fueron capaces de revertir el golpe contra Hugo Chávez en 47 horas.
Por Marta Vital | 27/09/2026
Hay fechas que no se miden solo en el calendario. Se miden en la capacidad de un pueblo para no dejarse arrodillar. El 11 de abril de 2002 y el 3 de enero de 2026 quedan, a primera vista, como dos capítulos de una misma historia: un presidente venezolano sacado del Palacio, un vacío de poder y la sombra de Washington. La diferencia no está en el método del imperialismo. Está en la respuesta del pueblo.
En 2002, el golpe contra Hugo Chávez duró 47 horas. El 13 de abril, Chávez volvió victorioso. En 2026, Nicolás Maduro fue secuestrado de Fuerte Tiuna por fuerzas especiales de Estados Unidos y trasladado a una cárcel en Brooklyn. Nueve meses después, el país no ha recuperado a su presidente legítimo, y el gobierno interino se ha subordinado a los intereses de quienes agredieron al país y secuestraron a Maduro.
11 de abril: cuando el pueblo y los soldados patriotas se encontraron
El golpe de 2002 no fue un accidente. Fue una operación política, mediática y militar. Una marcha opositora desviada hacia Miraflores, disparos en Puente Llaguno que provocaron 19 muertos, la anunciada “renuncia” de Chávez leída por el alto mando y, al día siguiente, Pedro Carmona, jefe de la patronal, juramentado en un gobierno de facto que disolvió poderes, destituyó autoridades electas y pretendió borrar de un plumazo la Constitución de 1999.
Chávez no firmó ninguna renuncia. Fue retenido. El relato golpista se vino abajo en cuestión de horas.
Lo que ocurrió entre el 12 y el 13 de abril fue asombroso: una alianza cívico-militar y columnas de barrios y cerros que bajaron hacia el centro de Caracas. El palacio de gobierno quedó cercado por quienes no se tragaron el cuento de la renuncia del presidente. Los oficiales leales y patriotas se negaron a consumar el golpe y Carmona no pudo sostenerse. Chávez regresó la noche del 13 de abril. El chavismo acuñó entonces una frase brillante: “Todo 11 tiene su 13”.

Aquella victoria no se explica solo por el carisma de un líder. Se explica porque había un pueblo dispuesto a pelear y a ocupar el espacio público y un sector militar que priorizó la soberanía del país. Chávez había logrado reconectar a millones de venezolanos con la idea de que el Estado no era propiedad de una élite, de que el petróleo no era un botín ajeno y de que un presidente podía ser defendido en la calle porque representaba, para ellos, una dignidad recién conquistada.

3 de enero: el golpe que no encontró ‘su 13’
En la madrugada del 3 de enero de 2026, Estados Unidos llevó a cabo una agresión militar sobre territorio venezolano. Hubo ataques en Caracas y otras zonas. Maduro y Cilia Flores fueron secuestrados en el complejo de Fuerte Tiuna y sacados del país de manera forzosa. Donald Trump lo anunció como un “ataque a gran escala”. Washington presentó el secuestro de un jefe de Estado como una captura judicial por narcoterrorismo.
La comparación con el golpe de 2002 no es simétrica pero resulta inevitable: la ruptura del orden constitucional por la vía de la fuerza y la tentativa de un cambio de poder en Venezuela dictado desde Washington. La diferencia sustancial está en lo que vino después.
A pesar de que hubo concentraciones chavistas frente a Miraflores y consignas exigiendo la liberación y la vuelta de Maduro, no hubo la movilización masiva, sostenida y decidida que en 2002 convirtió el palacio en un problema físico para los golpistas. No hubo un pueblo que, por sí mismo, volviera imposible el nuevo orden. Las movilizaciones no revirtieron el golpe.
El Ejército tampoco reprodujo el gesto de 2002. Vladimir Padrino López denunció el “cobarde secuestro”, exigió la liberación de Maduro y habló de cohesión ante la “agresión imperial”. En el mismo movimiento, la cúpula reconoció la decisión del Tribunal Supremo de Justicia que encargó la Presidencia a Delcy Rodríguez, respaldó el decreto de conmoción exterior y pidió a la población retomar sus actividades. Es decir: protestó de palabra y normalizó de hecho. No hubo operación de rescate, no hubo ruptura con el nuevo arreglo institucional.
Del Palacio recuperado al Palacio que negocia
Tras el golpe de enero, Delcy Rodríguez asumió “con dolor”, según el discurso inicial, y denunció la agresión. Luego el dolor se convirtió en una agenda de subordinación. A cambió, Estados Unidos reconoció a su gobierno y restableció relaciones diplomáticas.
En agosto, Trump y Rodríguez anunciaron un acuerdo que otorga a Estados Unidos control mayoritario sobre 17 yacimientos y unos 65.000 millones de barriles: más del 20% de las reservas probadas del país. Rodríguez lo celebró como uno de los pactos “más grandes jamás suscritos”, habló de “renacimiento” y, ante la ONU, agradeció a Trump la disposición al diálogo. El presidente estadounidense, en cambio, no disimuló el lenguaje del vencedor: el crudo venezolano como “botín”.
Ese es el abismo con 2002. Entonces, el golpe pretendió entregar el país a los empresarios y fue expulsado en dos días. Ahora, el gobierno interino no solo no expulsó al agresor sino que se fotografió sonriendo con él.
Se puede discutir si esa política era inevitable, si las sanciones habían ahogado al Estado, si el cálculo era sobrevivir para “salvar lo salvable”. Lo que no se puede discutir es el sentido simbólico y material del gesto. Un pueblo al que se le enseñó durante un cuarto de siglo que el imperialismo era el enemigo estratégico termina viendo a su presidenta encargada agradecer en Nueva York al hombre que ordenó secuestrar a Maduro.
Lo que Chávez puso en pie y lo que se ha doblado
El 13 de abril fue posible porque Hugo Chávez devolvió al pueblo la convicción de que su destino no estaba escrito en un consejo de administración ni en una embajada. Puso en pie una subjetividad política. Por eso, cuando lo secuestraron, millones entendieron que no estaban defendiendo solo a un hombre: estaban defendiendo la soberanía del país y el nuevo rumbo que había iniciado Chávez.
Esa convicción se fue desgastando. El chavismo posterior convirtió la lealtad en aparato, la movilización en coreografía y la Fuerza Armada en una institución más preocupada por su continuidad que por su doctrina antiimperialista. Cuando llegó el golpe de 2026 —más brutal y tecnológicamente desigual— ya no estaba el pueblo de 2002 ni el componente patriota en el seno de las Fuerzas Armadas. Estaba un país exhausto, una nueva dirigencia que administró la derrota tras la agresión y una vicepresidenta que transformó la interinidad en gobierno propio bajo tutela.
La conclusión no es nostálgica. Es política: Chávez aportó dignidad y puso en pie al pueblo de Venezuela. Delcy Rodríguez lo ha arrodillado ante el imperialismo.
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